La prueba sin nueve

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Por primera vez en mucho tiempo no vi un partido del Barça. Y lo que es peor, no hice nada por verlo. A algún iluminado se le ocurrió poner un curso un sábado y a la misma hora del partido. Pero llegada la hora del curso –y por tanto del partido– mi máxima preocupación era la de no quedarme dormido mientras se sucedían las diapositivas. Leyendo la crónica me queda claro que esa debió ser la máxima preocupación de Martino a medida que avanzaba el partido.

Al Tata había pocas cosas que reprocharle. Heredó una plantilla que él no confeccionó. Una plantilla a gusto de no se sabe bien qué entrenador. Una plantilla por ejemplo, sin un delantero centro. Estoy seguro de que es la primera vez en la vida que el técnico argentino se habrá encontrado sin un delantero centro. No es el caso del club, que a medida que evolucionaba el juego de pase, pase y pase, más lejos del área se situaba ese jugador clave en todos los equipos del mundo. El primer damnificado por esta variante táctica fue Gary Lineker. Un jugador que en su vida había salido de la zona de confort de un delantero centro (los últimos 15 metros del campo) y cuya máxima virtud radicaba en empujar la pelota. Cruyff creyó que quitando al nueve del medio anulabas la tarea principal de los dos centrales del equipo contrario, y pensó también que para un delantero es mucho mejor llegar que estar. Sorprender. Hasta aquí todo correcto.

Mirando las plantillas del Barça desde Lineker hasta el día de hoy, nunca ha faltado a la cita del Gamper un delantero centro de referencia. Salinas, Kodro –perdón–, Romario, Ronaldo, Kluivert, Eto’o, Ibrahimovic, Bojan, Villa… Ya fuera para jugar de nueve o caer a la banda, siempre ha habido un 9 en la plantilla. Aunque se le encomendara otra misión.

El Tata aterrizó en Barcelona sabiendo a lo que jugaba el Barça. Al toca, toca, toca, pasa, pasa, pasa. Llegaba con una tarea principal: no intervenir. O, al menos, hacerlo poco. O sea, a dejar que los jugadores hicieran y deshicieran. Autogestión se llama. Bonita palabra que puso de moda Rijkaard en su declive como entrenador. Curioso.

El Barça de Eto’o, Ronaldinho y Deco; el del nacimiento de Messi y la consagración de Iniesta. El Barça del funcionario Xavi y del pase de Valdés a Villa –cuando marcaba en nuestra portería–. Un Barça que duró muy poco y merecía mucho mayor recorrido. Pero se autogestionó y acabó destruyéndose.

De los cimientos de ese equipo Guardiola construyó su obra maestra cargándose de entrada a la santísima trinidad. No sin que antes Eto’o le ayudara con sus goles a conseguir un triplete histórico que acabó siendo un sextete. Jugando con otro nueve completamente diferente –Ibra– para acabar arrinconándolo echando mano del primer nueve surgido de la cantera en la época en la que solo sacábamos mediocampistas de tamaño de bolsillo. Para no ser menos, el tamaño de Bojan también era de bolsillo. ¿Serán los genes de la Masia?

Con Guardiola al mando, el nueve del equipo empezaba a ser residual. Había llegado Villa, la versión veterana de Bojan. Un nueve de largo recorrido en el campo, habituado a jugar con otro tipo de delantero más estático al lado. Un jugador al que no le importó que los goles los marcara el nuevo invento del Barça: Messi de nueve. Con Messi de referencia goleadora, los números del Barça eran demoledores. Tanto, que alcanzó el cenit en 2010 coronándose como bota de oro europeo.

Tras el vaciado de Pep, el equipo quedó en manos de su segundo, Tito, y después del segundo del segundo, Roura. El Barça seguía evolucionando hacia la messidependencia. El sano egoísmo de Messi le llevó a cerrar las dos siguientes campañas con 50 y 46 goles en liga. Otras dos botas de oro. Una puta barbaridad –con perdón–. Pero Messi se lesionó en los cuartos de final de la Champions League y el equipo se vino abajo. Aun así, dejó dos destellos, uno en forma de exhibición y remontada para derrotar al Milan; el otro con el argentino haciendo de Cid Campeador para, lesionado, derrotar al PSG. Pero en semifinales contra el Bayern –ya sin Messi del todo– el equipo fue barrido en lo que debió servir como ejemplo de como no deben hacerse las cosas. Sin actitud no hay recompensa.

Un batacazo en toda regla que nos sirvió para ver que lo que creíamos una messidependencia era cierto. Pero –y eso es peor–, que sin que el equipo trabaje para que Messi puede gestionarse en el campo, no hay nada que hacer. Está claro que cada día que pasaba los números de Messi eran más grandes y eso no puede hacerle ningún daño a ningún equipo. Lo que realmente eran preocupantes eran los números que el resto del equipo aportaba a la causa. Cada día más y más pírricos. Marcábamos muchos goles, pero cada día el porcentaje de responsabilidad de un solo jugador era mayor. Parecía que la actitud se inclinaba hacia el «Messi resolverá».

El Barça lleva tiempo instalado en la victoria por inercia. Así se ganó la liga pasada y así se transitaba por la actual. Mientras el equipo gana y gana, no hay problema. En tanto esto sea cosa de dos y a uno le interese mucho más la décima, tampoco. Pero esta temporada se ha sumado otro equipo en la lucha por la liga, un equipo que juega con una intensidad que recuerda al mejor Barça de la historia. Un equipo solidario en todas las lineas. Un equipo que corre sin balón y machaca con él. Un equipo que somete al rival. Le exige. Sea cual sea el partido y sea cual sea el adversario. Os recuerda a algo, ¿no?

Esto ya sí es responsabilidad del técnico. Las intenciones de Martino al inicio de la campaña eran las de cualquier entrenador que se precie: jugaran los que se lo merezcan. Durante su presentación explicó que su deseo era «mantener el hambre de los jugadores. Armar un buen equipo, que juegue bien a fútbol, que consiga trofeos, esa es la gran mochila que cualquier entrenador puede tener. Uno de los rasgos que más nos interesa recuperar es la presión, algo que este grupo de jugadores ejercía muy bien. Que el equipo se sienta cómodo atacando y defendiendo lejos del arco». Sería bueno que recuperara esas intenciones por el bien del Barça. Que deje de un lado la autogestión y de verdad se crea el técnico del Barça. Acabamos de cerrar el mercado de invierno y no hemos fichado una pieza clave en el esquema de cualquier entrenador justo en el momento que Alexis es el máximo goleador del equipo. El sábado el partido estuvo en las botas de Pedro, Messi y el propio Alexis. Se dio vida al rival cuando se le pudo machacar. Una cosa igual te deja fuera de una eliminatoria de la Champions, que está a la vuelta de la esquina. Martino deberá afrontarlo como nunca antes lo ha hecho: jugando sin nueve. Para el Tata, jugando sin red.

Jugar sin un hombre gol es un reto enorme para un equipo. Para todo el equipo, no sólo para Messi. La obligación del entrenador es hacer que el equipo vuelva a ejercer lo que tan bien hacía: la presión. La intensidad. El hambre. Estamos muy vivos en todas las competiciones. Es el momento de llenar la mochila. Hagámoslo.

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