Barça: lo que la victoria esconde

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No hay mal que por bien no venga. La racha de victorias en liga quedó en cuatro. Lo que el registro inmaculado escondía quedó ayer al descubierto en un partido horroroso del Barcelona en el aspecto ofensivo. Ningún lanzamiento a puerta, ninguna sensación de peligro. Un partido, sin embargo, más acorde a lo que cabría esperar de un equipo aún en formación que a otro de ir saltando de jornada en jornada de tres en tres puntos.

A la apuesta de Luis Enrique le queda mucho aún por cuajar. La base es sólida: al Barça no le marcan, pero es que tampoco le llegan. Esa seriedad en el aspecto defensivo, no obstante, se ha contagiado en ataque, donde encontramos un equipo correcto, serio. Conservador. Mueve la pelota, intenta aprovechar la basculación del rival y busca crear espacios tras un desborde en uno contra uno por talento individual. Los laterales llegan con asiduidad (y toda la permisividad posible de la defensa rival) a la línea de fondo. Sin embargo, una vez ahí, no tienen otro remedio que devolver la pelota atrás. Y vuelta a empezar.

El Barça ha superado el juego plano y lo ha evolucionado a uno cóncavo. Si uno sigue el dibujo que van trazando las trayectorias de los pases, verá como un semicírculo envuelve el área rival como si fuese intocable. Sagrada. Esto no es culpa de Luis Enrique, sino que son muchos años ya de descuido en el juego posicional, unidos a otros componentes nuevos que ponen trabas a una profundidad complicada de encontrar en tiempos recientes.

El problema más evidente ayer no fue la falta de disparos, más bien que nunca se crearon condiciones para ellos. De los de arriba, solo Pedro no pide la pelota sistemáticamente al pie. Y Pedro hace ya varias temporadas que perdió el duende. Neymar, con defensas que lo esperan en el borde del área, la pide cortita, la soba, amaga varios regates y la devuelve al lateral o al interior. Messi, más retrasado que nunca, solo se asoma al área con algún slalom, especie al borde de la extinción, o a hacer acto de presencia cuando un lateral se acerca al córner. Por detrás, Iniesta sigue sin demostrar capacidad de liderazgo en un equipo que lo necesita como el comer ante la falta de Xavi, mientras que Rakitic quedó expuesto, lógico al considerar que no está acostumbrado a afrontar este tipo de situaciones.

Después están los males endémicos del Barcelona. El más claro de ellos es no chutar desde más allá del área rival. Tampoco lo hacía el equipo de Guardiola que ganó todo, pero entonces había tal inundación de soluciones futbolísticas que ese recurso no se echaba en falta salvo en momentos puntuales. Y el principal sigue siendo la incapacidad de resolver situaciones que se le presentan desde 2009. Hay ocasiones en las que un gol acaba con la maraña rival, pero cuando este no llega el Barça se pone nervioso, nada más que un producto de la memoria. Los jugadores se ven caminando hacia la misma piedra de nuevo, atraídos por una inexplicable fuerza de atracción, y acaban tropezando. Una vez más. Y parte de ello es porque el equipo no dispone de jugadores para deshacer el acertijo del adversario. Si te ceden las bandas y no tienes a ningún futbolista de ese perfil, estás abocado a jugar por el centro, por donde te esperan. Claro que, por talento, por insistencia o por Messi el noventa por ciento de estos partidos se resuelve con una victoria culé. Sin embargo, es en el diez por ciento restante donde el Barça se juega los títulos.

Hay mucho trabajo aún por hacer. Afortunadamente, octubre aún ni ha amanecido y el técnico, antes del empate de ayer ya era consciente de ello. Y es que los equipos cóncavos raramente sonríen en mayo.

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