La decisión valiente

A mediados de julio del año pasado terminó el litigio que más cerca ha estado en tiempos recientes de acabar con la NFL. Con un acuerdo que se quedaba a las orillas de los novecientos millones de dólares, la Liga trataba de indemnizar aquello para lo que poca enmienda hay y, sobre todo, cubrirse las espaldas para un futuro. 870 millones de dólares fue el precio que aceptaron los denunciantes, ex-jugadores que en su momento llevaron a juicio a los dirigentes del fútbol americano debido a las graves consecuencias para su salud que habían tenido sus años en el gridiron, años en los que las normas eran más laxas, la seguridad del deporte despertaba una media sonrisa a aquellos a los que se les preguntaba y las investigaciones en el terreno neurológico apenas daban sus primeros pasos.

Hoy en día aún quedan tantas cosas por conocer del cerebro que lo más probable es que, treinta o cuarenta años más adelante, se refieran a estos días como aquellos en los que las investigaciones en el campo daban sus primeros pasos. Incluso entonces el recién nacido quizá ni habrá echado a andar. Sin embargo, sí que hay más datos que unas décadas atrás. A saber: estudios que prevén que cerca del 30% de los ex-jugadores acabarán con demencia o Alzheimer, el alto porcentaje de patologías cerebrales descubierto en los cerebros de jugadores fallecidos, la asociación cada vez más clara con la encefalopatía traumática crónica y el fantasma de la esclerosis lateral amiotrófica (ALS) siempre presente.

La NFL ha hecho evidentes esfuerzos —les va el negocio en ello— por reducir los devastadores efectos del deporte a largo plazo. Las reglas van evolucionando paulatinamente en pos de proteger a los atacantes de los brutales golpes que en ocasiones reciben de los defensas. Hacer tackles más arriba de los hombros está fuertemente sancionado (al igual que lanzar un tackle con la cabeza, por obvio que pueda resultar) y existe un protocolo para conmociones cerebrales que deberían impedir que esos jugadores que aún están aturdidos por un golpe regresaran al terreno de juego hasta la semana siguiente. El futuro de los que hoy en día juegan y los que están por venir es más lúcido que el de las anteriores generaciones.

Brett Favre (en el suelo) sufrió varias conmociones en su larga carrera como jugador. En la actualidad, sólo unos años después de su retirada y con cuarenta y cinco años, sufre pérdidas de memoria.
Brett Favre (en el suelo) sufrió varias conmociones en su larga carrera como jugador. En la actualidad, sólo unos años después de su retirada y con cuarenta y cinco años, sufre pérdidas de memoria.

Aún así, resultaría en un ejercicio de cinismo sacudirse las manos y mirar hacia otro lado. Queda mucho por hacer: hay jugadores que, conmocionados, vuelven al campo apenas unas jugadas después, en muchas ocasiones sin que el equipo médico haya podido acercarse por expreso deseo del jugador y con la aquiescencia tácita de los entrenadores. Brett Favre lamentaba que no podía recordar la infancia de su hija y admitía en más de una ocasión que había pases que ni recordaba porque había jugado con una conmoción (hechos que se “añadían a su leyenda“, como si jugar en esas condiciones fuese algo a celebrar). Pero tampoco hay que ir tan lejos: esta pasada temporada, Jamaal Charles, el corredor estrella de los Chiefs, se negó a ser evaluado por los doctores tras un tremendo golpe porque temía que volviese a ocurrir lo que pasó en los playoffs de la temporada anterior, en los cuales tuvo que retirarse por una conmoción y su equipo perdió. Y, en la Super Bowl de hace apenas un mes y medio, Edelman recibió un brutal impacto en su cabeza del agresivo safety Chancellor, se tambaleó durante unos metros, cayó al césped sobre su rodilla y unos segundos después volvió a alinearse para jugar. Acabó siendo la gran estrella del partido junto a Brady.

Si jugadores como Edelman o Charles, estrellas indiscutibles en sus equipos, son capaces de este tipo de acciones, ¿qué otras no trascenderán cuando incumben a jugadores poco más que invisibles, jugadores que deben dejarse el todo por el todo para hacerse un hueco en las plantillas, para labrarse un nombre y un futuro? ¿Cuántas conmociones ocurren semanalmente y quedan ocultas? ¿Cuántos han temido ser cortados (despedidos) si no volvían al entrenamiento aunque el mundo a su alrededor fuese poco más que una mancha borrosa? ¿Cuántos entrenadores han mirado al tendido en vez de priorizar la salud de sus empleados? ¿Se hubiesen dejado apartar estos?

En la noche de ayer en Estados Unidos salió a la luz la noticia de que Chris Borland, el magnífico linebacker de los San Francisco 49ersse retiraba a los veinticuatro años, cuando aún ni había pasado un año de su llegada a la Liga, preocupado por las futuras consecuencias sobre su salud de los repetidos impactos que debe afrontar un jugador en la NFL. Borland, que habría recibido el galardón a mejor defensa novato de la Liga de haber jugado la temporada entera y no únicamente la mitad (entró por la lesión de Patrick Willis, que también anunció su retirada la semana pasada a la temprana edad de treinta años aduciendo que ya no podía jugar más al nivel que él quería), ha dejado de lado un futuro con ganancias multimillonarias a cambio de una mayor posibilidad de seguir siendo él mismo cuarenta o cincuenta años más adelante. “Me preocupa que si espero hasta tener síntomas sea ya demasiado tarde“, anunció en un comunicado. Detalló que en un entrenamiento durante la temporada pasada creyó tener una conmoción tras un golpe, pero siguió jugando porque quería formar parte del equipo (algo no completamente asegurado siendo elegido en tercera ronda del draft y con tanto talento como había en esa posición en los Niners).No puedo asegurar que X no me vaya a pasar. Sólo quiero vivir una vida larga y sana y no quiero enfermedades neurológicas o morirme antes de lo que debería [en el caso de no haber jugado]”.

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