La victoria más difícil

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Jugar con lluvia puede ser incómodo. Ya no digo con barro, que se convierte en una prueba física enorme o con nieve y hielo, en una lotería… Pero no hay nada peor que el viento. Bueno, sí: el viento combinado con el ¿césped? de Bloomfield Road. Si el campo llama al viento y se dan un festín, intentar jugar al fútbol es un examen brutal, difícil. Nada de incómodo o antipático, sino algo mucho peor. Bajas el balón como buenamente puedes al suelo para mimarlo y entonces… El suelo es el otro enemigo que se empeña en que no puedas conducir o pasar con lógica. Y en toda esa locura acabamos ganando el sábado al Brighton. Y qué difícil se hace escribir del Brighton como rival.

Pero antes tengo que hablar de nosotros, del Blackpool. Se podrán decir muchas cosas de nuestro equipo. Se podrá hablar de nuestras limitaciones, que las tenemos, pero algo de crédito deberán darnos porque este es un grupo que a cada día que pasa recibe un nuevo golpe y sigue levantándose para continuar la pelea. El sábado tuvimos la última sorpresa alucinante: llegamos al vestuario un par de horas antes del partido y descubrimos que la camiseta de Ishmael Miller no estaba colgada junto a las demás. Nos miramos atónitos y sin comprender nada porque el viernes era titular y de sopetón descubrimos que ya no estaba con nosotros. Miller era un tío con peso en el vestuario, con galones, con personalidad, y resulta que ya no lo tendremos como compañero. Salió Telford en su lugar y demostró que podemos confiar en los chavales jóvenes, pero quedó en el ambiente un sentimiento extraño por la marcha de Big Ish que provocó, provoca, esta incomodidad en la plantilla. Lees noticias como la de Lewis, te enteras de salidas inesperadas, de fichajes… Una ruleta a la que no estás habituado, que lo hace todo más difícil y que, a la vez, te hace sentir orgulloso de salir adelante. Con el agua al cuello, pero demostrando que sigues vivo.

Todo lo haces con una rabia multiplicada. Miras al cielo y suplicas que pare el viento; miras al suelo y maldices ese terreno de juego que es otro enemigo. Pero miras al graderío y tomas fuerzas de donde no las hay porque descubres que a pesar de todo la gente está de tu lado, te acompaña con su ánimo y aunque sea por dos horas aparca la frustración que siente con todo lo que ocurre para empujarte. Es, sencillamente, alucinante.

Ganamos un partido especial. No por el rival (porque eso era un tema muy personal) sino porque veníamos de lo de Watford. Había sido una semana intensa que comenzamos con una reunión que dio mucho de sí. No hubo reproches ni acusaciones ni malas caras. Simplemente nos dijimos que eso no podía repetirse en base a lo que había ocurrido. Y trabajamos toda la semana como leones heridos. Os aseguro que pocas semanas he llegado día tras día tan cansado a casa después de entrenar. Hubo una intensidad bárbara, una entrega de todos brutal, unas ganas que entendí nos tenían que empujar hasta el límite. Y salió bien.

No fue fácil para mi porque aunque quería esos tres puntos más que nadie enfrente tenía a rivales que son amigos. Siempre he sabido abstraerme de lo que ocurre a mi alrededor cuando salgo al campo, pero esta vez fue especial. Mucho. En el fútbol actual, los deportistas nos movemos por interés, porque nuestros agentes quieren ganar dos euros más en un sitio que en otro y te encuentras a veces haciendo las maletas sin estar convencido de hacer lo correcto. Y entendí que lo mío con Brighton fue real, especial e inolvidable. Lo entendí a medida que se acercaba el partido y si ya tuve esa sensación el viernes, cuando fui a verles al hotel, me golpeó el sábado en Bloomfield Road. Escuché esas canciones que en su día eran mías y que mi hija sigue cantando, vi al otro lado calentando a mi hermano Calde, a Bruno, a Greer, al joven Caskey… Me di la vuelta para no mirarlos y me centré en el ánimo de la hinchada del Blackpool para no escuchar la de los que habían venido desde Brighton. Y ganamos.

