La defensa del Barça

La victoria de anoche en el Bernabéu –labrada a base de un Messi demoledor, de un estilista llamado Iniesta y de un gen competitivo relativamente reciente que el Barça se resiste a perder– no debería ocultar las carencias que tiene el equipo desde hace ya algunas temporadas. La euforia desatada anoche entre los aficionados al ver a los suyos asirse a la liga de un modo tan contundente es tan lógica como esperable, pero sería bueno no olvidar que esa ocasión aprovechada ayer, ese cara o cruz que se afrontó en Madrid, venía provocado por un conglomerado de errores y desconexiones imperdonables en algunos de esos campos en los que, como reza el tópico, se ganan y se pierden las ligas.

Solía decir Guardiola –como antes dijo Rijkaard– que el primer defensa del equipo era el delantero. La leyenda del Barça de los 14 títulos se forjó a partir de la posesión del balón, de una geometría de movimientos perfectamente estudiada y de un ritmo de ambos –pelota y jugadores– endemoniado. Sin embargo, para poner en práctica todo eso era necesario hacerse con esa cosa esférica con la que se juega al fútbol. Atacar mediante rápidos rondos, hacer que el rival llegue tarde y acabe persiguiendo sombras, vencer por agotamiento y sembrar la impotencia en el adversario era imposible sin que los delanteros buscaran el balón perdido con los dientes afilados y la mirada encendida. Cuando lo recuperaban, generalmente cerca del área contraria, el equipo lograba un efecto doble: generar peligro y evitar sufrirlo.

Mourinho vio en su día que el único método para atacar ese estilo de juego era pertrecharse atrás y armar un equipo capaz de dominar la suerte del contraataque con la máxima verticalidad y rapidez posibles. Pero cuando el Barça pierde esa capacidad para presionar, cuando el equipo se hace largo y se estira, la vulnerabilidad crece y, en consecuencia, el rival necesita menos rapidez, menos verticalidad y también menos talento para crear peligro ante Valdés.

Un Barça estirado ofrece otras alternativas en ataque que la velocidad de Neymar o la omnipresencia (y la omnipotencia, por qué no decirlo) de Messi pueden aprovechar, pero también desarma todo el entramado defensivo del equipo y deja al aire sus carencias.

Y ahí, más allá de hambres y otras consideraciones anímicas, es donde radica el principal problema de un equipo que lleva ya tres temporadas sin reforzar la defensa. Cuando la presión alta desaparece y el Barça pasa de jugar en 40 metros de campo a hacerlo en 70, los zagueros sufren. Y lo hacen no sólo porque el rival llega más, sino porque su solidez ha ido desvaneciéndose con el tiempo sin que desde la dirección deportiva se haya puesto remedio.

Pese a su aportación en ataque y a todo el campo que cubre, Alves olvida con frecuencia que es el lateral derecho del equipo y tiene graves problemas para saber dónde tiene que situarse al replegarse, algo que queda todavía más en evidencia con la escasa producción defensiva del interior de su banda, un Xavi tan cómodo con el balón en los pies como espectador cuando no lo tiene. Sólo el trabajo de Pedro y Alexis ayudan a paliar en parte el problema, algo que no ocurre cuando quien juega en punta es Neymar.

Pero es en el eje de la defensa donde más sufre un Barça que tiene en Piqué un elemento clave sobre el que volver a edificar la línea. Ya no está Abidal, Puyol se va y apenas ha participado en un año y medio, Bartra pasa más tiempo en el banco o en la grada que sobre el césped y Mascherano, que llegó como sustituto de Touré y acabó siéndolo del capitán, parece haber perdido aquel toque que le hacía llegar siempre una décima de segundo antes que el rival. Song, quien según Tito Vilanova “vino para jugar de pivote y de central”, ha demostrado no tener los fundamentos ni la rapidez necesarios para acoplarse a esa posición, hasta el punto que Gerardo Martino no sólo no le ha colocado de central, sino que en más de una ocasión le ha situado como interior por delante de Busquets.

La carencia de defensas centrales viene de lejos. Guardiola echó mano de Touré, probó con Fontàs y erró también al intentar convertir a Chigrinsky (vendido a su pesar tras el primer año “para poder pagar las nóminas“) y Martín Cáceres en pilares de una línea en la que sólo Piqué ofrece garantías. Aun así, desde que Andoni Zubizarreta sustituyó a Txiki Begiristain como director deportivo del club, el exportero vitoriano ha sido incapaz de encontrar la savia nueva que necesita el eje de la defensa azulgrana.

El Barça ganó en Madrid al Real y también a sus propios errores. Bastó para engancharse a la liga, e incluso es probable que sea suficiente para seguir adelante en la Liga de Campeones. Pero este año es necesario tomar las decisiones adecuadas para renovar el equipo y recuperar la doble defensa: la de los delanteros y la de los guardaespaldas del heredero de Valdés. El problema es que eso exige un trabajo que ya debería estar hecho y un dinero que no se sabe si el club, más ocupado en el proyecto del nuevo Camp Nou que preocupado por mejorar la plantilla, estará dispuesto a invertir.

En dos meses saldremos de dudas.

Foto: EFE

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