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Me alegra ver que estos días la afición culé recuerda, aunque con cierta nostalgia, la exhibición del Barça ante el Santos en la final del Mundial de Clubes a finales del 2011, donde el conjunto azulgrana se impuso por 4 a 0 ante el entonces equipo de Neymar. Porque en los dos últimos años uno tiene la sensación de que aquella temporada, la 2011/12, no existió. El ser humano, cuando recuerda buenos momentos del pasado, tiende a recordar sólo lo bueno y a olvidar rápidamente lo que no lo fue tanto, en un ejercicio natural de autoprotección mental.

El Barça de Pep Guardiola es sin duda el mejor equipo de la historia culé, sino de la historia del fútbol mundial y pasarán seguramente muchos años hasta que veamos algo igual. Pero eso no es impedimento para recordar que cuando ahora se añora a aquel equipo a la vez que se nombran ciertas –y reales– carencias del actual –como el compromiso de cierta parte de la plantilla, la falta de ambición, la baja forma de algunos jugadores, etc– bueno es recordar que en aquella temporada, la 2011/12, ya se empezaron a ver claros indicios de lo que en las siguientes, la de Tito y ahora Tata, se han acabado de confirmar.

Porque, aquel año, el Barça tiró la Liga en un mes de enero fatídico, donde llegó con sólo tres puntos de desventaja –gracias a la victoria en el Bernabéu a donde llegó ya con seis puntos menos– y salió del mismo con diez tras los inexplicables empates en Cornellà y Villarreal, más la dolorosa derrota en el Reyno de Navarra que enterró todas las opciones de Liga. En aquel campeonato, donde el equipo de Pep acabó con 91 puntos –suficientes para ganar la gran mayoría de campeonatos ligueros de la historia– ya se vislumbraron ciertas carencias actuales. Unas carencias que la incompetencia de Rosell y Zubi han impedido subsanar y que encima se van acentuando tras cada año en el que no se toma ninguna decisión.

Pero eso no es motivo para obviarla. Piqué ya empezó a dar signos de que se había convertido en un profesional por horas, Puyol ya cumplía su segunda temporada de problemas físicos, Cesc –el caballo de Troya– completaba una primera temporada tan espectacular en su inicio como decepcionante en su final –y así van ya tres años–, el equipo empezaba a dar signos de saciedad y de autocomplacencia y la superioridad aplastante sobre los rivales empezaba a desaparecer, como demostraron Real Madrid y Chelsea en sólo cuatro días. Pero sobre todo, por primera vez, parecía que los jugadores empezaban a tener más peso en las decisiones que el entrenador.

Y a pesar de todo eso, aquella Liga no se ganó simplemente porque el Madrid estuvo aquel año supremo, nada más. Con Tito fue suficiente para ganar la Liga y con el Tata va camino de serlo.

Pero cuando recuerden los problemas actuales, recuerden que todo empezó en aquella temporada, la 2011/12. No es un sueño, existió.