Hace mucho calor.
Mis piernas… ¡Oh Dios mío!
Mis piernas… ¿Adónde se fueron?
¿Adónde se fueron?
Por favor, por favor, ayúdame.
Por favor ayúdame.
Por favor ayúdame.
Ayúdame a encontrar mis piernas.
Ayúdame.
Ayúdame.
Ayúdame…

Kayla Montgomery no es una joven atleta cualquiera. No lo es porque probablemente sea una de las mejores corredores de su edad. No es una atleta cualquiera porque padece esclerosis múltiple.

Kayla creció como cualquier otra niña de su edad. Le gustaba pintar, disfrazarse, maquillarse… Le gustaba jugar a fútbol. “Era muy agresiva. El árbitro me tenía que llamar la atención varias veces”.

Precisamente jugando a fútbol con la selección del Winston Salem en Carolina del Norte, a los catorce años de edad, se cayó al suelo y su vida dio un giro de 360 grados. “Me caí jugando a fútbol y aquella tarde empecé a sentir un hormigueo en mis dedos del pie. Le dije a mi madre que no sentía los pies, que había algo raro. No sabía que pasaba”.

El 10 de octubre de 2010 lo médicos dieron con el diagnóstico: esclerosis múltiple. La EM es una enfermedad en la que el sistema inmune del cuerpo ataca a las células nerviosas. Es como si la comunicación nerviosa de todo el cuerpo hace un corto circuito. No existe cura.

La madre de Kayla, que es enfermera, había tratado con pacientes con ese tipo de enfermedad y conocía el desenlace, “sillas de rueda, camas de hospital, parálisis, tubos de alimentación… no era lo que había soñado para mi hija”.

Durante los primeros meses después del diagnóstico las cosas para Kayla no fueron fáciles. Si ya resultó complicado aceptar porque a ella, una chica con toda la vida por delante, le había sucedido aquello, se vio limitada por la perdida de la sensibilidad de las piernas. Tuvo que dejar el fútbol y medicarse. Medicarse mucho. Tras ocho meses, las medicinas dieron resultado y recuperó la sensibilidad de sus piernas.

Entonces conoció a la persona que cambió su vida, Patrick Cornwell, que le descubrió el atletismo y que ha sido su entrenador durante su carrera escolar. Cornwell creyó que Kayla podía correr. Incluso con esclerosis múltiple.

Empezó en el equipo siendo una corredora normal, “lenta” según ella misma. Pero su entrenador confiaba en ella.

No siento nada al correr. En seguida pierdo la sensibilidad de los dedos del pie y así hasta perderla hasta la cintura. Durante todo el tiempo que corro. No siento nada.

El calor es la causa de la perdida de sensibilidad en los pacientes con EM. A medida que los músculos aumentan la temperatura dejen de comunicarse las células nerviosas. “No siento nada, incluido el dolor. Algunas rivales creen que eso es una ventaja pero, si bien no siento dolor, siento las incomodidades del correr. No puedo sentir la velocidad ni la distancia de mi zancada. Solo se que mis piernas se mueven porque yo me muevo”.

kayla montgomery

Con la ayuda de su entrenador aprendió a controlar su cadencia al correr y eso la ayudó a ser cada vez más rápida. Primero llegando al primer equipo de la escuela, después a ser la más rápida y llegar a entrenar con el equipo de los chicos. Ahora es la más rápida de Carolina del Norte.

Conocer a su entrenador le ha dado un nuevo prisma a su vida. La confianza que él depositó en ella la ayudó a convertirse en la persona que es ahora. Pero lo mejor de todo es que ella respondió.

Corro porque me hace feliz. Me hace sentir una persona normal y completa. Es difícil vivir una enfermedad en la que el cuerpo lucha contra si mismo. Cuando corro siento que lucho contra eso. Siento que estoy a salvo de mi misma. Mientras pueda correr, todo va a estar bien.

Tras cuatro años entrenando con Cornwell en categoría escolar llegó la última carrera en la que su entrenador la esperaría para recogerla en sus brazos cuando cruzara la meta. Para enfriarle las piernas y ayudarla a recuperar la sensibilidad y poder salir por su propio pie del estadio. El campeonato escolar con una prueba de 3.200 metros, dos millas.

Kayla empezó corriendo con el grupo pero poco más de cien metros después tropezó y se cayó. Cayó como tantas veces había caído durante esos últimos cuatro años. Y se levantó como tantas otras veces para reemprender la carrera. Más rápido que nunca hasta dar alcance al grupo de corredoras. Hasta superarlas a todas. Hasta cruzar antes que nadie la meta. Hasta dejarse caer en los brazos de su entrenador que volvería a enfriarle con hielo las piernas para que pudiera subir a lo más alto de podio a recoger su última medalla como campeona en edad escolar y empezar una nueva etapa en su vida en la que correrá mientras pueda.