Laurie Cunningham fue mejor futbolista que Cristiano Ronaldo. De aquí a Lima. No podría ser de otra manera cuando en el Camp Nou se aplaudió al inglés como se desprecia al portugués. Bueno, quizá no tanto porque la memoria tiende a exagerar el recuerdo. Y el recuerdo nos dice que al madridista Cunningham se le aplaudió en un Clásico que el Barça perdió por 0-2.

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Fue un 10 de febrero de 1980, en pleno desenamoramiento azulgrana de aquel Roberto Dinamita que pasó por Barcelona como un fantasma y cuando la figura de Rife ya no tenía nada que ver con un Molowny a la catalana. El Real Madrid ganó con dos goles en dos minutos, o tres, que provocaron aquellos aplausos de sorna tan típicos de la época para castigar el mal juego del Barça. Con el señor del Puro explotando en lo alto del lateral, en el último anuncio hacia el gol sur, y Núñez revolviéndose en el palco porque de su Barça triomfant no había rastro.

La ovación a Laurie Cunningham

Pero… ¿Tanto se aplaudió a Cunningham como se escribió y se ha mantenido con el paso de los años? Sí. Se le aplaudió, porque hizo un partidazo (o eso nos dice la memoria) y debió merecerlo. Como lo mereció Ronaldinho o muchos años antes Maradona en el Bernabéu. Incluso como se dice que algunos osaron aplaudir a Pirri el día que Asensi se despidió del Barça con un amistoso frente al Puebla mexicano en el que jugaba el ex capitán del Madrid. Ahí la memoria no es tan clara. Ni tan amistosa tampoco.

Pero, a ver, del aplauso que existió a las ovaciones cerradas que el paso de los años han instalado en el imaginario futbolístico existe un trecho. Porque hubo quien bramó la desvergüenza de batir palmas por un madridista en la que era nuestra casa. Y más aún después de que con 0-0 un tal señor Fandos Hernández convirtiera un penalti clamoroso de García Remón a Adjutori Serrat en falta en ataque.

Mari Carmen Izquiero y Juan Manuel Gozalo debieron mirar hacia otro lado mientras el director de Estudio Estadio Miguel Ors y su inestimable Ortiz de Mendíbil mantenían que el partidazo de Cunningham dejaba en nada cualquier protesta. Que de eso sí podemos acordarnos. Como también, aunque sea a costa de repasar hemerotecas, que contrariamente a lo que se ha escrito para convertir la jornada en leyenda a Laurie Cunningham no se le despidió entre ovaciones al ser sustituido… Porque jugó el partido completo. Y que tampoco fue una noche para el recuerdo… Porque el partido se jugó a las cinco de la tarde.

Una muerte precoz

Laurie Cunningham fue en la época el fichaje más caro de la historia del Real Madrid pero apenas queda nada de él como madridista más allá de esa victoria en el Camp Nou. Quizá por eso se necesita ponerla tanto en el plano. O quizá no. Se mató conduciendo un coche por Madrid a los 33 años, tras ascender a Primera División con el Rayo Vallecano, al lado de Hugo Maradona. Su nombre se mantiene en ese estado del recuerdo para destacar que se bastó para hundir al Barça en el Camp Nou. Algo de eso hubo, desde luego. Pero menos.

Para expiar esa etapa suya en el Madrid, Real, Cunningham no solo se ganó a los aficionados de Vallecas, sino que jugó un rato de un partido ciertamente inolvidable: el que coronó al Wimbledon en Wembley frente al Liverpool en la final de la FA Cup en 1988. Ahí sí que hubo un festival.