Krzysztof Wielicki, el guerrero del hielo

Contrariamente a lo que se había imaginado, Krzysztof Wielicki llegó al Campo Base del Nanga Parbat el 26 de agosto de 1996 y lo encontró completamente desierto. No había ni rastro de ninguna expedición activa. Todavía era verano en el Himalaya, pero ni siquiera la expedición polaca liderada por Jacek Berbeka le había esperado ni un día más del acordado.

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Wielicki llegaba despues de hollar el K2 (8.611 m) y con él, su penúltimo ochomil de la lista de los catorce que tan sólo Reinhold Messner, Jerzy Kukuczka, Erhard Loretan y Carlos Carsolio habían conseguido completar. Una expedición que se alargó más de lo previsto pero aun así, decidió seguir sus planes de llegar a los pies del gigante del Himalaya occidental.

Cualquier otro alpinista, al encontrarse completamente solo en aquel prado de hierba verde, que contrastaba enormemente con las paredes blancas de nieve que se elevaban 8.126 metros sobre el nivel del mar, hubiese dedicado los últimos días del permiso para tomar notas y estudiar la montaña para enfrentarse a ella en una mejor ocasión. Pero el experto himalayista polaco estaba perfectamente aclimatado y decidido a atacar su último ochomil y convertirse así en la quinta persona en completar aquella maldita lista que tanto le obsesionaba.

Aquella ascensión no le iba a suponer un reconocimiento extra. No se trataría del primer polaco en conseguir completar los catorce, honor que recayó en Kukuczka nueve años antes. Tampoco sería el primer polaco en hollar el Nanga Parbat. Se trataba de un objetivo personal del propio Wielicki. Entonces tenía 46 años y sentía que era su momento.

Después de observar la montaña y comprobar que la ventana metereológica era la ideal, se decidió a atacar utilizando la vía Kinshofer. Tan sólo había un problema: no sabía por dónde se iniciaba el ascenso. Decidió preguntar en la última aldea habitada y tras las pertinentes raticencias de los locales –que no entendían como pretendía conseguir llegar a la cumbre aquel alpinista en solitario sin conocer la ruta– consiguió que le mostraran el principio de la vía.

Así que, cargado con el mínimo material necesario, empezó de madrugada el ascenso por la vertiente del Diamir. No tardó en encontrar los primeros inconvenientes. Los trozos de cuerda abandonados por expediciones anteriores no le resultaban de ninguna ayuda. Le retrasaba tener que elegir las cuerdas que resistieran sin romperse. A las siete de la mañana llegaba al Campo 2 (6.150 m), conocido como Nido de Águilas, un torreón de piedra que sirve como protección contra las avalanchas. Allí encontró una tienda abandonada por la expedición de Berbeka.

Los problemas se multiplicaron por un inoportuno dolor de muelas. El dolor era tan insoportable que tuvo que echar mano de la caja de antibióticos que llevaba en su mochila. Se tomó cuatro de una tacada. El dolor remitió pero empezó a sufrir alucinaciones. Durante la noche combinaba periodos de un frío insoportable con el calor asfixiante que le provocaba la fiebre. Llegó a perder la noción del tiempo e incluso no sabía en que parte de la montaña se encontraba. Pero llegaron los primeros rayos de sol y se marchó aquella terrible fiebre. Decidió seguir adelante.

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Tras un largo camino, sobre un terreno no excesivamente técnico aunque si bastante complicado, llegó a otra tienda abandonada por una de las expediciones que habían estado en la montaña aquel verano. Decidió fundir nieve y descansar hasta las tres de la tarde antes de atacar definitivamente la cumbre. A las diez y media de la mañana del 1 de septiembre, veinte días después de hollar el K2, llegaba a la cima de su último ochomil de los catorce que completan la lista de las montañas más altas del mundo. Wielicki no sintió una alegría especial. Acostumbrado a celebrar las cumbres rodeado de amigos, compañeros u otros alpinistas, esta vez se sintió muy solo. No quedaba nadie más en el Nanga Parbat y además no disponía de una cámara de fotos para inmortalizar el momento. Así que en mitad de uno de los silencios más aterradores de su vida, inició el descenso. No realizó ni una sola parada hasta llegar a la base de la montaña. Allí le recibirían con disparos de celebración con un Kalashnikov. Los aldeanos le habían estado observando desde abajo. Habían sido testigos de su enorme hazaña.

Krzysztof Wielicki nanga parbat

Wielicki no pudo empezar mejor su colección de ochomiles. El 17 de febrero de 1980, acompañado por su amigo Leszek Cichy, conquistaba el techo del mundo, el monte Everest (8.848 m), en invierno. Acababa de cumplir los treinta años de edad y ninguno de los dos era candidato a estar en la cordada de cima. De hecho Wielicki no estaba en la lista inicial para realizar aquel viaje al Nepal. Llegó después de ser incluido en la lista para la siguiente expedición primaveral pero la suerte le acompañó cuando tres de los elegidos para la expedición invernal desestimaron la invitación por problemas personales.

