Juanjo, el barbudo invisible del Barça

Juanjo Enríquez fue encontrado muerto este diez de agosto en su domicilio de El Espargarral, en la provincia de Murcia. Una nota al pie, no mucho más, en este presente deportivo en el que el pasado muere atropellado a diario. Si ya no nos acordamos del no fichaje de Gerson o de Pogba… ¿Vamos a caer en la cuenta de un central barbudo que apenas si jugó una treintena de partidos en dos temporadas con el Barça hace cerca de cuarenta años?

Nacido en Madrid en septiembre de 1950 y surgido de la cantera del Atlético, Juanjo fue un futbolista tardío que no dio que hablar hasta que García Traid le catapultó en el Salamanca de D’Alessandro, junto a Rezza o Lanchas, a mediados de los 70. En la primavera de 1977 el Espanyol fichó a Lanchas y el Barça a Juanjo, pagando por su traspaso, de acuerdo a lo publicado en su día por El Mundo Deportivo, 20 millones de pesetas.

Si el presente en el mercado de fichajes está dominado por representantes, agencias y periodistas que se ponen de acuerdo para colocar en el plano a cualquier futbolista desconocido y que a pesar de no aparecer ni un puto vídeo suyo en Youtube es presentado como el crack del futuro inmediato, en la prehistoria del fútbol (porque hace 40 años ya es una prehistoria o simplemente una historia desconocida para no pocos especialistas de hoy en día) un simple buen partido bastaba para colocar en el escenario a un jugador. O saber (o sospechar) que lo quisiera el gran rival. Y así hubo no pocos traspasos sonados durante muchos años.

Para no hablar ni recordar operaciones de broma, mejor quedarse a modo de ejemplo con el más feliz para el barcelonismo militante de hace cuatro décadas. Y es que el Barça fichó en 1973 a Migueli porque el gran Domingo Balmanya proclamó a los cuatro vientos (siendo entrenador del Cádiz, en 1971), que tenía en sus filas al futuro central de la selección española, Andrés González, y que confiaba en que fuera el sucesor de Gallego en el Barcelona de su corazón. En un plis Raimundo Saporta se presentó en el Carranza en el verano de 1972 y a la vez que el Sevilla fichaba Paco para convertirle en su portero de referencia, el Real Madrid se llevaba a Andrés.

La misma semana, en silencio, Jaume Rosell acordó el traspaso para el Barcelona de Migueli, la pareja de Andrés en el centro de la zaga cadista, para la siguiente temporada. Andrés jugó 14 partidos en cuatro temporadas con el Madrid (con una cedido al Castelló) y Migueli acabó por convertirse en una leyenda en el Camp Nou, disputando 649 partidos oficiales hasta 1989. Y todo comenzó con las risas de Bernabéu por haberle tomado la delantera al Barça y quedarse ‘al bueno’.

Es un ejemplo… que algo, no mucho, tendría que ver con Juanjo, el protagonista de esta historia. El 13 de febrero de 1977 el Barça de Michels perdió en Salamanca por 2-0. Una semana antes Cruyff había sido expulsado ante el Málaga (‘Manolo marca ya’) para dar paso al desplome anual del equipo, que enlazó seis jornadas sin ganar (3 empates y 3 derrotas) y fue eliminado por el Athletic de Bilbao (que en los tiempos aquellos sí se codeaba con el Barça) en la Copa de la UEFA.

En aquel encuentro de El Helmántico destacaron un extremo llamado Juanito, ex del Barça y fallecido el año pasado, y un portugués llamado Alves y tan recordado por su juego como por su manía de jugar con guantes. Pero también lo hizo D’Alessandro, aburriendo a Clares, y Juanjo, un central que parecía tener, según las crónicas de aquella tarde, un imán para rechazar todos los balones colgados a su área.

Y el madrileño que había sido descartado por el Atlético en su día se colocó en el plano. Y su nombre se relacionó con el Real Madrid… y dos meses después, en una rápida y sigilosa operación, el Barça le fichó por veinte millones de pesetas para convertirle en la pareja de Migueli. Porque en Costas ya no se creía y el canterano Olmo, a pesar de haber jugado 32 partidos de Liga (sobre 34) la campaña 76-77 no ofrecía para algunos garantías suficientes.

El caso es que el 20 de abril de 1977, en plena temporada, Juanjo fue presentado como futuro azulgrana en compañía de Rosell y Michels. Tres temporadas de contrato a tres millones de pesetas por cada una de ellas, además de 20 millones más la cesión de Albadalejo y el pase de Corominas y el traspaso definitivo de Tomé para el equipo charro.

Juanjo ya llegó gafado al Camp Nou, por cuanto una lesión en el pie le llevo al quirófano el once de mayo y lo que era una operación “rutinaria” le mantuvo fuera de los campos hasta bien entrado el mes de agosto, con la pretemporada en marcha y sus compañeros llevándole toda la ventaja. Y con ‘indirectas’ que hoy asustarían…

“Juanjo es un buen jugador, pero no creo que me quite el puesto (…) Es más, no creo que desbanque a nadie de la defensa porque estamos acoplados y un cambio podría ser fatal”, declaró el 5 de agosto de 1977 Migueli en una entrevista al enviado especial de El Mundo Deportivo a Zeist. Aquel periodista se llamaba Ricard Maxenchs… Y la bienvenida de Tarzán al barbudo central madrileño toda una declaración de intenciones.

