La vergüenza del fútbol

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Ayer murió en Madrid un aficionado del Deportivo de La Coruña. Tal cual. Una pelea entre ultras, dijeron, una movida de mucho cuidado cerca del Vicente Calderón antes del partido con el Atlético de Madrid. Y un muerto. Lo más fuerte es que llamé a un amigo de Barcelona para enterarme de algo más y resulta que el partido ¡se jugó como si nada! Luego descubrí que los presidentes de los dos clubes dijeron que eso no tiene nada que ver con el fútbol. Y blablablá… No me lo puedo creer.

Dando por hecho que un suceso así es imposible que ocurra hoy por hoy en Inglaterra, si llegase a pasar alguna desgracia tengo claro que el partido se suspendería de inmediato. Ni haría falta llamar a federaciones, ni a la Liga ni a nadie porque los responsables de los clubes implicados serían los primeros en entender la situación. Para que quienes me lean desde España se hagan una idea: En Inglaterra alguna vez se ha retrasado el comienzo de un partido por problemas de tráfico ¡Para dar tiempo a los aficionados a llegar al estadio!

Soy futbolista profesional pero sigo manteniendo dentro de mi algo de aficionado, el que me inculcaron de pequeñito cuando iba a Sarrià a ver al Espanyol. Y con el paso de los años voy entendiendo que el futuro de este deporte lo quieren arrancar del corazón de la gente. Aquí, en el Reino Unido, se tiene claro que son los aficionados los que mandan, o al menos aquellos para quienes jugamos, pero esa es la excepción. Por desgracia.

Y cuando se llega al tema de la violencia, ya no sé qué se puede hacer. Pero desde luego sí sé, estoy seguro, que no se puede no hacer nada. Lo que pasó ayer en Madrid no es una novedad porque también allí mataron hace pocos años a un aficionado de la Real Sociedad y hace más unos ultras del Barça mataron a uno del Espanyol. Pero esos directivos dicen que no tiene nada que ver con el fútbol. Creo que llegados a este punto deberían ser los propios aficionados los que parasen esta locura, pero en España, a diferencia de Inglaterra, no existe ninguna asociación nacional de hinchas con la suficiente fuerza como para hacerse notar. Y, claro, los directivos de los clubes, de la Liga y de la federación hacen lo que les da la gana.

Bueno, no sé que más podría decir de lo que pasó en Madrid, porque de lo que vamos viviendo en Blackpool sí habría mucho que hablar, aunque por otras circunstancias.

Otra semana y otro puntito que nos sirve de más bien poco. El sábado jugamos un partido muy tenso, con poco fútbol y muchos nervios, que viene a ser la tónica general de los últimos tiempos. Yendo último destacado, uno no está para jugar atractivo, aunque sigo convencido de que podríamos hacerlo bastante mejor. A nivel personal, 0 minutos. A mis 30 años tengo la calma suficiente como para no entrar a valorar ciertas cosas. Y lo que pienso no lo voy a poner aquí, claro está. Quien me conoce sabe qué pienso y es hora de trabajar más, y si no cambia nada, trabajar más todavía. Y ya está. Poner malas caras, decir cosas inoportunas… Eso ya lo he vivido en el pasado y sirve de bien poco.

Me acuerdo de mis primeros entrenamientos con el primer equipo del Alavés. Era tan pretencioso que creía saberlo todo y merecía ser titular. En un equipo con jugadores de Primera luchando por ascender. De entrenador estaba Pepe Mel y en los entrenamientos me ponía de lateral izquierdo para que mejorara defensivamente. Eso era lo que él me decía. Pero mi tozudez lo veía como una afrenta. ¿A mi me vas a poner de lateral?, pensaba. Pues si te ponen de lateral, te callas. Al final el que manda es el entrenador, te guste o no y de esas cosas aprendes. Así que si no juego, me callo. Mi primer agente en el fútbol, el que me llevó a jugar al Alavés, siempre me decía: “oír, ver y callar”. Y eso es lo que ahora hago.

Además de autocrítica claro. Eso le falta a mucha gente en el fútbol. Siempre vemos la paja en el ojo ajeno pero a veces uno tiene que mirarse al espejo y enfrentarse a sus errores y aceptarlos. Solo así puedes mejorar, tanto en el fútbol como en la vida. O eso es lo que pienso.

