¿Hasta cuándo?

bartomeu

El caso Neymar sigue inexorablemente su curso, a pesar de los múltiples intentos por negar su existencia. Los 57 millones y punto van camino de convertirse en el peor agujero negro que ha conocido jamás la entidad: ya han devorado a Rosell, gran parte del presupuesto culé, la imagen del club, el equilibrio de un vestuario que ya suficientes problemas arrastraba y no parece que se vaya a saciar pronto. La muy probable imputación de Bartomeu supondrá otro capítulo de vergüenza para una directiva que sigue sosteniendo que hay pozos sin fondo.

¿Cuántos presidentes van a tener que ser imputados antes de que se convoquen elecciones? ¿Por cuántos juzgados más van a arrastrar la imagen de un club que cambió Unicef por venderse a quién sabe qué? ¿Cuántos fichajes más se van a tener que anunciar para silenciar la dimisión de directivos? ¿Cuántas veces más van a mentirnos a la cara en rueda de prensa, a defender sus operaciones modélicas, a presumir de ESADE mientras son acusados de fraude? ¿Cuántos títulos se van a dejar las secciones por el camino?

Aumentar el número de socios necesarios para llevar adelante una moción de censura ya resulta un movimiento sospechoso para los adalides de la transparencia. Aun así, las algo más de 20.000 firmas requeridas parecen totalmente razonables de conseguir ante el presente y el panorama que se le antoja al club de seguir siendo el cortijo de los mismos. Cuatro fichajes y un entrenador no deberían ser excusa para ello, más que nada porque a cada día que transcurre es más probable que vuelvan a las andadas, que ensucien lo poco que aún queda impoluto con sus manos negras como el tizón.

Lo realmente preocupante, incluso más que la capacidad de las mentes pensantes que deciden el futuro de la entidad, es la asombrosa anestesia a la que han sometido a la afición, demasiado hastiada, demasiado dividida en los tan característicos ismos, el verdadero ADN Barça. La resignación ha inundado Arístides Maillol. El culpable de la situación del Barça no es el Tata, tampoco Guardiola o Messi. Ni Cesc o Xavi o Víctor Valdés. Zubizarreta, aun con su cuota de culpa, no es ni por asomo el principal responsable, a pesar de ser un estupendo punching ball y un escudo de cada vez menos garantías. Quien quiera encontrar los que han hundido el mejor equipo de la historia, tienen que mirar más arriba o acudir a su juzgado más cercano. Y la buena noticia es que está en sus manos acabar con esta pesadilla que ya dura demasiado.

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