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Lo argentino mola. Ese acento porteño, esas ansias de superioridad, esa verbalización… ¡y qué decir de la adjetivación! ¡Bárbaro!… ¡Valdano! ¡Bielsa! ¿Y? Pues eso: Valdano, Bielsa… ¡Y la Bombonera! ¡Y Boca! ¡Y Maradona! Me olvidaba de Maradona, que es Dios.

Cualquier excusa es buena para que las radios catalanas gasten en llamadas internacionales y conecten con la desembocadura del río de la Plata y les ilustren un poco. Porque ellos ilustran, te enseñan, te dogmatizan y tú allí oyendo a los sabios y tomando notas. Al reduccionismo del tópico son imbatibles. Como cuando se inventaron que el Newell’s del Tata Martino era el Barcelona de Sudamérica. Como dicen en Brasil, “me engana que eu gosto“.

Desde el trópico, todo se ve diferente. La proximidad termina con el hechizo. Las encerronas, la violencia gratuita, el juego subterráneo para las cámaras Super Slow es el pan de cada día en la Libertadores y en la Copa Sudamericana. Y, claro, llega un punto que cansa, agota y asquea.

Ahora, la Argentina balompédica amenaza con protagonizar su primer Maracanazo. Al menos es lo que dicen todos los taxistas de Buenos Aires a los brasileños que van a dejarles unos dólares aprovechando que el peso está por los suelos. Bonita forma de tratar a un cliente.

El Mundial son palabras mayores, y aún más si es en Brasil. Por eso, lógicamente, han llamado a filas a su máxima estrella. Messi, desesperado por las lesiones, ha mordido el anzuelo y se ha dejado querer.

A Leo lo veíamos como el mayor de los Templarios que salvaguardaba el cálice de las esencias del barcelonismo. El más puro y falso ‘9’ de la historia del fútbol. La piedra filosofal del sistema.

La realidad es lamentablemente otra. Desde que el de Santpedor se vació y cogió las de Villadiego, el ’10’ ha protagonizado una involución, que alguno de los fantásticos psicólogos que hay en su país nos podría explicar, renunciando a todo aquello que oliese a guardiolismo.

La egolatría del gol empezó a dinamitar el sistema por dentro, que se plasmó, tras la enfermedad de Tito, en la indicación del Tata Martino, el hombre que había hecho renacer de las cenizas a ‘los leprosos’, que es el equipo familiar.

Ahora ha aparecido un kinesiólogo (¡qué bonitas palabras usan!), y la AFA (¡qué democrática es!) y su recuperación con la camiseta de entreno de la albiceleste y sus respectivos patrocinadores. Su argentinización (de la cual tiene todo el derecho) es excluyente y está dejando al barcelonismo más pálido que el payaso que no usaba Micolor. Aquí estamos en manos de los del mate, el verbo fácil, a ver si nos lo prestan unos meses para poder ganar la Liga (lo de la Champions lo dejamos en manos de la Moreneta). Es un camino sin vuelta. Alguien tendría que recordarle que su plenitud futbolística tuvo lugar cuando más barcelonista (y menos argentino) era.

Y en esas ha aparecido Neymar. El de la cresta y los tatuajes que los tertulianos que no han visto en su puñetera vida un partido de la Libertadores ni del Brasileirao anunciaban que dinamitaría el “ecosistema”. Los profetas del Apocalipsis no sabían que el brasileño, con el beneplácito de Scolari, Parreira y la CBF, venía precisamente a barcelonizarse, para ver si se le pegaba algo de Xavi e Iniesta.

Las posibilidades de la Seleçao en el Mundial pasan, en buena medida, por este máster de un año y por la capacidad de aprendizaje que tenga su estrella. Lo que en su país nadie esperaba es que la fatalidad de Tito supondría que cayese en un equipo que renuncia de su pasado y que, ideológicamente, se acerca al de Radomir Antic en 2003.

Curiosa la situación que vivimos y los caminos dispares que han cogido las dos superpotencias sudamericanas de cara al Mundial con el Barça como punto de intersección.

¿Y ahora qué hacemos? Yo lo tengo muy claro, ir con Brasil en el próximo Mundial. Lo digo por mi hija para que no le coja un disgusto a la pobre…

Joaquim Piera es periodista y corresponsal en Brasil de Sport.

Foto: EFE