Las formas de Víctor Valdés

Hace más de un año que Víctor Valdés anunció que no renovaría su contrato con el Barça. Concretamente, fue en enero de 2013 cuando sus representantes hicieron saber al club su intención de marcharse, dejando con el culo al aire a un Andoni Zubizarreta que había comentado pocos días antes que estaban ya hablando de la prolongación de su vinculación contractual.

Desde entonces, club y aficionados han vivido con el secreto a voces de un relevo cantado en forma de portero alemán y con la incertidumbre de lo que podría pasar bajo el arco en caso de una lesión que, finalmente se produjo.

Ayer, Mundo Deportivo anunciaba que Valdés se despidió de sus compañeros en el vestuario y que, una vez finalizada la primera fase de su recuperación, se marchaba a Alemania para encarar la segunda. Doble uve no estará, en principio, en el Camp Nou el próximo sábado, cuando sus compañeros se juegan el título de Liga frente al Atlético de Madrid.

Se trata de una decisión incomprensible que alimenta una parte de los mil rumores que, con más o menos fuerza, se han difundido sobre las razones de su marcha, justificada en la voluntad de “conocer otras culturas y otro fútbol”. Mal rollo con algunos compañeros, problemas económicos, falta de sintonía con la directiva y los ejecutivos del club… Todas esas cosas y algunas más han corrido por el famoso entorno mientras la decisión del portero ha permanecido inamovible.

¿Por qué marcharse a pocos días de la resolución de un título que también sería suyo? ¿Por qué evitarse la merecida despedida de un Camp Nou que, aunque no siempre le ha valorado, sí le considera suyo? ¿Por qué ganarse la antipatía de un público que siempre le agradecerá su papel en la consecución de los títulos?

Valdés se va en el momento que ha elegido, pero no ha sabido gestionar los tiempos. Tres o cuatro días pueden echar al traste la imagen de un profesional que, probablemente y con el permiso de Ramallets, sea el mejor portero de la historia del Barça.

Con la marcha de Puyol y la de Valdés, dos de los cuatro capitanes del Barça se irán a final de temporada. Y no sería descartable que un tercero abandonara el club también este verano, dejando a Iniesta como el único superviviente de quienes, al menos en teoría, llevan los galones del equipo. Pero los modos de uno y otro don distintos. Puyol se va porque no se ve capacitado para ofrecer el nivel que él mismo se exige; Valdés, pese a la legitimidad de su decisión, debe recordar que un capitán debe serlo desde que se abrocha el velcro del brazalete hasta que sale de la ducha después del último partido. Aunque no pueda jugarlo.

Abandonar el barco justo antes de hundirse o de llegar a puerto no va con el carácter del inquilino de la portería desde hace doce años. No sabemos si sus compañeros merecen ese gesto. Probablemente no, pero quienes seguro que van a ser tratados injustamente son los casi cien mil espectadores que, desde que se lesionó la rodilla, desean más que nada decirle adiós como merece uno de los mejores guardametas del mundo.

Valdés aún está a tiempo de recapacitar. Su recuperación no viene de tres días; su recuerdo en el Camp Nou, sí.

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