La razón de la crítica

No entiendo bien la razón, pero una opinión -bastante extendida, diría- acerca de la poca brillantez del juego del Barça ha vuelto a levantar pasiones entre los aficionados culés, hasta el punto que la propia directiva ha acabado creando bandos y repartiendo carnés de barcelonista.

La espoleta no ha sido una falta de respeto al entrenador, ni tampoco un comentario sobre su faceta humana, su forma de vestir o el modo en que habla, respira o emite sonidos guturales cuando comparece en público. Eso queda para otros técnicos y para otros opinadores. En los meses que Gerardo Martino lleva en Barcelona, no recuerdo haber leído o escuchado -puedo estar equivocado, es cierto- ningún tipo de crítica sobre esas cosas. El debate ha sido siempre futbolístico, y el propio técnico argentino trata de comparecer ante la prensa hablando de fútbol, encajando «la crisis de cada semana» y siendo didáctico, algo muy de agradecer y que, por otra parte, no sorprende en absoluto viniendo de un hombre de fútbol.

Martino llegó a Barcelona diciendo que venía a consolidar el modelo y el estilo de juego que han convertido al Barcelona en un referente a nivel mundial -por muy mal que le sepa a Klopp– y a añadir, en la medida de lo posible, aquel toque personal que ayudara a mejorar aún más el desempeño del equipo.

Cuatro meses más tarde, el juego de este Barça líder despierta dudas. Es eficaz y tiene pegada, se ha hecho ya con un título, gana los partidos con oficio y los afronta teniendo muy en cuenta al rival, pero no brilla. Y si algo ha caracterizado al equipo azulgrana en los últimos años (salvo contadas y concretas excepciones) ha sido precisamente eso, el brillo.

El debate en can Barça es hoy -o debería serlo- meramente futbolístico, igual que lo ha sido casi siempre en los últimos veinte años. Las únicas ocasiones en las que ha habido ausencia de debate no ha sido por falta de ganas de algunos, como se demostró después, sino porque juego y resultados iban de la mano, tanto con Rijkaard entre 2004 y 2006 como con Guardiola de 2008 a 2011.

Más allá de que sea el Barça un club con un modelo reconocible -y también cuestionable, obviamente-, debemos ser capaces de asumir que el trabajo de un entrenador y de una plantilla está expuesto a la crítica. A poder ser, constructiva, pero crítica al fin y al cabo.

A un sector del barcelonismo le duele aburrirse viendo jugar a su equipo. Tal vez esté mal acostumbrado como afirmó Piqué el pasado viernes, o quizás sufra de añoranza, pero lo que siempre ha definido al aficionado culé ha sido su nivel de exigencia. Su afán de victoria, sí, pero sobre todo la ambición de ver sobre el césped el mejor fútbol posible, el que hizo realidad que cuatro Copas de Europa luzcan hoy en el Museu.

Habrá a quien le baste con ir líder y con sumar puntos en la Liga y la Champions League, pero son muchos -no se si mayoría o no- quienes acuden al Camp Nou o se sientan frente al televisor con la idea de disfrutar de un espectáculo que, a día de hoy, no reciben.

Si expresar ese hecho o hablar de las dudas que plantea el equipo es «querer hacer daño al Barça» como dijo el presidente Rosell hace unos días y criticar el juego es porque el entrenador «no es holandés ni de la casa» te convierte en mal barcelonista, tal vez sea mejor cerrar la persiana, seguir la doctrina imperante y afirmar sin dudarlo un momento que el derbi del día 1 fue un gran partido.

Pero lo que de verdad sería un modo eficaz de acallar las críticas sería que Gerardo Martino fuera capaz de hacer que los jugadores que dirige levanten hoy de sus asientos al público con ritmo, velocidad de balón, movimiento y juego de posición. Pese a la evidente decadencia de las dos últimas temporadas (con Guardiola y Vilanova), ese mismo grupo fue capaz la temporada pasada de golear al rival de esta noche antes de volver a dormirse en los laureles. Si el Tata logra enchufarlos y despertarlos de su actual mediocridad tendrá mucho ganado y podrá, seguramente, liberarse para hacer lo que anunció a su llegada. En sus manos está.

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