Ganar en la pista, perder en el reservado

Estás en un reservado. Copa en mano. No hay nada que pagar. Nada que decidir. Tampoco paras de saludar a gente que deberías conocer. De hacerte fotos. De recibir elogios. Pero en algún momento la música atronadora te deja pensar por un momento, cuando han ido a la barra a buscarte la enésima bebida porque, una vez más, te han dicho que no te molestes. Y entonces dudas. Sobre si ese refugio de cartón piedra es lo que deseas para cada noche. Te preguntas si al día siguiente rendirás como te gustaría. No estás seguro si esos chavales que quieren ser como tú y que ya llevan mucho rato durmiendo verían bien que andes a esas horas en ese antro. Copa en mano. Pero el que fue a la barra vuelve con otra persona. Te adulan de nuevo. Y aparcas tus dudas para dejarte llevar. Una noche más.

La noche del deportista

No creo que sea el único que ha presenciado una escena parecida. Tenistas. Futbolistas. Deportistas. Gente aclamada en un terreno de juego pero que compagina esos sudores con noches largas. Veladas respaldadas en todo momento por ese séquito que tan bien describe David Trueba en “Saber perder”:

Los amigos del buen tiempo, los que desaparecen cuando llega la tormenta. Amigos de boliche y cabaret que conseguían hacer menos abismal la hora de cierre”.

Lo hacen. Justificar tu actitud. Mentir sobre la hora a la que llegaste. Aplaudir todo el tiempo que duren los fuegos artificiales. Y marginar aquello del esfuerzo. De lo de quien siembra recoge. De eso tan sencillo como irse a la cama temprano porque al día siguiente toca dar la cara. Y toca tener buena cara.

Por eso me he preguntado muchas veces si Ronaldinho se arrepiente alguna vez. De haber alargado tanto aquellas noches y de haber recortado tanto su currículum. Por eso me he preguntado muchas veces qué hubiera pasado. Cuántos títulos más habría ganado, cuántos goles inolvidables más habría dibujado si su entorno, su familia y sus mejores amigos, en vez de ponerse de perfil con aquel desenfreno fácil y tentador, le hubiera corregido.

La misma situación la han vivido varios tenistas. Y es que debe ser complicado. Remar en contra. Ganar un enorme partido y no irte a celebrarlo, aunque mañana toque entrenamiento bien temprano. Rechazar ese reservado en el que todo está permitido menos preocuparse. En uno de los muchos libros sobre Rafa Nadal se contaba que una vez Toni Nadal no impidió que Rafa saliera una noche. Pero le advirtió que al día siguiente perdería. Y perdió.

Y el problema es que uno reconoce el flaco favor que hizo ese séquito que tan bien describe Trueba cuando ya es tarde. Pero llega. Porque el tiempo ayuda a ver las cosas en perspectiva. Es entonces cuando se ajustan cuentas. Cuando las verdades afloran. Y duele pensar que tal vez no. Con los focos apagados, sin portadas en la que aparezcan tus gestas y sin invitaciones en el móvil para salir esa noche, esas cuentas no salen.

 

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