La Cola de vaca

Guardiola encontró un pasillo entre Milla y Michel, con Romario al fondo, al borde del área, señalando con el dedo hacia el suelo. Era la llamada, la clave, el aviso. Y Pep le dio allí el balón, en un pase de apenas diez metros para que el brasileño, de espaldas a la portería, a dos metros del área y vigilado de cerca por Alkorta, controlase, se diera la vuelta, encarase al defensor vasco… Y maravillase al mundo con un regate inverosímil bautizado como la ‘cola de vaca’ que dejó clavado al zaguero para plantarse, escorado a la izquierda y ya solo ante Buyo, a quien superó con un suave toque con el exterior del pie derecho. Quizá sin adivinarse en aquel momento, la historia llamaba a la puerta del Camp Nou.

Este ocho de enero se cumplen veinte años de un 5-0 legendario, el segundo de Cruyff -primero como entrenador- que acabó de catapultar al Dream Team en el último año de su gloria. El Real Madrid de Benito Floro llegaba al Camp Nou dos puntos por debajo del Barça y a cuatro del Deportivo en un comienzo de año convulso en el Camp Nou. Seis días antes el Barça había caído en El Molinón por 2-0 dejando escapar la oportunidad de dar caza al SuperDépor de Arsenio Iglesias, que había inaugurado el año con un simple 0-0 en Vallecas. Y Cruyff, especialista en remover conciencias, atizó de lo lindo a su plantilla.

«Hace meses que estoy enfadado», exclamó Johan el tres de enero, previa de otro partido en El Molinón, de Copa, que el Barça, con Busquets en la portería y Romario en el banquillo, sentenció por 0-3. Faltaban cuatro días para el Clásico, llamado derby por aquel entonces, y el vestuario culé decidió contestar a su entrenador. Sin palabras, sin peleas. Con fútbol.

«Le tenemos muchas ganas al Madrid»proclamó Pep, al que siguió Bakero con un mensaje guerrero: «Hay que machacar». El equipo madridista, que venía de derrotar en Liga al Albacete por 2-0 y de empatar 2-2 ante el Atlético en Copa, tenía conciencia de lo que se jugaba ese ocho de enero. Tres semanas antes había conquistado la Supercopa en el mismo Camp Nou arrancando un 1-1 que hacía bueno el 3-1 del Bernabéu y Manolo Sanchís, como portavoz de la plantilla, aseguró dos días antes del reencuentro que el vestuario estaba listo para el reto. «Sabemos qué hacer para ganar en Barcelona»afirmó el zaguero. No sabía, nadie lo intuía, lo que iba a suceder.

Ocurrió que el Camp Nou respondió a la llamada de los suyos de manera absoluta y que la hinchada azulgrana comenzó a ganar el partido antes de que Urío Velázquez, el árbitro, diera paso al fútbol. Enrabietado y lanzado, el Barça empequeñeció a un Madrid superado en todos los órdenes y que en el minuto 24 comenzó a cavar su tumba. Fue aquel pase marca de la casa de Pep, aquel simple control del Baixinho y su jugada maestra la que inició la fiesta.

Apenas empezar la segunda mitad una falta en la corona del área de Buyo desembocó en el obús que Koeman convirtió en 2-0 y poco después la victoria se transformó en goleada. Guardiola vio la carrera de Nadal y le lanzó un magistral pase que plantó al balear solo ante Buyo, con Romario corriendo a su lado. Le regaló el gol, el 3-0. La locura se apoderaba ya en ese minuto 57 del Camp Nou.

Para entonces Laudrup ya había entrado por Stoichkov. En esos momentos la vista se clavaba en una clasificación que descolgaba al Madrid y presi0naba al Deportivo, acercándose el final de la primera vuelta y en la carrera por un título de Liga que se pelearía hasta el final. Ganar era lo que importaba de entrada y ganar es lo que se estaba logrando. Con grandeza además.

Pero aquella borrachera de felicidad dio paso al éxtasis en un rush final inolvidable. Hoy se habla de otro 5-0, se recuerda un 2-6 maravilloso y se guarda en la retina una época mucho más reciente y excepcional. Pero si imposible es abandonar el recuerdo del 0-5 de febrero de 1974, tampoco lo es sacudirse el de 1994. Porque de la goleada a la humillación se pasó con dos goles en aquel final apoteósico. El cuarto, de Romario remachando una asistencia marca de la casa de Laudrup y el quinto, el mágico, de Iván Iglesias, llamado a la gloria como lo fuera Jefren muchos años después, al rematar un excelente pase al hueco del mismo Romario, en una jugada de tiralíneas con, otra vez, Guardiola como hilo conductor.

El Camp Nou, repleto de banderas azulgranas en un mosaico que mostraba al mundo esa difícil comunión de todo el barcelonismo que de manera inexcusable aparece en las citas verdaderas. Cuando el equipo lo precisó, lo precisa y precisará, tiene a su lado a los suyos. Y aquel ocho de enero de 1994 desembocó en un akelarre de felicidad imposible de enterrar.

Eran otros tiempos, tan felices como convulsos, en una temporada que acabó con el borrón de Atenas pero que permanece en el imaginario a través de los goles de Romario y de ese final de Liga, irrepetible, que le dio el título al Barça en el último minuto del último partido. Pero esa es otra historia. Claro.

Campo: Camp Nou, 100.000 espectadores

FC Barcelona: Zubizarreta, Ferrer, Koeman, Guardiola, Sergi, Nadal, Bakero (Iván 75′), Amor, Goikoetxea, Stoihkov (Laudrup 48′) y Romario.

Real Madrid: Buyo, Llorente, Alkorta, Sanchís, Lasa, Milla (Butragueño 54′), Luis Enrique, Míchel, Prosinecki, Alfonso (Hierro 25′) y Zamorano.

Goles: 1-0, Romario (24′). 2-0, Koeman (47′). 3-0, Romario (56′). 4-0, Romario (81′). 5-0, Iván (87′).

Árbitro: Urío Velázquez. Amonestó a Stoichkov.

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