Let it snow

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Hay algo intrínsecamente fascinante en la nieve, algo tan bello como hipnótico. Quizá sea el anuncio de las festividades, las miles de películas felices que la contienen o su excepcionalidad, tan limitada en el tiempo. Puede que más que todo eso. La lluvia despierta pocas sonrisas, pero cuando la temperatura se desliza más allá de los cero grados, el disgusto se torna felicidad cuando los copos se precipitan hacia la tierra. Sólo unos grados arriba o abajo tienen el poder de despertar en nosotros un sentimiento de calidez inversamente proporcional al clima exterior.

La entrada de diciembre suele ser sinónimo de nieve en gran parte de Estados Unidos. Allí, con tantos espectáculos deportivos al alcance del espectador que contribuyen al irónico sedentarismo de este, los campos nevados son algo tan frecuente como aceptado, especialmente en el fútbol americano. La invasión lenta y paulatina de los domos (esos estadios gigantescos con titánicas cúpulas, cuyo máximo exponente es el estadio de los Cowboys de Dallas, más semejante a lo que asociaríamos a una nave alienígena que a un campo de fútbol) ha disminuido en parte esas impresionantes imágenes en las cuales es imposible ver el verde que se halla bajo ese manto blanco, pero, afortunadamente, no han desaparecido del todo.

Este fin de semana ha sido buena muestra de ello. Varios campos nevados, en particular el estadio de los Eagles de Philadelphia, cuyo aspecto se puede comprobar en las imágenes que acompañan a este artículo. Se puede argumentar, con razón en ello, que las inclemencias climatológicas desvirtúan el partido. Es evidente que no es lo mismo jugar en un césped (artificial o no) perfecto, a una temperatura agradable, que hacerlo en un campo en el cual no puedes ver más allá de cinco metros. Las virtudes de los equipos pueden convertirse en irremediables defectos, el caprichoso ovoide resbalando con asombrosa facilidad, los jugadores desquiciados por la impotencia de no poder desarrollar con normalidad su juego…

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Y aún así es precioso, es deporte en estado puro. Adaptarse o morir. Los mejores jugadores no son aquellos que pueden repetir exactamente el mismo pase en las mismas condiciones, sino aquellos que pueden adaptarse a las condiciones cambiantes del juego, por complicadas que sean, y contribuir a la victoria de su equipo a pesar de ellas. Acabaríamos cansados si el aspecto del campo fuese tan impolutamente blanco semana tras semana; sin embargo, se agradece que no haya ventisca que logre frenar uno de los mayores espectáculos deportivos de los que se puede ser testigo cada año, una estampa tan familiar como asombrosa, tan majestuosamente bella como inexorablemente fría.

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