Messi: el pecado de dudar de un ganador

Por lo visto, leído y escuchado, la derrota de Argentina frente a Alemania en el mundial de Brasil se interpreta, o se debe interpretar, sólo desde un prisma: la derrota de Messi. De nada sirve tener en cuenta la actuación del argentino en todo el campeonato, como tampoco sirve de nada valorar que si Argentina llegar a la final, ha sido, precisamente, por la actuación del 10 del Barça. La culpa de todo es, otra vez, de Messi.

Negar que la versión de Leo Messi que hemos visto en estos días no corresponde con la de los años 2010 o 2011, cuando lo ganó prácticamente todo con el Barça, sería absurdo. Tan absurdo como dejar de lado que la Argentina de 2010 que entrenaba Maradona y que tenía a un Messi en plenitud en sus filas abandonó la competición aplastada por la misma selección que la venció ayer.

Mucha gente necesitada de una víctima a la que azotar achaca el rendimiento de Messi a la desgana, a la falta de apetito, al aburrimiento, a cosas extradeportivas, a mil y una historias. Y muy poca se para a pensar en lo que ha cambiado en el entorno de Messi y del Barça desde que el equipo dejó de ganar en el año 2012.

Personalmente, sitúo el inicio de ese presunto declive del crack argentino en un hecho claro: la marcha de Tito Vilanova a Nueva York para tratar el cáncer que finalmente acabaría con su vida. Desde aquel momento, y pese al control que Vilanova quería ejercer desde su forzado alejamiento, el equipo entró en una dejadez que ha traído como consecuencia, entre otras cosas, la más que anunciada temporada en blanco del Barça y la caída en el rendimiento de Messi. Una caída que traducida en números no es tal; asusta pensar dónde habría quedado el equipo de Martino sin los más de 40 goles de Leo. Messi ha sostenido a su equipo –lleva haciéndolo casi tres años– para frenar su caída y también ha llevado Argentina a disputar la final del mundial para el que su selección seguramente no estaba preparada, como demuestra que todo se haya fiado al espíritu guerrero y competidor de Mascherano y a los goles de La Pulga.

Desde que se fue Guardiola y Tito Vilanova dejó de ocupar el banquillo azulgrana a causa de su enfermedad, el Barça no ha entrenado bien. La falta de competitividad puede atribuirse a lo que se llama barriga llena de títulos, pero sobre todo a la falta de exigencia de Roura primero y del Tata Martino después. Comentarios de jugadores hablando de entrenamientos poco intensos, métodos anticuados y otras cosas son síntomas inequívocos de que algo no se hacía bien. Y eso, unido al “se juega como se entrena” lo ha acabado pagando el Barcelona y en especial Messi, tanto durante la temporada como en el Mundial.

¿Y ahora qué?, se pregunta mucha gente. ¿Volverá Messi a ser el que fue? A sus 27 años no hay razón para dudar del rendimiento del argentino con la camiseta del Barça si las cosas se hacen bien. Las habría si uno tuviera la sensación de que el tipo que han escogido para entrenar al primer equipo no va volver a inculcar la cultura del esfuerzo en un grupo que necesita trabajar para no depender de las cifras escandalosas de un crack estratosférico.

A la selección argentina, ayer se vio, no le ha alcanzado con rodear a Messi con luchadores y máquinas competitivas. Tampoco basta con rodearle de buenos futbolistas si no existe trabajo, entrenamiento y esfuerzo; el Barça 2012-14 es un buen ejemplo de ello. Aun a fuerza de que la siguiente afirmación sea tildada de nostálgica, Leo Messi necesita un entorno cuidado, un grupo capaz de dar el máximo de sí mismo y, aunque suene triste en deportistas profesionales, un líder en el vestuario que sea capaz de encauzar las ganas y compatibilizarlas con el talento, de lograr que vuelva a florecer la sonrisa pícara en los labios del 10.

No seré yo quien dude de la vuelta de Messi, aunque la derrota de Maracaná seguramente le afecte. Porque Messi es, ante todo, un ganador. Como Nadal. Como Jordan. Como Schumacher. Y de los ganadores no se duda. O no se debería.

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