Que jueguen… pero que sonrían

En los últimos días no se ha dejado de hablar del último logro obtenido por Roger Federer. Se ha hablado de broche a su carrera. Perfección. Profesionalidad inagotable. Se ha dicho hasta la saciedad que ha resucitado y que en su ambición tampoco parece vislumbrarse límite alguno.

Evidentemente Federer es, desde hace muchos años y por méritos propios, un ídolo para muchos jóvenes tenistas. Un ejemplo. El mejor espejo en el que buscar un reflejo. Pero… a un chaval, en plena edad de aprendizaje de valores (generosidad, educación, amistad), ¿hasta dónde hay que inculcarle que sea ambicioso cuando salte a una pista? No tienen que conformarse. Han de asimilar que desde la cama no se ganan partidos. Que la pereza o la autocomplacencia son inversamente proporcionales a las posibilidades de triunfar sobre una cancha. Que la capacidad de sacrificio es la mejor metáfora de esa legumbre que riegan cada día en la clase de Naturales (o como quiera que se llame ahora). Y que los trofeos puede que vayan, poco a poco, haciéndose hueco en las vitrinas del salón de casa.

Pero… ¿y si no llegan esos trofeos? ¿O si los que llegan no son suficientes para calmar el ímpetu propio de esas edades? En determinadas situaciones la línea que separa la ambición de la desilusión es muy sutil. Y un buen ejemplo lo podemos encontrar en el propio Federer, que se sentía frustrado en sus primeros años como top ten porque perdía gran parte de las finales a las que llegaba.

Es lógico que, cuando uno llega a una final, sólo contemple ganarla. Pero a un chaval hay que dejarle claro que la felicidad no pasa exclusivamente por vencer. Haber llegado hasta una final ya es todo un mérito. Por eso a veces jugar al tenis (o al fútbol o a lo que sea) sin contar los puntos, sin estar pendiente del marcador, puede llegar a ser muy sano.

Siempre los habrá de todos los perfiles. Los entregados. Los soñadores. Los ingeniosos. Los despistados. Los talentosos. Los perfeccionistas. Los inconformistas. Pero también los que no logran ser felices. Y es que dentro de sus pequeños seres libran una batalla quizás más dura que la que entablan sobre la pista. Así que, como tantas otras veces en la vida, se trata de otro Titanic. Y ya es conocida la misión más imprescindible. Que haya botes para todos. También para aquellos a los que la ambición les roba la sonrisa.

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