Pero en fin, la vida sigue. Nos acompaña en la zona de descenso un equipo al que en la vida me gustaría ver allí. ¿Qué le ha pasado al Brighton? Durante dos temporadas luchamos por ascender, el primer año éramos sin duda el mejor equipo de la liga y ahora luchan por no bajar. Me sabe fatal por los aficionados y por mis amigos que siguen allí. Aunque cada vez me cuesta más reconocer a alguno cuando veo las alineaciones. Si conozco a más de cuatro soy afortunado. Miro al Derby County, que lleva con prácticamente los mismos durante años y ahora recogen sus frutos, y pienso que en Brighton debió suceder lo mismo. Hacer un equipo completamente nuevo tiene sus riesgos y lo estoy viviendo en primera persona aquí en Blackpool. Pero por afición, estadio, instalaciones y equipo, porque creo que tiene muy buen equipo, espero de corazón que el Brighton luche por metas más ambiciosas y en no muchos años espero verle en la Premier League.

Hablando de Brighton, el jueves tuve la ocasión de cenar con tres ex-compañeros que, por circunstancias, viven alrededor de Manchester como yo. Ashley Barnes y Stephen Ward, que juegan en el Burnley, y Adam El Abd, que está en el Bury Town. Nos lo pasamos en grande, recordando anécdotas, contando nuestras experiencias y escandalizándonos de que Íñigo Calderón siga con el mismo coche. Pero sobre todo coincidimos en lo bien que estábamos en ese vestuario. Había tipos extraordinarios. Me alegra volver a ver a gente a la que le tengo aprecio y cariño, y comprobar que mantenemos el mismo feeling, jueguen en la Premier, en la Championship o League Two.

Volviendo a Calderón y su coche, no se trata de tener un cochazo por jugar a fútbol, sino uno que supere la ITV sin tener que rezar antes en Lourdes. Leía un artículo de Cristian Álvarez, el portero del Rayo Vallecano que va en metro a Vallecas, lee a Steinbeck o a Marx, huye de la etiqueta de futbolista despreocupado de la realidad y frito neuronalmente. Hay muchos más así de los que la gente cree gracias a Dios. Calde me recuerda a él. No va en metro porque en Brighton no hay, pero si que se pasea en su bici, viste como un estudiante de INEF –carrera que cursó con éxito–, se preocupa por aprender y mejorar a nivel intelectual y es la humildad hecha persona. Además del mejor padrino que podía elegir para Emma. Un amigo de verdad. ¡Pero cámbiate de coche!

Esta semana tenemos amistoso el martes. Siempre es mejor jugar, aunque sean partidos a veces desagradables, que entrenar. Al final, el gen competitivo hace que quieras enfrentarte a algún rival e intentar ganarle. El gusanillo del partido, sea el que sea, es lo que me mantiene conectado al fútbol porque el día que desaparezca se acabará la aventura.

Una vez que pasas los 30 empiezas a pensar en lo que viene después. Ya no te queda tanto. Y yo nunca he dado por hecho que al año siguiente fuera a tener un contrato sobre la mesa. Y aun teniéndolo, alguna vez he pensado en parar antes de tiempo. Así desde los 20. En mis primeros dos años en Swansea pensé en dejarlo, por ejemplo.

Lesiones inoportunas, horas y horas de trabajo en la sombra sin recompensa, a veces quema. A mucha gente le ha pasado, aunque al final las ganas de seguir jugando han podido con todo. Y ahora tengo muchas, muchas ganas de jugar para demostrarme a mi mismo lo que valgo. Así que a intentar mejorar esta semana, entrenar mejor que la pasada, e intentar hacerme un hueco en el equipo. Ya lo dije hace un tiempo, va a ser un desafío intentar convencer a un manager británico de que puedo entrar en sus planes. Y a eso voy.

Han sido unos días extraños. El sábado no pude apenas dormir de la rabia interior que sentía y ayer me quedé helado con lo que pasó en Madrid. Hoy empieza una nueva semana y el sábado jugamos con el Birmingham, que se salvó en el último minuto del último partido de la pasada temporada. Los milagros existen cuando hay trabajo y determinación. Y a eso es a lo que debemos agarrarnos ahora en el Blackpool.

¡Vamosssss!

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