Intolerancia al fracaso

Se despertaba el culé este domingo con una mala sensación en el cuerpo que achacaba al baño que se dio el equipo (que le dieron) en aguas donostiarras, pero el habitual viaje al quiosco de prensa aclaraba el misterio: según La Vanguardia, el FC Barcelona pagará mañana 9 millones de euros a Hacienda como declaración complementaria por el tema de los contratos de Neymar. Ahí es nada. Todo ello tras un par de meses de escuchar a la junta directiva del club hablar de «ingeniería negocial», «impecabilidad contable», «envidia de los rivales» y «denuncias temerarias».

Como casi nadie en este país es experto en finanzas y contabilidad (aunque nos las demos de ello), asistimos ahora confusos al baile de tendencias de opinión que se ha generado. Por una parte, los que dicen que es la mejor manera de demostrar la inocencia, ya que pagar no supone asumir los hechos, eludes las responsabilidades penales y puedes seguir defendiendo el caso. Por otra, los que afirman que es una forma de evitar que caigan imputaciones futuras a título personal sobre los miembros de la junta, aunque al club nada le salvará de pagar otra morterada más si es hallado culpable del delito de evasión fiscal y simulación contractual. Sea como fuere, estos barros vienen de los lodos de Sandro Rosell, un tipo que se forjó una carrera tan acostumbrada al triunfo, que ha acabado desarrollando una brutal intolerancia al fracaso. Que no le gusta perder ni a las tabas, vamos, y ejemplos de ello ha dado en los últimos años.

Formando parte de la junta directiva de Joan Laporta, el gesto se le empezó a torcer en las navidades de 2003. El rumbo del equipo, pese a los fichajes, no era el esperado y Rosell quiso acabar con Frank Rijkaard, se dice que para colocar a su amigo Scolari o a algún «puente» para el brasileño. El presidente se mantuvo firme, apostó por el holandés y la jugada salió bien. Antes de acabar esa primera temporada, cuando en la planificación de la siguiente Rosell trató de imponer el fichaje de Luis Fabiano gracias a sus grises contactos con agencias de representación brasileñas, Laporta volvió a darle en todos los morros y al club acabó llegando Samuel Eto’o. Entre estas «afrentas» y otras, Rosell acabó dimitiendo en 2005. No soportó que las cosas no se hicieran a su modo.

Por esas vueltas que da la vida, Rosell acabó convirtiéndose en presidente en 2010. Laporta había contado con Ronaldinho, con Eto’o, con Messi y con Guardiola como símbolos de sus años de mandato, y él no quería ser menos. Se le metió entre ceja y ceja que Neymar podría ser ese jugador que le haría pasar a la historia y se fue derechito a por él. Y en el camino se le cruzó el Real Madrid de Florentino. Sandro no quería perder, no iba a perder. Se sacó de la manga toda la ingeniería negocial que pudo reunir y se trajo al brasileño… quién sabe si a costa de perjudicar gravemente al club.

Durante meses se ha presumido de la grandiosa operación del fichaje, pero a la primera que las cosas no han empezado a cuadrar y tras hacer un último brindis al sol («Pido al juez que me llame a declarar»), Rosell volvió a dimitir. El problema para el club es que esta vez no queda al frente una figura como Laporta, quien podría ser todo lo sinvergüenza que se quiera, pero tenía un par de pebrots para defender al club con firmeza de toda injerencia externa. Nos han plantado a Bartomeu, un tío con pinta simpática que paga 9 millones de euros a Hacienda cuatro días después de decir en Estudio Estadio que no pasa nada, que todo es legal, y que somos la envidia del mundo. Como diría el Tata, son unos pelotudos: la liaron en verano y ahora la vuelven a liar.

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