Algo más que no molestar

Tras una de las batallas mediáticas más tensas y veladas de los últimos años, Pedro J. Ramírez se veía obligado a abandonar el diario que fundó. Apeado de la dirección tiempo atrás y reducidas sus funciones a las de mero arponero de todo menos ingenuo, la nueva dirección y sus amigos de gabinete decidieron que aquello de pretender ser un periódico plural no compensaba si para ello había que aguantar las embestidas semanales del hombre de los tirantes. Quizá pensaban que podrían acallar así al hombre que no callaba ni cuando debía hacerlo o que sus textos no encontrarían destinatario en una era en la que la prensa escrita ha dejado de dictar lo que es noticia y lo que no.

La carta —como así llamaba el ex-director a sus artículos semanales— que acabó por romper una relación para nada elástica fue la que Pedro J. tituló como ‘El estafermo‘. El sustantivo, que deja poco lugar para la imaginación, se refiere al muñeco giratorio que debían golpear los jinetes y luego evadir el contraataque involuntario de éste, que sólo se limitaba a obedecer las leyes de Newton respondiendo con fuerza a los envites. Pedro J., apuntando hacia el presidente del gobierno, hallaba las bondades del estafermo en su “carácter inerte, en su falta de iniciativa, en su abulia existencial, en su condición tan yerma como yerta, en contraste con la vitalidad actora del jinete“.

Luis Enrique reconocía hace unas semanas con su habitual sorna para con la prensa que eran los jugadores los que decidían las convocatorias, la táctica y las rotaciones. “Si ganan, claro“, añadía con esa sonrisa ambigua con la que no se distingue si disfruta con el intercambio de golpes mediado por micrófonos o si preferiría estar en cualquier lugar del mundo antes que allí postrado. “Si se pierde, decido yo“, apostilló, no sin falta de razón: su gremio ha sido históricamente perdedor, pocos han logrado poner apellido a sus equipos y la mayoría se habría conformado con una mención honorífica en los créditos de las temporadas victoriosas. En cambio, cuando el confeti se pierde entre los recuerdos, son los técnicos los que, del triunfo a la derrota, se tornan en protagonistas, agonista —y que cada uno ponga el prefijo que considere adecuado. Más que una crítica a la prensa, la agria ironía de Luis Enrique reflejaba el crudo día a día del entrenador.

Sorprende, sin embargo, que este siga siendo un pensamiento extendido entre los aficionados, sobre todo cuando después de la marcha de Guardiola se probó sobradamente que este equipo no se entrenaba solo, como muchos clamaron cuando Pep cogió la puerta. La ausencia de Tito y el extenuante año con Martino demostraron que no se puede llegar a puerto sin rumbo, que no se puede sonreír en mayo cuando el principal objetivo del entrenador es no molestar, que, por muy buenos que sean los que se reparten elogios cuando hay plata de por medio, es necesario que alguien tome las riendas.

A las puertas de mayo, el Barça es líder de la Liga, ha llegado a las semifinales de la Champions League dejando las eliminatorias resueltas en la ida y es finalista de Copa. A ello hay que sumar el gran estado de forma del equipo, ese físico exuberante que les ha permitido sortear con éxito un par de semanas que podrían haber dado al traste con la temporada. En este mundo nada es seguro hasta que el árbitro pita no una ni dos, sino tres veces, pero la posición del Barça es privilegiada y habría que remontarse varios años atrás para encontrar una situación parecida.

Luis Enrique cuenta con futbolistas maravillosos, cuenta hasta con uno imposible de catalogar por su manía de dejar adjetivos atrás igual que si fuesen rivales. Jugadores que tiñen de victoria partidos toscos y cuya sombra crece a medida que el adversario lo hace. No obstante, la mayoría de estos futbolistas ya estaban aquí el curso pasado o el anterior y el resultado fue diferente. Y no únicamente hablamos de resultados: el Barça está exhibiendo momentos de forma abrumadores y lo está haciendo en el momento determinante de la temporada, dando una velocidad al juego más propia de un déjà vu.

Para muchos, este seguirá siendo el Barça de Messi —la continuación del equipo conocido como el Barça de Pep—, pero, sin pretender restarles algo de razón, Luis Enrique se merece algo más que una simple mención honorífica o ser el depositario de las críticas si la temporada se acaba torciendo. El Barça vuelve a parecer el Barça, a pesar de que aún se noten los efectos del coma, a pesar de que ello no signifique que este Barça aspire a ser aquel Barça. Sin embargo, después del año más oscuro —en muchos niveles— del primer equipo desde la última temporada de Rijkaard, parece una proeza que aún todo sea posible, aunque esté todo por hacer. Quizá Luis Enrique sea algo más que un simple estafermo.

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