El joven escalador polaco tenía mucha experiencia en la montaña. Había nacido en la pequeña localidad de Szklarka Przydodzicka, rodeado de bosques, y de bien pequeño se había enrolado en los Scouts. Allí aprendió lo básico para subsistir en el monte, pero sobretodo había aprendido a trabajar en equipo. Había escalado en los Dolomitas, en los Alpes y en las pequeñas montañas de Polonia pero su mayor logro lo realizó en el Hindu Kush, en la frontera de Afganistán y Pakistán, junto a Alek Lwow y Jurek Pietkiewicz: abrir una vía nueva en el Koh-e-Shkhawr de 7.084 m de altitud. Esa ascensión le valió el reconocimiento de Andrzej Zawada, jefe de la expedición invernal al Everest. Vio en el joven alpinista un valor a añadir en el excelente equipo humano que le acompañaría en aquella expedición.

Krzysztof Wielicki 2

La expedición llegó el 5 de enero al campo Base en la vertiente sur de la montaña. En apenas diez días ya habían equipado tres campos de altura. El ritmo era vertiginoso y la expedición estaba cargada de moral. ¿Como era posible que nadie lo hubiera intentado antes? Pero de repente la respuesta les sobrevino, las temperaturas cayeron en picado. Las rachas de viento fuerte obligaron a los alpinistas a refugiarse durante un tiempo en el Campo Base. Allí, Zawada dispuso un sistema de baños de agua caliente para alejar a sus alpinistas del frío el máximo posible. Sabía que el éxito de la expedición dependía de que sus escaladores no pasaran frío mientras no estaban ascendiendo. Pero aún así, casi un mes después, tan sólo cuatro miembros de la expedición se encontraban con fuerzas suficientes para afrontar el ataque a la cumbre en aquellas condiciones climatológicas. Y los dos más jóvenes estaban entre ellos.

El 11 de febrero, Wielicki, Cichy y Walenty Fiut alcanzaron el Collado Sur (7.900 m). Mientras Cichy descendía al Campo 3, los otros dos decidieron montar una pequeña tienda y pasar la noche allí pese al fuerte viento que arreciaba. En aquellas condiciones fue casi imposible mantenerla en pie y pasaron una noche horrible. Con síntomas de congelación desestimaron atacar la cumbre pese a encontrarse relativamente cerca. Mientras Wielicki descendía al Campo 2 (6.400 m), Fuit lo hacía hasta el Campo Base. Toda esperanza de cumbre pasaba por recuperar la moral de los dos alpinistas que se encontraban todavía en altura. Zawada, en un intento desesperado de motivar al grupo, se ofreció a intentar unirse a Wielicki primero y a Cichy después, con la intención de atacar la cumbre. Pero pese a ser un grandísimo líder en el Himalaya, todavía no había subido nunca a la altura en la que se encontraba Campo 3 (7.300 m).

El periodo invernal llegaba a su fin y con él el permiso para seguir ascendiendo en el Everest. Zawada sabía que era imposible colocar a un alpinista en la cumbre antes del día 15 de febrero. Envió un porteador a Kathmandú para extender el permiso pero tan sólo consiguió dos días extras. Así que sin margen de error, Wielicki y Cichy, el 16 de febrero alcanzaron de nuevo el Collado Sur. Aquella noche la temperatura cayó a menos 42 grados. El cielo estaba nublado y habían fuertes rachas de viento. Sin pensárselo demasiado, emprendieron la subida a la mañana siguiente con el mínimo equipo posible. A las 2:25 pm respondieron la llamada que realizaban desde el Campo Base. Habían hollando la cumbre.

Kukuczka-and-Wielicki
Krzysztof Wielicki junto a su compañero en innumerables expediciones Jerzy Kukuczka

Aquella ascensión fue la única en la que Wielicki utilizó la ayuda de oxígeno embotellado. Abrió su colección de los catorce ochomiles y supuso el primero de sus tres invernales. Más tarde, el 11 de enero de 1986, realizó la primera ascensión invernal al Kangchenjunga (8.586 m) junto a Kukuczka y el día de nochevieja de 1988 conquistaba en solitario el Lhotse (8.516 m). Wielicki hacía cuatro meses que había sufrido un accidente que le supuso un traumatismo pulmonar con compresión de la octava vértebra torácica. Una lesión que precisaba de reposo absoluto. El alpinista polaco se ajustó un corsé que le fortalecía la espalda y aceptó sin pestañear la invitación de una expedición belga que incluía a sus amigos Zawada y Cichy. Todos cayeron enfermos. El único que resistió las bajas temperaturas del coloso del Himalaya fue Wielicki que alcanzaba la cumbre por la vía normal.

Krzysztof Wielicki ha formado parte de innumerables expediciones en el Himalaya. Como escalador durante la edad de oro del alpinismo polaco y como jefe de expedición en los años siguientes. Todavía sigue vivo su sueño de ayudar a Polonia a completar los catorce ochomiles en invierno, cuando las condiciones son realmente adversas. De momento han caído nueve en manos de una expedición íntegramente polaca, un tercio en las suyas propias. “El invierno en el Himalaya sigue siendo un gran reto. En esa época del año las montañas son un misterio, y lo desconocido atrae”.

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