La historia de Juan Cuadrado, objeto de deseo culé

A la espera de que llegue al Barça –o no– un segundo central, puesto para el que suenan varios futbolistas, el nombre que sigue en boca de muchos es el de Juan Guillermo Cuadrado. Según algunas informaciones, Luis Enrique ansía tener al colombiano en sus filas, un jugador capaz de actuar en diversas partes del campo y que ha sido descubierto por muchos gracias a su actuación con su selección en el pasado Mundial.

Durante meses se nos ha vendido que Cuadrado, de 26 años, era lateral, carrilero, interior, extremo… Al final, Cuadrado no es más –ni menos– que un claro ejemplo de polivalencia hecha futbolista nacido en un país donde no siempre las cosas son fáciles.

La historia de Cuadrado es una de esas tantas que de vez en cuando llegan al gran público. Es uno de esos miles de aspirantes a deportistas de élite que partiendo de unos orígenes humildes tienen que hacer frente a las rampas que la vida pone ante sí para alcanzar sus objetivos. Miles empiezan, unos pocos llegan. Y uno de ellos es colombiano, juega en la Fiorentina y se llama Juan Guillermo Cuadrado.

En 1992, cuando tenía cuatro años, un tiroteo mató a su padre en la calles de Necoclí, en la región del Urabá antioqueño. En aquella época, la presencia de grupos paramilitares y narcotraficantes acostumbraba a anunciarse a partir de sonidos de ráfaga de metralleta o disparos de pistola. Habituados a ese panorama, Guillermo Cuadrado y Marcela Bello habían indicado a su hijo lo que tenía que hacer si oía disparos: correr y esconderse bajo la cama hasta que alguien, cuando se tranquilizaran las cosas, viniera a buscarle. Aquel día, al escuchar los tiros, el niño hizo lo que le habían dicho, se escondió y esperó a ser rescatado. Al salir se dio cuenta que su padre, conductor de camiones de gaseosa, había caído víctima de la ‘balacera’.

Desde aquel momento, Marcela, su madre, se convirtió en el ángel de la guarda del pequeño Juan Guillermo. Para sobrevivir, comenzó a trabajar en las bananeras de Apartadó mientras el crío, cuidado por su abuela, daba rienda suelta a su afición pateando todo cuanto tenía a su alcance. La tenacidad de su madre, que se empeñó en que Juan estudiara mientras el pequeño idolatraba a Ronaldo y al fútbol brasileño, fue la que permitió a la estrella de la Fiore avanzar en su camino entrar en sus primeras escuelas de fútbol. Mientras ella trabajaba y obtenía el bachillerato nocturno, Juan ingresó en la escuela Mingo Fútbol Club de Necoclí. Poco después pasó al centro Manchester Fútbol Club de Apartadó, donde Marcela se había trasladado huyendo de la violencia que aún azotaba las calles de su pueblo natal.

Y allí, en esa escuela con nombre de equipo inglés, fue donde a Juan Guillermo Cuadrado, que tenía ya trece años, le sonrió la fortuna. Nelson Gallego, un ojeador del Deportivo Cali, quedó maravillado con su juego y se lo llevó a su club. Allí, Gallego no sólo le enseñó conceptos futbolísticos y le ayudó a formarse como futbolista y como persona, sino que le abrió las puertas de Independiente de Medellín, el equipo con el que debutaría como profesional y del que aún se confiesa seguidor.

Cuentan que cuando Cuadrado se marchó a Cali prometió a su madre que siempre siempre se comportaría bien si le permitía cumplir su sueño. El cumplimiento de ese compromiso queda entre Marcela –que le acompaña en Florencia– y su hijo, pero lo cierto es que Cuadrado no ha olvidado el lugar donde nació, donde perdió a su padre y donde su madre se desvivió para sacarle adelante. Posee una fundación dedicada a ayudar a los niños menos favorecidos de Necoclí y ha creado una empresa de moda vaquera (Juan Cuadrado Jeans) para generar empleo en la comunidad y ayudar a los niños de la región de Urabá. La iniciativa parece funcionar tan bien que próximamente se abrirá una nueva sede en el barrio de La Sierra, un sector marginado de Medellín.

Mientras tanto, Cuadrado sigue perteneciendo a la Fiorentina, aunque en cualquier momento puede sonar esa llamada que convierta en realidad el que, dicen, es su deseo actual: vestirse la camiseta del Barça.

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