– Despierta, ya es la hora – me dice, como si no lo supiese ya. No he podido dormir desde hace una semana ni, desde luego, he pegado ojo en este burdo intento de siesta. Me levanto pesadamente, el único signo de cansancio que pienso mostrar en este día que espero que no tenga fin.

– ¿Lo tienes todo? – pregunto a mi padre y asiente. En su cara también se pueden ver los estragos de la falta de sueño, más marcados en un hombre de su edad. Me preocupa. Este año ha cumplido setenta años y su corazón no sé si estará preparado para soportar lo que pueda suceder esta tarde, pero no ha habido manera de convencerlo para que se quedara en casa. Normal, no puedo culparlo por ello.

Nos despedimos de mi madre con un murmuro, tratando de no decir nada. No creo en supersticiones, pero callando me aseguro no arrepentirme en un futuro. Al fin y al cabo es una tontería, ¿cómo puede alguien que no guarda ninguna relación con los futbolistas determinar el resultado de un partido? Aunque vayamos al campo, nuestra voz será una más entre 98.000. Igualmente… Miro a mi padre y hace un breve gesto con la cabeza, como si lo entendiera todo, como si estuviese leyendo mi mente. Y sé que él está pensando lo mismo.

No hablamos durante el camino. Nos cruzamos con todo tipo de gente por la calle: algunos dicen que lo lograremos, otros que no, los demás se ríen de nosotros por tomarnos esto tan en serio. Pobres de ellos, impermeables a la pasión del deporte más grande que existe. Incluso en estos momentos, no me cambiaría por ninguno de ellos. La vida se compone de tardes como estas, de noches de gloria, de recuerdos de tal fuerza que sobreviven hasta el mismo fin.

Allí está el estadio. ‘El Templo’, como lo llama mi padre. Antes de entrar, no sé por qué, me abrazo a él. Él tampoco dice nada y nos fundimos en uno, aislados de todo el ruido, de toda la emoción contenida e incontenible de la escena. Nadie sabe qué pasará en los próximos minutos, pero notar el aliento de mi padre en mi hombro, notar que nos podemos comunicar de esa manera después de tantos años… Me tranquiliza de alguna manera, no sabría cómo describirlo. Entramos los dos, cabeza alta.

Que sea lo que Dios quiera.

El campo ya está prácticamente lleno, aunque falta más de media hora para el inicio del partido. Los cánticos se suceden, uno detrás del otro. Temo quedarme afónico antes y todo del comienzo, pero es inevitable: es una comunión increíble. El hombre que se sienta a mi lado, siempre huraño, sonríe y se abraza a mí.

– Guanyarem! Ho aconseguirem!

Sólo puedo responder con una sonrisa y un “ojalá” entrecortado por la emoción. Salen los jugadores y el estadio se viene abajo. Creo que nunca he escuchado una ovación tan grande en este campo sagrado en el cual se han vivido tantos grandes momentos. Estoy lejos del pasto, pero suficientemente cerca como para ver las caras tensas de los jugadores, las piernas tiesas como robles. La presión no es ajena a ellos y sólo espero que se les pase en los primeros minutos, que reciban nuestro calor. Si hay que jugar este partido, que sea en casa.

Mis sensaciones se confirman demasiado pronto: recibimos un gol en el minuto tres. Un silencio sepulcral inunda el lugar. Hasta los aficionados visitantes permanecen callados, sabiendo lo que eso significa. Estamos todos atónitos, nadie se puede creer lo que está pasando. Miro al cielo y me pregunto por qué, si hay alguien ahí arriba, es tan cruel con nosotros.

Un grito mata para siempre el silencio.

– ¡¡¡BARÇAAAAA!!!

Y veo a mi padre al lado, desgañitado. Debe ser la primera vez que alza la voz en años. Y menuda una ha elegido. Ese alarido recorre de punta a punta el Camp Nou como si se rigiese por leyes físicas aún por descubrir. Veo anonadado como todos mis vecinos, mis hermanos, se levantan y vociferan al unísono.

– ¡¡¡BARÇA!!!

Me equivoqué antes al pensar que no se podría llegar a hacer más ruido que cuando salieron los jugadores. Quedan aún más de ochenta minutos, más de una hora para ganar este partido y los que vengan por delante. Me olvido de todo, mi mente se apaga convenientemente y me convierto en un ser unidimensional: sólo vivo para gritar, para repetir las canciones que emanan desde todos los puntos del estadio. En ese instante, la teoría de la evolución estuvo más confirmada que nunca.

Y marcamos. Claro. Los jugadores se vieron empujados por nuestros jaleos y el rival, que tampoco se jugaba más que una suculenta prima, se cohibió e intentó defender su renta, sin entender aún que no había renta posible que pudiesen aguantar. El árbitro pita el final de la primera parte y ya ganamos 2-1. Sorprendentemente, nadie se mueve del asiento, nadie va a comprar refrescos o comida. La gente sigue de pie, exponiendo sus banderas al viento, agitando sus bufandas a treinta grados. El entrenador decide que los jugadores también se queden en el campo y yo me pregunto cómo será capaz de hacerse oír. ¿Tendrá algo que decir? Seguramente la mejor charla técnica posible la están dando los miles que ya están afónicos con todo por decidir.

