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En estos días en los que el Luis Suárez uruguayo es foco de la atención mediática por sus comportamientos poco profesionales sobre el campo y por la intención del Barça de ficharlo, queremos reivindicar la figura de su homónimo de los años cincuenta y sesenta, don Luis Suárez Miramontes. El gallego era un interior de clase sobresaliente, un aglutinador de juego que conducía el balón con la cabeza erguida, con esa elegancia que sólo tienen los elegidos. Era un Iniesta en la zona ancha y un depredador cuando llegaba al área. En 1954 fue fichado por el Fútbol Club Barcelona procedente del Deportivo de la Coruña y muy pronto se vio en su figura al heredero de Ladislao Kubala.

Durante siete temporadas, Luisito demostró su gran calidad y fue protagonista en la conquista de dos Copas de Ferias, dos Ligas y otras tantas Copas del Generalísimo. Su estilo, aparentemente frío, hacía que se apuntara hacia su figura cuando venían mal dadas. Ya se sabe que muchos aficionados sospechan del talento mientras aplauden al jugador que se tira al suelo detrás de balones imposibles de alcanzar. La grada se dividió entre partidarios y detractores del genio gallego, algo que ha ocurrido con todos los grandes desde que el fútbol es fútbol. Sin embargo, su marcha del club poco tuvo que ver con ese debate.

En enero de 1961 se estaban viviendo los últimos momentos de la presidencia de Miró-Sans, uno de los mayores autócratas de la historia del Barça. El club vivía una crisis sin parangón, tanto en lo económico como en lo deportivo, con el equipo a 20 puntos del gran rival, el Real Madrid. La deuda se hacía cada vez más grande debido al desvío en el presupuesto del Camp Nou, proyectado por un primo del presidente, Francesc Mitjans, y presupuestado en 67 millones, una cifra que terminó por quintuplicarse.

Hubo dos gotas que hicieron rebosar el vaso de la paciencia de los culés; por un lado, el directivo Viola declaró a la prensa que si el club no vendía rápidamente los terrenos de Les Corts, el club entraría en bancarrota en dos meses. Mientras la situación era así de crítica, la junta se interesó en el fichaje como secretario técnico del seleccionador español, Pedro Escartín, al que se ofrecía un contrato millonario que multiplicaba por siete lo que cobraba Samitier por el mismo cargo. Esto terminó por enervar a los aficionados azulgranas, hasta el punto que las peñas y muchos personajes con peso dentro de la historia del club exigieron la dimisión de toda la directiva. Frente a tales presiones, Miró-Sans dimitió una semana después y se hizo cargo del club una gestora.

Ante el desgobierno y la situación de deuda acuciante, los rectores temporales del equipo barcelonista decidieron vender al Inter a su mejor activo, Luis Suárez, a cambio 25 millones de pesetas, una cifra récord en la época. Aquel fichaje hizo que el buque insignia del futuro deportivo del club saliera del mismo. Los efectos no se hicieron esperar. El Barça comenzó una travesía del desierto en el capítulo de títulos que no acabó hasta la llegada en 1973 de un flaco holandés llamado Johan Cruyff. En el apartado económico, la venta de Suárez apenas sirvió para pagar una ínfima parte de la deuda en la que se había metido la entidad, por lo que la crisis se eternizó.

Con la estrella vendida y en medio de un ambiente tenso, el equipo se plantó en la final de la Copa de Europa de Berna, la legendaria de los postes cuadrados. Desde que los jugadores llegaron al campo, la derrota estaba escrita, como predijo Sandor Kocsis. Dicen que la historia se repite de forma cíclica. También dicen que está para aprender de los errores. Ojalá quienes gobiernan el club hayan leído los libros de historia y sepan lo que ocurrió hace medio siglo.