Que un Guardiolista tenga la osadía de firmar esto, tiene el mismo mérito que hurgarse las narices mientras el semáforo está en rojo. Ninguno. Sin embargo, para explicar la historia que se quiere contar, hay que empezar reconociendo que este ignorante también habría recomendado al Barça el fichaje de Aliaksandr Hleb. Un futbolista de 27 años, elegantísimo, que cuando jugaba en el Stutggart ya recordaba a Michael Laudrup y que luego, en el Arsenal, parecía un calco del danés. Por tanto, no será aquí dónde le echemos en cara a Guardiola que, en verano de 2008, nada más ser nombrado entrenador del primer equipo del F.C. Barcelona, recomendase expresamente la contratación de ese fenómeno bielorruso. Y se lo ficharon. Un error monumental.

Dicho esto, sin decir nada, ya queda claro que Hleb fue un fracaso rotundo. Histórico. Monumental. Jugó el primer partido de Liga en Soria, sustituyendo a Touré, contra el Numancia -perdió el Barça 1 a 0- y fue titular, la semana siguiente, en el empate a uno en el Camp Nou contra el Racing. Esa tarde, una entrada de Pinillos le mandó al garaje con un esguince de grado 2 y, desde entonces, Hleb no volvió a levantar cabeza… si es que un día había mirado al frente. Sucesivas cesiones -Stuttgart, Birmingham City y Wolfsburgo- sirvieron para que cumpliera contrato al menor coste posible para el Barça y, finalmente, el año pasado, con la baja en el bolsillo se marchó al Bate Borisov. Y ahí sigue.

Con todo, lo peor de todo no fue su rendimiento sino la huella que dejó en Guardiola, que siempre tuvo conciencia de ese error, que le costó al Barça 15 millones de traspaso más 2 en variables. Mucho dinero tirado para un perfil de futbolista que no había salido en portada más que en el día de su presentación. Los buenos ‘peloteros’ definitivos estaban en casa –Messi, Xavi, Iniesta, Thiago creciendo…- y uno, criado en La Masia, estaba a punto de llegar. Pep llevaba tiempo guardando una plaza en la plantilla para Cesc Fàbregas, pero el fichaje tardaba en concretarse. Siempre parecía a punto pero nunca estaba hecho.

En estas andábamos, intentando convencer a Arsène Wenger, cuando Andoni Zubizarreta tuvo la opción de fichar a Mesut Özil por sólo 8 millones de euros. El internacional alemán del Werder Bremen, de origen turco y confesada tendencia barcelonista, estaba encantado de poder jugar en el equipo de sus sueños. Esperó el desenlace de las negociaciones, primero en Torredembarra y luego en Mallorca. Visitó varias veces Barcelona, estuvo en casa de Sandro Rosell pero, a la hora de dar el último paso, todo se vino abajo.

Pep, más allá de no querer cortar la proyección de jóvenes de la Masia o de ocupar con Özil la plaza reservada a Cesc, se acordó de hasta dónde había metido la pata con Hleb. Un muy buen jugador que no se adaptó al grupo, que nunca aprendió un idioma con el que entenderse con sus compañeros y al que lo mismo le daba ‘so’ que ‘arre’.

Total, que, con dudas razonables y para que que no volviera a pasarle lo mismo, Guardiola descartó el fichaje de Özil pese a la insistencia de Zubi, Bartomeu y todos los que, por un momento, se creyeron capaces de convencerle. No pudieron. Pep creía que hacía lo mejor para el Barça y volvió a equivocarse. Özil, como sabe todo el mundo, se fue despechado al Madrid. Por eso, ahora que está en el Arsenal, ha olvidado tan pronto a toda la Casa Blanca, incluido su presidente. El Madrid sólo era un equipo más en su carrera. No era el Barça.

Aquí se equivocaron con él y el único consuelo (de tontos) que queda al barcelonismo es observar que el error del Madrid ha sido mucho peor. Aquí no se le firmó porque Mesut era una incógnita. Florentino, en cambio, le vendió cuando era una enorme realidad. Uno de los mejores futbolistas del mundo. Un tipo, francamente, que no había nacido para jugar en el Madrid, sino el Barça…

Maldito Hleb.

Miguel Rico es periodista. Adjunto al Director de Mundo Deportivo.

Foto: Arsenal FC