La soledad del tenista

Mucho se está hablando estos días del confinamiento de tenistas en Adelaida o Melbourne poco antes de que arranque el Open de Australia. Muchos días encerrados en una habitación de hotel. Demasiada soledad en pocos metros cuadrados. Muy duro. Pero no mucho más duro que el resto de la vida deportiva de cualquier tenista.

No, no es que den pena. No es que vivan mucho peor que tú o que yo. Pero hay situaciones que casi están obligados a soportar lejos de casa y sin apenas compañía.

Piensa por ejemplo que, cuantas más rondas superan, menos jugadores quedan en el torneo. Con menos compañeros se pueden cruzar. Imagínate esos vestuarios. El primer día del torneo. Con 128 jugadores “vivos” en el cuadro. Y ahora imagínate esos mismos vestuarios en semifinales. O en la final. Cuando es fácil escuchar hasta el goteo de una ducha.

Cuando a un tenista le va mal en la pista le toca resolverlo por sí mismo. No vale comunicarse con su entrenador. Está penalizado, de hecho. Pueden bramar, mirar al cielo o intentar recordar la estrategia planteada (Nadal llegó a apuntársela en una mano). Pero sin hablar con nadie. Las dos excepciones a este desierto comunicativo son la Copa Davis y la Copa Federación, además de los torneos femeninos –desde hace muy poco-, en los que el entrenador sí puede asesorar a su pupilo durante los descansos. Por eso hay expertos que aseguran que el tenis es uno de los deportes más duros psicológicamente. Estar en medio de un partido con uno o dos sets en contra, pero sin ninguna ayuda es todo un órdago a la mentalidad de un ser humano. Porque ninguno de los miles de espectadores que están en la grada puede decirte al oído cómo darle la vuelta al encuentro.

Tras un partido de fútbol, en el que no habéis estado muy acertados, una de esas victorias con más dudas que aciertos, tienes a 10 compañeros para buscar soluciones de cara al próximo partido. Si has ganado un partido de tenis a trancas y barrancas… difícilmente esa noche cenarás con algún compañero para analizarlo.

Muchos aficionados recuerdan las jugarretas de Nadal, Ferrer y compañía tras una partida a la Playstation en algún hotel. O cuando Nadal se alojó en la villa olímpica de Pekín para verse rodeado de deportistas cada día. Serían apenas 15 días en cuatro años, pero no dejó pasar la oportunidad. Benditas excepciones.

Si un jugador quiere, en un mal momento anímico, rodearse de un nutrido equipo, tiene que asumir los gastos. La mayoría de tenistas pagan de su bolsillo cada noche que sus acompañantes se hospedan en la ciudad donde se disputa un torneo. Cuando llueve o cuando el partido previo a saltar a la pista se alarga, toca esperar. Y muchas veces esa espera es sinónimo de soledad. De más soledad.

También puedes recordar esas veces en las que ves a un equipo de fútbol volviendo en un avión tras la cosecha de un título. Ahora piensa en Djokovic. Federer. O Rafa. Volviendo un lunes por la mañana. En un avión. Sin cánticos. Sin cava. Prácticamente solos.

Por eso verlos estos días dándole a la raqueta en medio de la habitación no extraña tanto. Es un escalón desconocido, como tantos que nos ha planteado la pandemia. Pero no es tan diferente a los momentos que viven durante el resto de sus vidas deportivas. Aunque, en el fondo, da igual. No cambiarían la raqueta por nada del mundo. Porque no dejarán este maravilloso deporte. Este maravilloso y solitario deporte.

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