Luis Enrique cae en la fiebre preelectoral de renovaciones

En pocas horas, Josep Maria Bartomeu ha gastado la tinta de su estilográfica firmando contratos.

El primero de ellos, viendo la hora de la dimisión cercana, Bartomeu ha renovado a un Dani Alves que hace semanas encontraba poco interesantes las propuestas del presidente. Pese a la incorporación de Aleix Vidal, ha habido acuerdo y el lateral brasileño continuará en el Barça dejando de lado las faltas de respeto denunciadas días atrás.

Después, según publicó Miguel Rico en Mundo Deportivo, es el nuevo contrato de patrocinio con Qatar Airways, que reportaría al club entre 50 y 60 millones de euros al año, aunque el nuevo presidente que surja de las elecciones deberá firmarlo o rechazarlo en dos meses.

Y finalmente, cuando menos se esperaba, Luis Enrique también ha ampliado su contrato, alargando hasta 2017 el que le unía al Barça hasta el próximo verano. Si la renovación de Alves ha sido un vodevil, la del técnico asturiano es inexplicable. No por injusta, sino por el modo en que se ha producido. Corriendo, apurando hasta el último segundo antes de la dimisión del presidente y haciendo que algo que nadie cuestionaba se convierta en un acto de mera propaganda.

Bartomeu tiene en sus manos los mandos del aparato del club y los utiliza, como todo el mundo esperaba. Su actuación es éticamente reprobable, pero totalmente esperable. Lo que resulta más desconcertante es la actitud de un Luis Enrique que hace apenas dos días no tenía claro su futuro, que en repetidas ocasiones ha mostrado su malestar con la destitución de Zubizarreta y su equipo y que ha parecido ir siempre, como se dice en la calle, a su bola.

Y esa bola propia, ese “me la rebufa todo” que Lucho siempre esgrimió en público, se esfuma en gran parte al prestarse a caer en manos de un Josep Maria Bartomeu que se ha agarrado a él como un flotador. Tendrá sus razones, seguramente. Y es más que probable que haya obtenido algunas nuevas atribuciones para la próxima temporada, pero uno no puede evitar la sensación de pensar que le costaba más bien poco esperar al nuevo presidente para rubricar su firma y mantener una perfecta neutralidad.

Luis Enrique merecía seguir. Pero hoy, estéticamente, ha perdido parte de su encanto.

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