La maldición de la Champions

Desde que se cambió su denominación de origen, en lo que antiguamente se conocía como Copa de Europa y ahora se llama Champions League no ha habido campeón que defienda el título y resista el envite. Hagamos un análisis de lo que puede ser la causa fundamental por la que se da esta circunstancia, que se repite una y otra vez en un periodo que dura ya 23 años: la preparación física.

En primer lugar, el éxodo masivo de las figuras de los equipos vencedores, que son llamados a filas por sus respectivas selecciones para los eventos internacionales. Encuentros de preparación, liguillas de clasificación y finalmente competición de máximo nivel cada dos años, impiden a menudo acumular a principio de temporada las sesiones de entrenamiento que serían de desear por más de un entrenador.

Anteriormente, ese hecho afectaba a una elitista minoría de la plantilla, pero a medida que los jugadores de origen africano han ido cobrando relevancia en los clubes europeos, la Copa de África ha supuesto un quebradero de cabeza más en la confección del ya de por sí rocambolesco calendario futbolístico. El hecho de que se dispute en enero será un condicionante a añadir en el reparto de minutos entre las diversas plantillas.

La discontinuidad que supone el cambio de una disciplina de club a una de seleccionado también juega en contra. Resulta hasta cierto punto lógico que los jugadores se tomen las convocatorias de sus respectivas selecciones no ya como un premio, sino como un relax, un cambio de hábitos que se intenta paliar preventivamente, pero no siempre se consigue. El resultado de ello son los consabidos “parones de las selecciones”, a los que hay que temer, pues no resulta inhabitual que más de un jugador vuelva lesionado en vísperas de algún partido importante.

champions league
Ni Bayern, ni Madrid, Ni Barça… Nadie hasta ahora ha podido revalidar su título de Champions League.

A la vista de ello, las distintas federaciones quizá podrían plantearse –si no lo están haciendo ya– ayudar a sus clubes representantes, “programando” de algún modo el calendario local, de forma que se eviten los choques de máxima rivalidad en fechas próximas a esos eventos. Sin embargo, eso repercutiría en la creación de un gueto con los equipos de segunda fila, que ya de por sí están muy alterados con el reparto de derechos televisivos.

El clima es otro factor que incide. Aunque se ha ido acercando en fechas, el inicio de temporada en las distintas ligas europeas es dispar y el recorrido, más dispar aún. Por ejemplo, mientras el frío intenso obliga a realizar un parón invernal en Alemania que los equipos aprovechan para recargar pilas, en Inglaterra se disputan más partidos para favorecer la afición al fútbol.

A la vista de todos esos condicionantes, la inclusión del Mundial de Clubes –denominación de lo que antes fue Copa Toyota, Mundialito, Intercontinental, etc– supone una verdadera china en el zapato para la adecuada planificación del resto de la temporada. No solo conlleva el aplazar un partido de liga que luego puede resultar incómodo, sino que la cada vez más acentuada repercusión mundial –donde todo se mide en camisetas vendidas en los mercados asiáticos– obliga a realizar un esfuerzo extra en el diseño de la preparación física. Y todo para conquistar un título que hasta el momento no tiene una relevancia mayor si se gana, pero que resultaría un fracaso estrepitoso si se pierde.

Ante lo accidentado que resulta poner en rodaje un planning de entrenamiento adecuado, y en vista de las trampas que surgen de los sorteos y calendarios, está claro que llegar a final de curso en óptima preparación física resulta un auténtico milagro. Y quizá ahí es donde se empiece a gestar la maldición de la Champions.

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