Luis Suárez: la penúltima cacicada de FIFA

El famoso mordisco de Luis Suárez a Chiellini ha traído consigo la penúltima cacicada de FIFA. La sanción al jugador uruguayo, tan merecida por su comportamiento como desmesurada en sus términos, viene a demostrar que al máximo organismo futbolístico del planeta sólo le importa el negocio y la imagen de su chiringuito.

Acalladas bajo el humo del espectáculo las protestas sociales en Brasil –que las hay, y a diario– y con la amenaza de que le explote en la cara la presunta corrupción en la designación de Catar como sede del mundial de 2022, Blatter y los suyos ya tienen un chivo expiatorio.

Y no en la figura de Luis Suárez, sino en la de su club, el Liverpool. De golpe y porrazo, el equipo inglés se encuentra no sólo con que debe ceder obligatoriamente a sus futbolistas a las selecciones en el tradicional expolio de cada dos años (Eurocopa, Mundial, Copa América o Copa de África), sino que además se encuentra con un daño aún peor: no poder utilizar durante cuatro meses a un futbolista que le cuesta un dineral cada semana.

El bocado a Chiellini debía tener castigo. Un castigo económico mayor que el impuesto (con un cero más sería suficiente) y otro en forma de multa deportiva que acarreara la suspensión con su selección. Pero penalizar a un club –en este caso el Liverpool, pero vale para cualquiera– que quiera o no debe ceder su patrimonio y exponerse a una lesión grave o a una sanción de este tipo es un acto miserable y rastrero que indica el nivel de escrúpulos del grupo de vividores que dirige FIFA.

Suárez ha sido tratado como un delincuente y ayer fue poco menos que obligado a abandonar Brasil por la fuerza. Su delito no ha sido comprar votos en favor de un determinado país, ni tampoco venderse para perder un partido. Él ha mordido a un rival con una saña que no llega ni a la décima parte de lo que pueden llegar a comerse y beberse los dirigentes de FIFA estos días de Mundial.

Por el momento, Luis Suárez no podrá acercarse a un estadio (como si de un hooligan peligroso se tratara), ni jugar al fútbol y, lo que es peor, no se le permitirá siquiera entrenarse con sus compañeros. Dicho de otro modo, un trabajador –millonario, sí, pero trabajador– no podrá ejercer su actividad profesional porque un grupo de gerifaltes que jamás han tocado un balón ha decidido, después de una copiosa comida y antes de entonar los cánticos regionales y llegar a la fase etílica de exaltación de la amistad, convertir al uruguayo en un cabeza de turco.

Mientras los clubes, verdaderos motores del negocio del fútbol, no se pongan las pilas, FIFA, UEFA y las demás confederaciones seguirán haciendo y deshaciendo a sus anchas sin más remordimiento que el que la conciencia de cada uno de sus miembros –si la tienen, que ya es mucho presumir– le permita.

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