Aún estaba sacándome las botas en el banquillo cuando la clavó Jamie O’Hara. A ver quien le aguanta ahora, porque cuenta hasta las asistencias que da en los entrenamientos y nos espera una buena semana. Pero se merece una felicitación enorme porque sin tener el día a balón parado dio un paso al frente, valiente, para chutar la falta y la metió por la escuadra con una calidad enorme. Lo grité como un poseso y crucé los dedos pasándome diez minutos largos pidiendo la hora. ¡Qué largo se hizo ese final!

Lo sentí, lo siento, por el Brighton, desde luego. Y no me avergüenza decirlo en voz alta porque así lo pienso. Allí disfruté con Poyet y aprendí mucho con Òscar pero, por encima de todo, encontré una gran familia que no olvido. El viernes estuve en su hotel y me abrumó el cariño sincero que todos me mostraron. Pude saludar a Gibbo, un tipo entrañable que siempre está al lado de los jugadores y que es un amigo especial. Charlé con los fisios Wato y Anthony como si no hubiera pasado un día desde la última vez que me mimaron en la camilla y el gimnasio. Me abracé con ellos y con Paul, el fotógrafo, con Joaquín y con los chicos del media department. Y, claro, con Calde y Bruno, como con todos los jugadores que siguen en el equipo. Cené con ellos como si siguiéramos siendo compañeros y confirmé algo que ya sabía: seremos amigos toda la vida.

El partido tuvo poco fútbol y aunque me centré en lo mío por la noche lo estuve repitiendo en mi mente con una mirada más amplia. Ganamos porque tuvimos más fe, más pelea. A veces la gente se mata hablando de tácticas y estrategias cuando algo tan simple como la voluntad puede decantar la balanza. Eso y la calidad, porque la falta de Jamie era calidad en letras mayúsculas. A mi me tocó bailar con la más fea porque cada vez que recibía el balón aparecía Rohan Ince a ayudar al lateral y este tío tiene las piernas más largas que Maria Sharapova (aunque también más feas). Intenté echarle una carrera y no hubo manera, así que hice lo imposible por bajar balones que caían con plomo. Trabajé como un poseso buscando ayudas, combinando y peleando. Y llegué al vestuario muerto. Di todo lo que tenía y volví a casa en el coche sin sentir ni las pestañas, pensando que ese es el mensaje adecuado hasta final de temporada.

He dicho que a la felicidad que sentí se le mezcló un sentimiento de pena por el Brighton. Me explico. Si miras la clasificación no está para tirar cohetes y si lo comparas con el año pasado es un equipo diferente. Son ellos, los mismos, pero con un fútbol muy distinto al que hicimos los dos últimos años. Desde la distancia es difícil opinar, pero ahora entiendo el gran trabajo que hicieron tanto Poyet como Òscar allí. Y recuerdo aquel tres de mayo en Nottingham, cuando marcó Leo Ulloa en el minuto 92 para clasificarnos al play-off de ascenso. Fue una sensación de felicidad imborrable que me acompañará siempre. Ojalá nuestra misión de salvarnos no provoque su descenso. Ojalá.

Seguimos. Ahora nos toca dar el golpe lejos de casa. Somos el único equipo que no ha ganado como visitante y necesitamos ganar fuera de Bloomfield Road para hacer entender a los que están por encima nuestro que vamos a dar mucha pelea todavía. Hemos demostrado que los partidos en casa no van a ser cómodos para nadie y aunque el Norwich está en la pelea por el play-off estamos obligados a hacerles sentir el miedo de ese león herido que somos. Después vendrán seguidos el Middlesbrough y el Forest y estos tres partidos tienen que significar ‘algo’ para nosotros.

Que no nos den por muertos.

¡Vamoooooooossss!

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