Barça: Se acabó lo que se daba

Se acabó. Había que ganar al Atlético y el Barça tropezó en el último escalón. Definitivamente pareció este sábado que la realidad, la justicia, le golpeaba ya de manera definitiva. Dimitió tantas veces durante la temporada que cuando la casualidad quiso darle una última oportunidad no supo tomarla entre las manos y proclamó su impotencia. Tan triste como cierto.

La clasificación, la realidad de los puntos, no conoce excusas colaterales. Al Barça hoy, ahora, se le echa en cara que haya abandonado eso que se dio por llamar la cultura del esfuerzo y que alcanzó su punto álgido la pasada semana, cuando se encaró la final de Elche con asados, cenas y reuniones varias que dieron a entender que para la plantilla esa final sin vuelta atrás era un partido sin importancia.

El castigo es definitivo. Se acabó una época que transitó en los últimos seis años desde la fe del principio y hasta esta caída del final. Guardiola la inició y Martino la ha acabado. Muchos mirarán al argentino como uno de los responsables del derrumbe, por mucho que su persona no merezca tal trascendencia en el momento de buscar los protagonistas de este final.

El Tata abandona el banquillo del Camp Nou con una sensación amarga a pesar de que sus números finales no ofrezcan esa visión. Ya le ocurrió a Bobby Robson en 1997, cuando sumar 90 puntos y marcar 102 goles que en aquel entonces era una animalada no le bastó para superar al mejor Madrid de Fabio Capello.

El Barça ha ganado esta temporada los dos partidos ligueros al Real Madrid y salió indemne del Calderón, pero se dejó la Liga en Bilbao, Granada, Valladolid, San Sebastián o Valencia. Firmó su sentencia cuando en el Camp Nou le remontó el Valencia y le derrumbó Lafita, secundarios en el campeonato que adquirieron el rol de protagonistas en momentos clave y que dejaron desamparado a un equipo tan intocable en el pasado reciente que el presente le enterrará en el olvido.

Guardiola, Pellegrini, Mourinho y Tito Vilanova. Cuatro nombres para una culpa. Instalaron todos ellos a Barça y Madrid en la mayor de las dictaduras resultadistas que jamás existió en la Liga española y provocaron que el campeón no sumase menos de 96 puntos. Una cifra que no ha alcanzado este curso el Atlético de Madrid pero que le ha bastado para asaltar el título en el Camp Nou.

El Barça de Gerardo Martino ha vivido con esta terrible comparación desde el primer día. Más allá de sensaciones futbolísticas, a la que se dejó los primeros puntos en Pamplona, tras enlazar ocho victorias consecutivas en el arranque liguero, el trabajo del entrenador argentino fue fiscalizado de manera absoluta. Porque si en el pasado empatar en Mestalla, San Mamés o Anoeta se recibía de buena manera, en el presente se considera un fracaso indiscutible.

Se acabó lo que se daba. Pero no estaría de más, en el momento de las acusaciones y de los reproches, echar una mirada a la historia reciente de la Liga para entender que, quizá, lo que se vivió en los últimos años fue una excepción dentro de la norma. Y entre todo ello felicitar al campeón, ese Atlético de Madrid sublime que se atrevió a plantar cara a la lógica y que ha llevado hasta la gloria su atrevimiento.

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