Laporta, el numerito, el amnésico y el exconvicto

La escena de ayer en la Ciutat de la Justícia la habría firmado los guionistas de Juzgado de Guardia, aquella sitcom norteamericana que pasó con más pena que gloria por la televisión española en la década de los años 80.

Lamentablemente habituado como está el barcelonismo a pisar por igual las salas de los juzgados que el Camp Nou, ha llegado un punto en el que ya no importa tanto qué se juzga como las anécdotas, más o menos serias y más o menos graves, que se viven en la sede judicial.

Con el trasfondo de una demanda de 100 millones de euros, una minucia que veremos cómo termina, asistimos ayer a otro espectáculo a medio camino entre el esperpento valleinclanesco, los diálogos para besugos de Armando Matías Guiu y el hipnotismo que sufre quien se queda pasmado mirando cómo gira la ropa en el tambor de una lavadora.

El reparto, de lujo: un abogado exconvicto condenado por estafa, un expresidente desmemoriado, otro que deseaba hablar en su lengua, un ex director general que disfruta de un gran finiquito después de haber sido defenestrado hace unas semanas y un juez que debe torear con todos ellos.

Con semejante elenco y lo plúmbeas que pueden ser las sesiones judiciales, era inevitable que el mundillo del chismorreo tertuliano se fijara en la anécdota. Da igual que se iniciara ayer un millonario juicio contra el Barça; lo importante es que Joan Laporta montó un ‘numerito‘. ¿Su delito? Tener la osadía de querer hablar en catalán en un juzgado de Catalunya.

Laporta llegó a la Ciutat de la Justícia a las 9 de la mañana y no fue llamado a declarar hasta las tres de la tarde. Conociendo mínimamente al personaje, es probable que la espera hiciera que se le hincharan las gónadas, si me dejan emplear el eufemismo. Pero permítanme dudar que esa demora en prestar declaración tuviera algo que ver en su postura frente al uso de su lengua. Laporta, como cualquier ciudadano, tiene todo el derecho no sólo a declarar en sede judicial en catalán, sino a exigir que ese derecho sea respetado.

Que a estas alturas haya que argumentar algo tan evidente es un mal síntoma. Porque si una figura pública como el expresidente del Barça, diputado y concejal tiene dificultades para hacerlo (finalmente pudo declarar en su lengua) y recibe críticas por reivindicar ese derecho, ¿qué no le ocurrirá a cualquier ciudadano normal que haga lo mismo?

Si uno echa un vistazo a las noticias sobre el juicio de MCM verá que los principales titulares –pese al esfuerzo de los periodistas que cubrieron una sesión más aburrida que un recital de chistes de Arévalo– se centran en el episodio de Laporta y el catalán. Y a poco que escuchemos las tertulias radiofónicas, también encontraremos quien tache de numerito el gesto del expresidente.

Y mientras, el juicio sigue con el abogado exconvicto, el amnésico, el ‘indepe‘, el jubilado de oro y el juez, capote en mano, ejerciendo de El Platanito para dirimir qué ocurre con esa demanda y esos 100 millones. 100 millones, sí; puros numeritos.

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