La palabra prohibida

No está el Barça en la misma situación, pero los síntomas son parecidos. Entonces era la “autocomplacencia“, un equipo borracho de éxitos –nada que ver con lo que vendría después–, un líder que cada vez era más carismático lejos del estadio, y un técnico,  Frank Rijkaard, y una directiva que con su ‘laissez faire‘ no pusieron remedio.

El Barça no conquistaba títulos desde 1999 y con la llegada de Jan Laporta, en 2003, tardó dos años en volver a ganar. Después fue acumulando títulos –dos ligas, dos Supercopas de España y aquella Liga de Campeones en París– hasta que pensó que ya era suficiente.

Aquel 19 de junio de 2007, casi un centenar de periodistas se dieron cita en la sala de prensa del Camp Nou. Aquel día y allí el presidente exigió profesionalidad al equipo, advirtió de la “inercia de la autocomplacencia” y de que algunos jugadores se habían extralimitado.

Hay jugadores ante los que hay que quitarse el sombrero, otros a los que no tengo nada que recriminar y otros que no han tenido el compromiso que deseábamos. Algunos se han relajado en cuanto a profesionalidad, compromiso e ilusión“, recordó.

Laporta le dio una segunda oportunidad a Rijkaard y se equivocó. Un año después, en mayo de 2008, ya se acumularon dos temporadas sin ganar títulos. El Barça había perdido un año y nada había cambiado desde el aviso del presidente. Fue cuando decidió sustituir al entrenador y cambiar a algunos jugadores para inyectar ilusión, la clave que alimenta el mundo del fútbol.

La situación actual de equipo, también de la directiva, es paradigmática. A pesar de los cambios en el banquillo y en el palco, poco se ha movido en el Barça, que parece detenido en un eterno día de la marmota desde que aquellas semifinales de ‘Champions‘ del año pasado con el Bayern.

Aquel escandaloso global (7-0) no fue la espoleta para reaccionar. Llegó Neymar y el cambio técnico fue obligado por la desgracia de Vilanova. Desde la presidencia se confiaba en que la inercia ganadora volviera, pero no ha sido así.

Han bastado unos cuantos meses y unos pocos partidos no ganados, para que el Barça se haya situado frente al espejo. En esa situación histórica en la que espera que alguien lo rompa o que, como poco, pueda sentarse en el diván.

Después de los avisos en Liga ante Osasuna, Athletic y Levante, llegó el Valencia y desmontó la engañosa placidez. Todo son dudas, Messi está irreconocible, Valdés parece despistado, Alves es un deslenguado en la zona mixta, Mascherano llega siempre tarde, Xavi no está y a Iniesta no sabemos si esperarle. Si hasta Busquets, el tipo que lo equilibra todo, anda perdido.

El equipo que jugaba a la velocidad de la luz se mueve ahora avisando al rival de su próximo movimiento. Sus futbolistas no desbordan, no están finos en la presión ni en el repliegue, es un Barça desconocido.

Además el entrenador se encuentra en una difícil situación. No es tarde para retocar tácticamente, pero el Tata no parece dispuesto. Y a la directiva se le acumulan los problemas. No parece darse cuenta de que el foco está sobre el césped y piensa en reformar el estadio, en continuar la obra de Sandro Rosell que pasará a la historia por su mandato plano.

Se siente legitimado el equipo directivo para otear lo que ocurre desde su castillo y hasta hoy no acaba de admitir el gran problema que supone la baja asistencia al estadio, una cuestión que no tiene que ver con el juego sino con los horarios, como repiten y repiten.

El Barça de Laporta perdió dos años, desde la victoria en París (2006) hasta la destitución de Rijkaard (2008), porque no quiso abrir los ojos. Hoy está el equipo –y el club– en un momento trascendente, en otro momento de la verdad. Ya ha perdido el liderato de la Liga, el City está llamando a la puerta y se adivina una final copera contra el Real Madrid.

La acción de gobierno de Bartomeu es muy compleja y todo apunta a que tiene las manos atadas por su compromiso con la directiva. El lunes, el club anunciará cambios en el seno directivo. Cambios de posición, más que de caras. Pero las decisiones trascendentes, las que atañen al equipo, no se tomarán hasta que no quede más remedio y para entonces es posible que ya se haya perdido un año. ¿Liga, Copa, Champions? ¿Elecciones?

Foto: Getty

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