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Ante la creciente copadelreyzación de la Liga, es en la Champions League donde el aficionado culé saca la vara de medir, el termómetro del estado de forma real del equipo más allá de las abultadas goleadas de los fines de semana. La de ayer era, por tanto, la primera ocasión –dejando a un lado el envite contra el Madrid en la competición doméstica– en la que el entrenador, Gerardo Martino, debía demostrar su influencia en el devenir del equipo. No vale con lograr treinta victorias en los cuarenta partidos anteriores, ya que es algo que, tan tremendo como pueda parecer, se viene logrando desde que Guardiola tomó las riendas del club en 2008. La temporada comienza para el Barça a mediados de febrero, con los octavos de final de la competición cuya música eriza el vello a todos los aficionados a este deporte.

Se puede argumentar con algo de razón en ello que el resultado de la pasada noche es generoso con el Barça. El momento cumbre del encuentro –y de la eliminatoria– se produce en una acción como mínimo controvertida y que otorga al Barcelona ventaja numérica tanto en el marcador como en el campo. Sin embargo, ese gol es fruto de 50 minutos de competición de alto nivel del conjunto azulgrana, comenzando con un cuarto de hora brillante que no pudo traducirse en ocasiones, continuando con una feroz e intensa defensa cuando el City se desperezó y volviendo a recluir al equipo de Pellegrini en su campo hasta el descanso. Sí, el City puso a prueba a Valdés, pero fue más una tímida tormenta que una imparable avalancha del cuadro más goleador de toda Europa.

Al Tata Martino se le puede reprochar la falta de rumbo que exhiben sus jugadores en cada partido, incluso es achacable al técnico rosarino una mala lectura del encuentro cuando éste se pone cuesta arriba. No obstante, al César lo que es del César: este Barça compite de maravilla en los partidos de altos vuelos. El paulatino y cada vez más visible declive de Xavi impide lograr las velocidades de crucero de antaño, pero ello no es óbice para ver a un equipo aguerrido, intenso y sorprendentemente proclive a cometer faltas en todas las áreas del terreno de juego. Un conjunto que parece haber asumido que ya no puede someter con su fulgurante juego a los rivales durante 90 minutos y que intenta exprimir los treinta o cuarenta minutos de virtuosismo de los que dispone para luego correr detrás de cada balón con el mono de trabajo, dejando el traje de gala en el vestuario. Martino es el artífice de que este grupo de tremendos especialistas con la pelota en los pies se sientan cómodos en ausencia de ella y que el Barça, por necesidad imperiosa, empiece a dominar aquellas facetas del juego que hace unos años despreciaba. Ganar la competición sigue siendo una posibilidad remota –siempre lo fue, incluso en los mejores años–, pero hoy hay más motivos para la esperanza: al equipo culé ya no le molesta bajar al barro.