La suerte de no ser Luis Enrique

El Barça de Luis Enrique salió anoche sin timonel y demostró lo difícil que se le va a hacer evitar la deriva en las próximas semanas. A la ausencia de Messi, que nos va a hacer darnos cuenta de la verdadera duración de dos meses, se añade ahora la de Andrés Iniesta, el tipo llamado a canalizar en solitario el juego de creación del equipo tras la marcha de Xavi, la lesión de Rafinha y la baja del crack argentino. Sin velas y a contraviento, el once azulgrana salvó ayer los muebles gracias a la fuerza de unos remeros que, mucho más desacompasados que de costumbre, bogaron sin descanso hasta arribar exhaustos a puerto.

El equipo está en cuadro, es cierto. El entrenador asturiano cuenta con menos futbolistas que el pasado año porque, entre otras cosas, desde la dirección técnica –la de Lucho y la de Roberto– se hizo una fuerte apuesta cuando se decidió vender a Pedro y no contar con unos Adama y Deulofeu que, con o sin carácter, podrían aportar algo de desborde en ataque. En cualquier caso, nada garantizaría que esas aportaciones sumaran, sobre todo porque donde más agua hace el Barça es en el centro del campo, esa parcela donde se ganan y se pierden los partidos y donde hasta ahora ha tenido más presencia Gumbau que Samper.

Sin juego en la medular y sin el trabajo solidario que lució el equipo en los últimos cinco meses del curso pasado, el Barça es más vulnerable. El Bayer Leverkusen, como antes el Celta, descubrió que un rival trabajado y un técnico ambicioso pueden poner en problemas al campeón de Europa. Esa, y no las polémicas absurdas sobre la portería o la pegada arriba, es la asignatura pendiente del equipo.

luis enrique
Luis Enrique, en rueda de prensa.

Sumó el Barça los tres puntos pero empezó a recordar sospechosamente a aquel equipo que, ahora hace un año, ganaba sin convencer, aburriendo a un público habituado en los últimos años a paladear eso que muchos llaman fútbol de quilates. Habrá que tener paciencia y esperar que, como la pasada temporada, el equipo llegue arrollador a final de temporada, con aquella misma chispa y, a poder ser, sin otro anoetazo, porque en Balaídos se llenó el cupo.

Hasta enero, cuando Aleix Vidal y Arda Turan puedan incorporarse al equipo, no queda otra que apretar los dientes, suplicar a los dioses que no haya más lesiones y, sobre todo y antes que nada, mantener a la prensa alejada de los jugadores, no vaya a ser que los periodistas contagien algún tipo de virus mortal a los cracks del equipo. Así que ya saben: puerta cerrada en los entrenamientos, pocas declaraciones en zona mixta, hermetismo en los comunicados médicos y separación en los viajes del equipo. Periodistas fuera excepto, claro está, aquellos a quienes hay que pagar deudas pendientes por los servicios prestados en tiempos revueltos, que de esos también hay.

Tengo la suerte de no ser periodista”, dijo Luis Enrique hace unos días. Desde aquí le agradecemos sus palabras, pronunciadas seguramente desde la solidaridad hacia ese 99% de los profesionales afectados por la precariedad laboral y económica del gremio. ¿No?

Se supone que a partir de ahora, Luis Enrique tendrá las cosas más fáciles, toda vez que el eje del mal está aún más apartado de los deportistas. El búnker es sólido y el entrenador tiene mucho trabajo por delante. Que lo haga en paz y con toda la suerte que merezca. Otros, los encargados de explicar las cosas, no tienen tanta fortuna; solo sirven para juntar cuatro letras, preguntar cosas por incómodas que resulten y tratar de informar sorteando cuantos obstáculos se encuentren. El cómo lo haga cada uno es otra historia, pero estoy convencido de que más de uno y de dos dan las gracias por no ser Luis Enrique.

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