Instinto básico

El Barça conquistó ayer la Liga y, a falta de dos finales, la temporada ya puede considerarse un éxito. Con la preocupante perspectiva de un prácticamente seguro fin de ciclo a la vuelta de la esquina, Luis Enrique ha sabido reconducir un equipo que parecía agotado, cansado de sí mismo, un equipo que aborrecía la imagen que le devolvía el espejo. La empresa de coronar al Barça se antojaba difícil; la de llegar a la final de Copa y de la Champions League con la Liga ya asegurada habría sido tildada como demasiado optimista en agosto y como absurda, directamente, en enero.

Sin embargo, a 18 de mayo es esta última la situación del Barcelona, un año y un día después de perder la Liga de forma muy decepcionante en casa. Precisamente hay que partir de ese punto para entender mejor a Luis Enrique. El Barça del curso anterior, un equipo muy discreto a todos los niveles, estuvo a un gol de ganar la Liga, a un gol en el Calderón de forzar una prórroga para meterse en semifinales de Champions y sólo un tanto en los compases finales desequilibró el marcador a favor del Madrid en la final de Copa. Ese Barça del Tata Martino estuvo, por tanto, muy cerca de levantar plata a final de temporada siendo, especialmente en los meses finales, una calamidad futbolística.

Luis Enrique no ha planteado grandes revoluciones tácticas ni su equipo de este año será recordado como un torrente de fútbol. Este Barça ha completado grandes partidos, pero se halla aún lejos de las exhibiciones regulares del curso 2010/11. No obstante, transmite la sensación de ser un conjunto igual o más dominante que cualquiera que haya visto el Camp Nou, un equipo que no juega siempre con la sexta marcha, pero que pasa de una reposada a tercera a esa sexta en segundos, a voluntad. El Barça actual no hace suyos los noventa minutos, como algunas de sus iteraciones anteriores, pero hace pagar a sus rivales con intereses aquellos de los que dispone.

luis enrique
Luis Enrique tiene motivos para festejar.

La receta, más que en una táctica que no ha evolucionado al mismo ritmo que los resultados, es tan básica como complicada de conseguir con jugadores de este calibre: esfuerzo y ganas. No es ningún secreto que el Barça está como un tiro físicamente —lo que solía ser el talón de Aquiles de los culés— ni tampoco sorprenden a estas alturas las celebraciones de los jugadores. La eliminatoria contra el Bayern es paradigmática: el Barça la afrontó sin lesionados, en la ida los goles llegaron en el último cuarto de hora y sometieron sin miramientos a un rival que apenas un par de años atrás les había arrollado por 0-7 en el cómputo. En la vuelta, se fueron 1-2 al descanso tras responder con esos dos goles al tempranero gol de Benatia. No necesitaron más.

A estas alturas de la temporada y a falta de dos finales, el equipo de Luis Enrique sólo parece poder ser víctima de su propia vanidad. Grandes favoritos tanto para la final de Copa como para la de Champions League, les toca a los jugadores demostrar que tienen apetito suficiente para conseguir los dos títulos y reeditar de esta forma, seis años después, el mayor momento de gloria que vivió la entidad a la que representan. Entonces, un ciclo se daba por iniciado. Ahora todo apunta a que, mientras estos jugadores estén dispuestos a ello, este ciclo no va a acabar en breve, un ciclo que parecía en soporte vital hasta que llegó Luis Enrique.

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