La Superliga y ¿el fútbol de la gente?

La Superliga nos tendría que servir para abrir los ojos sobre el fenómeno fútbol, para separar el grano de la paja y dejar unas cuantas cosas claras. La primera considerar que el fútbol es de la gente, de los aficionados de a pie. Seguramente cuando consideramos esta acepción pensamos en el Infrafútbol, eso que tan bien describió Enrique Ballester:

Infrafútbol es el hallazgo de una pasión que te mata lentamente. El hórror vacui en cada córner. La luz pastosa y tenue de los segundos tiempos. Los bocadillos de fritanga. El sabor metálico de las latas de cerveza. Infrafútbol es aprender de qué va la vida ahí fuera: de aprovechar con toda la crueldad posible los errores ajenos, de susurrar lindas amenazas a oídos inocentes. De exhibir los tacos y afilar los codos. De matar para no ser matado. Infrafútbol es la verdad en chándal y zapatos. La palmada en la espalda con y sin puñal a mano. La ley del patio del colegio, el código de la calle, el instinto de supervivencia que reacciona a la gravedad del miedo. Esperanzas al sol y lamentos al caer la tarde. Lo peor y lo mejor de este mundo

Pero ahora estamos hablando de otra cosa. No de campos de césped artificial baratos, cervezas frías en el bar y peñas de aficionados en las gradas, sino de otros lugares no tan comunes, porque este fútbol del que hablamos se juega en las moquetas de los hoteles exclusivos, en reuniones en jets privados y se basa en intereses de millonarios. No nos engañemos: el fútbol es un negocio y cuando antes os deis cuenta, mejor para vuestra salud mental.

La Superliga nace porque los clubes, los propietarios de los trapecistas, están cansados de que los que le alquilan la carpa sean quienes cobren la entrada y luego repartan los beneficios; de que sean otros los que determinan los horarios y los días de las funciones, cuándo toca trabajar y cuándo descansar, en resumen imponer sus reglas. Pero sobre todo nace porque los grandes clubes están en la ruina y muere porque la presión social y de las instituciones  ha sido tal, que es imposible sacar adelante el proyecto.

Problemas económicos

El Barça está asfixiado, el Tottenham y el Juventus están arruinados. El Madrid necesita financiación para su nuevo estadio y quería inaugurarlo con toda la pompa y el emperador Florentino saludando desde el palco, levantando el pulgar, como tantas otras veces, pero las cosas no han salido como esperaba.

Anunciar los detalles del gran acuerdo desde ‘El Chiringuito’ y de madrugada es la demostración del cambio de paradigma. Ya no es fútbol, es ‘entertainment’, divertimento, el twitch como recurso, las videoconsolas como apoyo y los youtubers como nuevos comunicadores de referencia.

¿Qué podía salir mal? Se ha demostrado que el proyecto, que llevaba muchos años gestionándose, no estaba suficientemente maduro y ha tenido un agujero que los grandes popes del fútbol europeo no han tenido en cuenta: el apoyo de los aficionados en Inglaterra.

La desnaturalización del fútbol

Y es que la desnaturalización del fútbol de proximidad desde la llegada del caso Bosman es una cosa, y otra muy diferente es que los aficionados de la ‘Premier’ dejen de apoyar a la mejor liga del mundo. Y así, uno tras otro, han ido cayendo las piezas del dominó, a la espera de que el seis doble, que en este caso es el Madrid, se dé cuenta de que ya le han cerrado el juego y no podrá poner su pieza sobre la mesa.

No la podrá poner en esta partida, pero habrá otras. Porque seguramente este no será el último movimiento. La UEFA, que ha mostrado su peor cara en este gran momento de crisis, tendrá que abrirse a negociar y, tarde o temprano, la Superliga verá la luz. No sé si con este planteamiento o con otro, pero las grandes competiciones no se improvisan, se aseguran con la red de contar siempre con los mejores, como pasa con el modelo deportivo americano.

Y a todos aquellos que durante dos días se han puesto la camiseta de que el fútbol es de la gente, recordarles quién paga las nóminas de sus futbolistas, qué patrocinador llevan en el pecho sus jugadores y, en muchos casos, quién es el propietario del club. Porque queda muy bien dirigirse desde la sala de prensa hablando de lo injusto que es el fútbol sin recompensas cuando tu jefe es un jeque árabe o tuitear sobre tu amor al fútbol y el deseo en mejorar la Champions League, pero estar en contra de «que los ricos roben lo que el pueblo creó, que no es otra cosa que el deporte más bonito del planeta«, cuando juegas en el PSG.

La postura del Barça

¿Y el Barça? La situación es compleja. Josep Maria Bartomeu dirigió las operaciones durante años y Joan Laporta se encontró con el regalo envenenado a las puertas de la final de Copa. Imponiendo la cláusula de que deben ser los socios los que decidan al respecto, gana tiempo, pero ahora se ha quedado solo con el Real Madrid, señalado por su inacción. El tiempo se le echa encima, como en tantas otras cosas.

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