Ya fuera porque tenía razón Migueli, porque Michels entendió quien mandaba en aquella defensa o porque el bueno de Juanjo no daba la talla, el caso es que su impacto en el Barça de la temporada 1977-78 fue muy discreto. Debutó en la primera jornada sustituyendo a De la Cruz en los últimos 16 minutos frente a la Real Sociedad (1-0, gol de Asensi) y jugando un rato hoy y otro mañana, no fue titular hasta la quinta jornada en Cádiz o disputó un partido completo hasta la novena en Salamanca, donde el Barça volvió a perder por 1-0.

Acabó el curso alineándose en 25 partidos, 6 como titular y 4 completos. Y, desde luego, ni le quitó el puesto a Migueli (probablemente ni el propio Puyol lo habría conseguido en la época) ni tampoco a Olmo (que se mantuvo intocable hasta la llegada de Alexanko en 1980). Acumuló 699 minutos, 494 menos que Costas, que se alineó en un partido menos pero a la vista del minutaje teniendo una trascendencia mucho mayor que el madrileño.

Su protagonismo estuvo en la Copa de la UEFA frente al Aston Villa… Y la noche en que el PSV eliminó al equipo azulgrana, incapaz de redondear una remontada histórica. Al 3-0 de Eindhoven (con un autogol ‘antológico’ de Olmo) se respondió con un insuficiente 3-1 en Barcelona. Con el 2-0 en el marcador y el Camp Nou rugiendo por el milagro al comenzar el segundo tiempo, Juanjo (que había sustituido a Amarillo a la media hora de partido), cruzó su mirada con Migueli mientras a De la Cruz no le daba tiempo de arreglar aquel desaguisado… Y Nick Deacy, un delantero galés que había sustituido en el descanso a Paul Postuma, batió a Mora con un remate cruzado.

Probablemente Deacy no volvió a tocar el balón en toda la noche y no lo hizo mucho más en el PSV, que ganó la final de la UEFA al Bastia (sí, el Bastia fue finalista en Europa) y le dio la baja para que comenzara a deambular por Beringen, Vitesse, Hull City, Happy Valley en Hong Kong, Bury… Una carrera de segundo orden para un tipo que una noche provocó la depresión habitual del barcelonismo…

Pero Deacy hizo algo más: marcó a Juanjo. Al Barça que había remontado al Ipswich Town y estaba a un paso de su primera final continental desde la Recopa que perdiera en 1969, le había echado un equipo holandés que ni era el Ajax ni el Feyenoord. Michels quedó tocado, Cruyff decidió su marcha definitiva (abandonó el club a final de curso)… Y Juanjo señalado de manera inequívoca. El Barça ganó la Copa y salvó la temporada. Otros tiempos…

A los pocos meses Núñez, Josep Lluís, ganó las elecciones a la presidencia y Lucien Muller se convirtió en su entrenador. Migueli y Olmo siguieron intocables, Costas fue su sustituto, Zuviría se reconvirtió a lateral y Albadalejo disfrutó su mejor temporada. Y de Juanjo nunca más se supo.

Se dijo que a la mujer de Núñez, María Lluïsa (Josep y María, Lluís y Lluïsa) no le gustaba la barba del futbolista y que se aconsejó a Muller no contar con él por haberse negado a afeitarse para gran disgusto de la presidenta. Así es que invisible para el entrenador francés hasta su destitución, con Rifé la situación fue a peor, por cuanto el preparador catalán le apartó del equipo después de una agria discusión durante un entrenamiento.

Fue un caso extraño, oscuro y nunca aclarado que incluso provocó que Quimet Rifé le apartase de la expedición oficial del club a Basilea, donde el Barça conquistaría el 16 de mayo de 1979 su primera Recopa. Juanjo viajó a Suiza, más por el apoyo de alguno de sus compañeros, no todos, que por el propio club. Y tomó parte de los festejos a la vuelta, con el título, como uno más. Por mucho que no era uno más de aquella plantilla. De hecho apenas tomó parte en cinco amistosos durante todo el curso y al acabar la temporada el Barça, para evitar cualquier salida de tono, le pagó los tres millones de su último año de contrato y le dio la baja. Juanjo se fue al Recreativo de Huelva, de Segunda División y en 1981, cumplidos los 31 años, regresó a casa, fichando por el Atlético de Madrid, con el que jugaría hasta 1984 para retirarse tras jugar en Lorca y Cieza.

Como entrenador llegó a dirigir al Granada y al Getafe, ejerciendo por última vez en el Águilas en 2009. Y este lunes diez de agosto se dio a conocer su muerte en un pueblo de Murcia, pocas semanas antes de cumplir los 65 años. Un pie de página, simple.

Pero hace 38 años, una eternidad, Juanjo ocupó las portadas de la prensa como fichaje estrella del Barcelona. Pasó casi como un fantasma por el Camp Nou y se marchó en el más absoluto de los silencios tras una temporada invisible después de una primera en que no pudo, o no supo, o no le dejaron, o todo a la vez, ganarse el puesto en el césped. Un futbolista más en la centenaria historia del Barça, un club obligado hoy a ganar hasta en los entrenamientos pero que en el pasado conquistó la eternidad por unas razones que a cada día que pasa se entienden más extrañas, por cuanto incluso perdía en los entrenamientos.

Descanse en paz Juanjo Enríquez.

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