Rebosantes de energía y motivación, establecemos el 3-1 en el minuto 47. Ahora, la vista se centra en el videomarcador, las radios hacen acto de presencia. El Madrid sigue empatando. No nos sirve. No me quedan más uñas que morder y apostaría mi vida a que todo el estadio está igual. Los decibelios se reducen. Los murmullos nerviosos y los ocasionales “¡ay!” sustituyen al infierno sonoro. Los minutos pasan, todo continua igual y entonces recuerdo aquellos partidos que perdimos o empatamos en el último suspiro. ¡Con esos puntos…!

Escuchamos unos gritos de alegría de repente. Miro al marcador, pero no veo nada nuevo. Desconcertado, miro al campo. Nos acaban de meter un gol y los que lo celebran son los de la hinchada visitante. 3-2, minuto 79. Comienzan unos minutos de agobio, nos atacan y nuestros jugadores están muertos por el esfuerzo. Me giro para ver a mi padre, confiando en que pueda volver a repetir lo de la primera parte y me encuentro a un hombre mayor, sentado, con los ojos cerrados y las manos colocadas en la cara, rezando. No quiere ver nada más, sólo quiere que esto acabe, sea lo que sea. Le paso la mano por el hombro, pero no hay reacción alguna en él, concentrado.

Mis ojos se van de nuevo al campo al escuchar un gran ‘¡oh!’ y me da tiempo a ver a nuestro portero salvar por dos veces un gol que parecía hecho. En el campo empieza a cundir la sensación de que, independientemente de lo que haga el Madrid, no seremos capaces de ganar nuestro partido. Mientras pienso esto, nuestro guardameta vuelve a sacar una mano milagrosa, atrapa el balón y envía un pelotazo hacia arriba. Allí la coge nuestro mejor jugador, fundido. Sin embargo, no sé de dónde saca las fuerzas y se va de uno, de otro y del siguiente. Nadie sabe cómo lo ha hecho, pero ante él únicamente tiene el portero, que sale a su encuentro. Lo regatea y, casi cayendo, consigue empujar la pelota en dirección a la portería. Todos estamos expectantes, empujando ese balón con nuestro aliento, ese gol que nos daría la tranquilidad… Un defensa saca el balón sobre la línea y nuestro delantero cae al suelo exhausto. Lo aplaudimos a rabiar y vuelven los gritos de ánimo.

Quedan tres minutos.

Bajo nuestro aliento, los jugadores consiguen aguantar las acometidas del adversario. Son once contra once, pero en ese momento parecemos estar en minoría absoluta, como si nos triplicaran en el césped. Un balón al palo nos hiela el corazón cuando sólo quedan sesenta segundos. Me apoyo en mi huraño vecino para vivir los últimos instantes, mientras mi padre sigue con su ritual, sin levantar la cabeza. Hay tiempo para que el cancerbero se erija, de nuevo, como héroe absoluto tras una palomita de póster. El colegiado da córner y el oxígeno se agota en ese área de Barcelona. Un defensa rival se eleva por los aires como si estuviese cogido por hilos invisibles y remata a placer el envío desde la esquina. El tiempo se detiene y decenas de miles de personas siguen con la vista el esférico. Nuestro portero se queda clavado e imita a los aficionados en las gradas.

Fuera.

Volvemos a respirar y el árbitro pita el final. 3-2. Se produce una explosión de júbilo, un grito al cielo de alegría, seguida de un silencio absoluto. El otro partido aún no ha acabado. Noto que alguien me coge por el hombro. Mi vecino, agarrado a su vez a la chica de la butaca de al lado. Levanto a mi padre y lo insto a hacer lo mismo. Mire donde mire, veo la misma imagen que observaría cualquiera que mirase a nuestra zona. Ya no depende más de nosotros.

En algún lugar detrás mío oigo a alguien que dice “gol” como si fuese un murmuro. “Gol”, vuelve a repetir, con un hilo de voz. Escucho otro “gol” con incredulidad de un abuelo que se sienta unas filas por delante nuestro. La palabra comienza a correr como la mismísima pólvora, repetida tanto por los que llevan transistores como por los que esperamos, nerviosos, el desenlace final.

Gol del Madrid.

¡Gol del Madrid!

El clamor que se produce alrededor me deja sordo, aunque no podría importarme menos. Yo mismo estoy gritando como un loco, saltando como si alguien hubiese cambiado mis zapatos por muelles. Mi padre cae a su asiento, lágrimas corriendo por su rostro y una sonrisa de oreja a oreja. Guiado por una fuerza desconocida, empiezo a bajar escaleras, manteniendo milagrosamente el equilibrio entre tanta gente. Estoy ya en la hierba, junto a decenas de hinchas exaltados que aún no se creen lo que acaba de pasar. Me abrazo con tanta gente que pierdo el sentido de la orientación. Acabo en la otra punta del campo y me encuentro con nuestro portero, de rodillas en el suelo, llorando. Intento decirle algo, pero es imposible. La emoción me impedirá hablar por horas.

Nos quedamos un año más en Primera.