La extraña desaparición del Villarato

Hubo una vez un equipo de fútbol que ganaba. Y ganaba bastante, además. Ganaba con frecuencia a quien se le pusiera por delante gracias al fútbol que practicaba y, por qué no decirlo, a que los rivales a priori más duros estaban despistados en no se sabe qué.

El despiste dejo paso a la impotencia y ésta despertó a los medios de su ciudad, que veían una y otra vez como el rival les pasaba la mano por la cara y eso les hacía vender menos periódicos. Cansados ya de aprovechar las victorias de Fernando Alonso o Rafa Nadal para ocultar las vergüenzas de unos y los triunfos de otros, pergeñaron algunos términos presuntamente ingeniosos (como “canguelo” o “cagómetro”) que casi siempre acababan por explotarles en la cara. Sin embargo, uno de esos términos hizo fortuna: el Villarato.

El Villarato, hijo predilecto del relañismo, basó su razón de ser en la conspiración. Los estamentos del fútbol español se confabulaban para que el equipo que ganaba siguiera haciéndolo, echando mano para ello de los árbitros, los comités y el sursum corda. Aquel equipo –entrenado primero por un holandés de tez morena y luego por un catalán que meaba colonia– ganaba no porque jugara mejor al fútbol que nadie, sino porque jugaba con red. Si el árbitro se equivocaba y señalaba un penalti de forma errónea, Villarato que te crió. Confabulación, conspiración, masas enaltecidas y borregos que se tragaban como propia la teoría, en especial desde que un entrenador portugués las alentó.

Hay que reconocer que la táctica es brillante: oculto las carencias del equipo que normalmente me hace vender diarios y remonto las cifras con lectores indignados culpando a Dios y a su madre de sus fracasos. ¡Inyustishia! ¡Gobar, solo gobar!

Pero ocurrió, ¡ay!, que el equipo que ganaba dejó de hacerlo y el que perdía recogió el testigo. Ya no era necesario el Villarato. Ya no hacía falta aludir a conspiraciones para justificar las victorias del enemigo porque, simplemente, ya no existían esas victorias. Y así, en silencio, con nocturnidad y alevosía, el Villarato, aquella lacra que azotaba una y otra vez al fútbol español, desapareció.

El Villarato se ha ido y nadie sabe cómo ha sido. Está Villar, pero ya no hay Villarato. Permanecen los comités, pero ya no hay Villarato. Los árbitros se siguen equivocando, pero ya no hay Villarato. Ahora, los penaltis señalados de forma injusta al equipo que vence no son un robo, una ayuda institucional o, simplemente, parte del Villarato, sino que son equivocaciones del árbitro o feos gestos del delantero al engañarle. Fútbol más limpio, sin duda.

Lo dicho: el Villarato se ha ido y nadie sabe cómo ha sido. ¿Para siempre? No sé yo…

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