Cuando éramos chaveas, estábamos deseando salir del cole para ir a jugar a la pelota. Teníamos colegio por la mañana y por la tarde. Cada vez que salíamos, por la mañana a las 12:30 y por la tarde a las 17:00, repetíamos el rictus: corriendo como balas, dejábamos los libros y saltábamos la tapia de la Plaza de Toros. Una vez en el terraplén, era como si estuviéramos en otra dimensión.

Era un descampado enorme e inclinado donde los sábados se llegaban a jugar hasta cuatro y cinco partidos simultáneos llenos de chiquillos. Recuerdo las veces que mi madre me gritaba desde el balcón para que subiera a comer y yo me hacía el sordo, cuando ella sabía perfectamente que la estaba escuchando. En aquellos días, a veces llegaba a jugar tres o cuatro partidos seguidos.

La inclinación del terreno, los charcos, las paredes con la pared -la amiga que siempre devolvía el balón donde tú esperabas que fuera-… Era un fútbol de recursos, de lo que hoy llaman fundamentos y no hacía falta aprender ‘la tres’ (esa tirolina que magníficamente interpretan Xavi e Iniesta y que deja descolocados a varios adversarios), pues lo sustituíamos por un ‘mule‘ por un lado y salida con la izquierda.

Hoy todas esas ‘pistas’ de tierra y charcos, han quedado convertidas en botellódromo y en un Supermercado Dani ‘los más baratos de España’, bajo un edificio de pisos que le quitó el sol y la luz a una placeta con una hermosa vista de Sierra Nevada. Ahí, en nuestro pequeño mundo, aprendimos a jugar emulando a nuestros ídolos, a los que entonces veíamos poco y cuyas estampas se cotizaban a precio de oro. La mayoría de niños de mi barrio eran fieles seguidores del Real Madrid.

Yo, en cambio, comencé a saborear el buen fútbol viendo admirando los partidos del Ajax en los años 1971-1973. En ese equipo que maravillaba y al que casi siempre que veía ganaba por 3-0, destacaba sobre todo la figura de ÉL, del flaco jugador número 14 que volvía locos a los defensas. Declarado el futbolista europeo del siglo y cerebro de la ‘Naranja Mecánica’.

volando

Quiebros y requiebros, cambios de ritmo a troche y moche y un manejo asombroso de las dos piernas que le daba la supremacía para controlar el tempo de la acción. Tratando de emularle, de ÉL aprendí las tretas con las que ganar la acción al contrario y sacar partido de esa ventaja, por mínima que fuera. Ese fútbol no era de fatatas fritas precocinadas, sino de moverse como rabos de lagartija, de merodear como ratones, de beber agua milagrosa en las bocas de riego.

De más está decir que me veía a mi mismo como un revolucionario deseoso de acabar con el aplastante dominio del único sistema futbolístico del que se tenían noticias por entonces: el blanco.

¿El partido?

ESTADIO: Los Cármenes, 10/3/1974
JORNADA 25 (1973/74)
ÁRBITRO: Franco Martínez
GOLES: Quiles 7′ Juan Carlos 50′
TARJETAS: Aguirre Suárez
INCIDENCIAS: Nada más comenzar el partido, penalty a favor del Barça (yo estaba aún subiendo a la tribuna). Lo lanza Rexach y marca, pero el árbitro manda repetir por el lanzamiento previo de almohadillas en el área de Izcoa. Lo vuelve a lanzar Rexach al mismo sitio, y esta vez para Izcoa.

GRANADA: 1

Izcoa (ex-Zaragoza), Toni, Aguirre-Suárez, Jaén, Falito, Castellanos, Fernández (el que lesionó a Amancio), Montero-Castillo (el padre de Paolo Montero de la Juve), Lorenzo, Echecopar (Porta ’63 que fue pichichi la temporada anterior) y Quiles (magnífico extremo).

Entrenador: José Iglesias “Joseíto” ganador entre otras cosas, de 5 copas de Europa como jugador del Real Madrid.

BARÇA: 1

Mora, Rifé, Torres, De La Cruz (fichado del Granada), Costas, Juan Carlos, Rexach, Asensi, Cruyff, Sotil (Juanito ’89) y Marcial.
Entrenador: Marinus Michels

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Ese año, el Granada fue el primer equipo en enfrentarse a Cruyff. En la ida perdió 4-0, no obstante, logró su mejor clasificación en Primera División con un 6º puesto y para más cachondeo por encima de su más enconado rival, el Málaga (que fue 7º) y del Real Madrid (8º), al que venció en el Santiago Bernabéu por 0-1 poco antes del  famoso 0-5 del Barça de Cruyff.