Martino, el perdido

¿Pero qué me está diciendo, señor Martino? ¿Que Messi no debía intervenir demasiado en el partido? ¿Usted conoce el ascendente de Iniesta en el Barcelona? ¿No tiene nada, de verdad, que reprocharse? ¿Sabe dónde está a estas alturas? En el Bernabéu los futbolistas le mantuvieron atado a la Liga agarrados al milagro de Piqué, sacando bajo palos un remate de Benzema que siendo el 3-1 expulsaba a su equipo de todo. Pero aquel día, como ayer en el Calderón, se volvió a evidenciar su poco, perdón, su nulo peso en este vestuario.

Hace un año el Bayern arrasó a un Barça sin argumentos de ningún tipo. Le atropelló porque fue infinitamente mejor en todos los órdenes, empezando por el fútbol y acabando por el físico. Le pasó por encima. Sin más. Ayer, en Madrid, el Atlético, un equipo mucho menor futbolísticamente, le derrumbó por ilusión, por intensidad, por hambre, ganas y convencimiento. Y tras el partido, como argumento, señor Martino, se limitó a decir que su equipo “dio la cara”. La cara se la rompieron  de mala manera y a usted le quedó cara de no saber ni cómo justificar lo injustificable.

Visto lo visto, uno se pregunta qué vio usted en el Barça desde la distancia. Hace dos o tres años. Porque si es verdad que le admiraba es usted poco menos que un asesino futbolístico por atreverse a instaurar una personalidad propia. El rondo, señor, es una forma de ser, no una simple manera de jugar. El rondo que nos mostró en el Calderón y que tantas veces se ha sufrido esta temporada sería capaz de hacerlo un Valladolid cualquiera (con todo el respeto). Mire algún video de 2012, sin ir más lejos, y descubrirá qué era el rondo del Barça.

Y en todo ello, Messi no era un invitado sin más. A nadie se le habría ocurrido decir que “interesa que Messi no entre mucho en juego” porque el juego es él, y a través de él es un todo. O debería serlo. Y para jugársela, para dar un golpe de efecto cuando se hunde el barco, a nadie se le habría ocurrido sacar del escenario a Iniesta, aquel tipo que sin hacer nada del otro mundo metió en Stamford Bridge el gol de toda una generación. Para jugársela, quizá, habría convertido a Bartra en Alexanko (ya, no sabrá ni de qué ni de quién le hablo) o hubiera sacado del campo a Mascherano para revolucionar al equipo. A lo mejor aparcaría ese rondo sin ton ni son para a través de Pedro buscar diagonales y olvidarse de centros que motivaron que el mismísimo Lukaku se preguntase en twitter la razón por la que Alves o Alba lanzaban balones al área cuando los delanteros que lo buscaban apenas llegaban al hombro de los defensas del Atlético.

Llegados a este punto, señor Martino, acabe la temporada de la mejor manera posible. Aún puede pasar a la historia con un doblete por mucho que el recuerdo que deje no será precisamente inolvidable. En absoluto. El Barça, un equipo que arrasaba a sus rivales a base de intensidad en su fútbol, es ya historia, una triste sombra. Triste en el campo por la falta de un líder capaz de mantener a los futbolistas enchufados el lunes, el martes, el miércoles, el jueves… Alguien que les perdone que no acierten “pero no que no se esfuercen”. Aquella filosofía íntima fue el plus necesario sobre el que se sostuvo una época irrepetible. Y si no hace falta flagelarse con el recuerdo sí es necesario, más que tener memoria, frenar una caída de tal calibre.

Y quizá usted tenga algo que ver en ello. En la caída, se entiende.

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