La mano negra

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Una huida hacia delante, hacia quién sabe dónde. El horizonte como referencia, el barranco como único destino. El ilegítimo presidente parece un gran aficionado al cine de Hollywood o no haber entendido bien el significado de la canción Highway to Hell. Al fin y al cabo, qué más da. Su imagen no se ve afectada, en todo caso la del club al que, por desgracia, representa. Esas palabras aún reverberan en el subconsciente de algunos aficionados culés, los que todavía no eran conscientes de la calaña que rige las riendas del club.

Arruinado el presente del mejor equipo de la historia, hipotecado gravemente su futuro y bombardeado en la línea de flotación, puesto en duda nacional e internacionalmente un modelo de éxito, un modelo que funcionaba de maravilla hasta que llegaron los antagonistas del Rey Midas, no se vislumbran dimisiones en un futuro cercano. ¿Que el presidente dimitió con el club imputado? Minucias, virutas comparado con lo verdaderamente importante en estos momentos. ¿El devenir deportivo del club? Para nada. Si eso fuese lo importante, a día de hoy habría centrales en abril, un portero y alguno del Bayern titular en el centro del campo. La dirección deportiva es lo de menos y prácticamente podemos dar gracias por ello, ya que el encargado de fichar es un portero que cree que el mejor portero del mundo no vale para el Barcelona. Lo realmente importante no es más que el estadio.

En este momento, nos imaginamos cómo sería una conversación con el presidente.

Bartomeu se sienta a nuestro lado para explicarnos el por qué del nuevo estadio. “250 millones era una barbaridad” empieza, “y el estadio una horterada” nos admite off the record. “600 es una ganga, porque el Barça sólo pondrá 200“. Los otros 400 vendrán de otros lugares, mitad y mitad, como un ejercicio de matemáticas de primaria, y nos lo creemos porque no tenemos motivos para desconfiar de ellos. “¿Cuando te he mentido yo?“, nos pregunta Bartomeu con una gran sonrisa en la cara, esa cara con la que no sabes si te va a hablar de las bondades del Señor (catarí, por supuesto) o si te va a confesar que tiene un gato cósmico escondido en un armario de su habitación. “La culpa no es nuestra“, nos dice, “hay una mano negra. ¿Los que nos hicieron dar la espalda a Unicef?No, esos son los buenos. ¿No ves que allí toda la gente es feliz?”. Asentimos con la cabeza. “Ens volen fer mal” murmura cambiando de idioma, puesto que aquellos causantes de que el Barça cometa irregularidades son tremendamente malvados, pero no políglotas.

Bartomeu se despide, con su eterna sonrisa. Nosotros, sin embargo, no encontramos motivos ni fuerza ni para disimular una. Nos preguntamos, sumidos en un mar de nervios, cómo se las ha ingeniado esa mano negra para reintroducir a los Boixos en el día a día culé, cómo ha podido redactar contratos que están en la Audiencia Nacional, cómo pudo imitar al ahora presidente al prometer en radio que Abidal renovaría si se recuperaba. ¿Cómo podemos estar tranquilos si esa mano negra puede hacerse pasar por el hombre que dirige el club? También nos inquieta el poder que tiene esa mano negra en Brasil, lugar al que nuestro anterior mandatorio no podía ir (por razones ajenas a él, por supuesto) e incluso en la FIFA, donde ha conseguido que el Barça sea sancionado por incumplir un artículo sobre el que estaba avisado. Seguramente la mano negra traspapeló también esa notificación del organismo mundial.

Ante todo esto, un pensamiento aparece por nuestra mente y empezamos a temblar. ¿Estará la mano negra infiltrada en la Junta? ¿Y por qué demonios sonríe Bartomeu?

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