Cuatro años de terremoto en San Francisco

La próxima temporada va a resultar extraño mirar hacia la banda de los San Francisco 49ers. Desde 2011, en ella mandaba la presencia excéntrica –y divertida o desquiciante según los ojos del espectador– de Jim Harbaugh, con su polo oscuro en el que llevaba el logo de la entidad bordado en el corazón, un permanente atado a un cordel que se dejaba caer como si estuviese realizando una suerte de puenting por el pecho de Jim y unos pantalones caquis tan o más característicos que sus berridos a los árbitros. Inclinado hacia adelante, con las manos en las rodillas y una cara de anuncio farmacéutico, el mayor de los Harbaugh sufría en cada down, parecía cabreado hasta cuando las cosas salían bien, reservaba sus sonrisas para el post-partido si sus tropas habían salido victoriosas o podía citar a El viejo y el mar de Ernest Hemingway en ocasiones menos pintadas, como tras su derrota ante Seattle en enero del año pasado, una derrota que privó el paso de los suyos a la Super Bowl.

Ahora Jim electrizará el programa universitario de fútbol americano de la universidad de Michigan, donde él mismo se formó como estudiante y jugador. En San Francisco se han acogido a otro Jim, en este caso de apellido Tomsula, que llevaba desde 2007 siendo el entrenador de la línea defensiva de los Niners y que cuenta con una gran reputación entre sus jugadores. El futuro es imposible de predecir, pero resultará complicado que Tomsula y el equipo que designen logre acercarse a los resultados del anterior entrenador. Y es que, aunque Jed York, el propietario de los 49ers, pudiera identificarse con Beyoncé y su Single Ladies tras cuatro años sin ningún anillo, pocos equipos más dominantes ha habido en este período. Tres finales de conferencia (2011, 2012, 2013), un viaje a la Super Bowl (2012) y algunos de los duelos más memorables que se recuerdan son el legado de Harbaugh en su breve etapa como entrenador en jefe en San Francisco.

Harbaugh
Jim Harbaugh en su presentación como entrenador en jefe de los Wolverines de Michigan. Posiblemente será de las pocos fotos con semblante relajado que se conserven de su época cuando esta acabe.

El porqué de que esta alianza fructífera no se haya alargado más hay que buscarlo en la propia naturaleza del nuevo entrenador de los Wolverines de Michigan. Jim vive en los extremos, tiene una personalidad arrasadora, extenuante, digerible cuando el viento sopla a favor, pero agotadora hasta el punto del divorcio cuando los resultados rehuyen acercarse a su banda. Jed York, en un comentario muy poco apropiado, dijo tras la marcha de Harbaugh que “ganar con clase es lo que importa“. No sólo el propietario tenía “diferencias filosóficas” con el entrenador; tampoco el general manager Trent Baalke, artífice de una de las plantillas más cargadas de talento del campeonato, se hablaba con Jim desde antes del inicio de la temporada. Su comunicación se reducía a correos electrónicos. Estamos hablando de los dos hombres que tienen que ponerse de acuerdo en armar un equipo y planificar la temporada, por lo que la falta de diálogo no era un asunto para nada menor. Incluso se llegó a plantear un traspaso del entrenador a otra franquicia, los Browns de Cleveland, en febrero del año pasado que estuvo cerca de producirse a cambio de rondas de draft.

Con todos estos condicionantes extradeportivos, que el curso fuera positivo para los 49ers entraba prácticamente en el terreno de lo milagroso. Más difícil resultaba aún si entraban en balance los deportivos: la NFC West, la división en la que están encuadrados los de San Francisco, es la más dura de toda la NFL. Allí tendrían que enfrentarse a su némesis y actual campeón de la Super Bowl –los Seahawks de Seattle–, a los durísimos Cardinals de Arizona y a los Rams de Saint Louis, un conjunto cuyo poder defensivo los hacía una amenaza complicada de sortear. Los de Harbaugh no empezaron bien el año, pero llegaron a final de noviembre con un registro de 7-4 y todas las opciones abiertas en una conferencia y división muy disputadas. Por delante tenían dos duelos con Seattle (que también iba 7-4) y uno en casa ante Arizona en la última jornada que se antojaba vital, toda vez que los Cardinals lideraban la NFC con un registro de 9 victorias por tan sólo 2 partidos perdidos. Cuatro derrotas consecutivas de los de la Bahía dieron al traste con las aspiraciones de playoffs, que sólo tuvieron consuelo menor en la victoria en la última semana contra unos Cardinals diezmados. Ironías del deporte, la única temporada de Jim Harbaugh en San Francisco que acababa con una victoria iba a ser la última. Y con la sensación de que había terminado consumido por su propia apuesta, víctima de su propio envite.

Harbaugh
Las escenas de tensión entre Jim Harbaugh y los árbitros eran frecuentes en los partidos de los 49ers de San Francisco.

Si los San Francisco 49ers no son a día de hoy un equipo de playoff es principalmente porque el ataque no ha estado a la altura. Muchas críticas se han dirigido hacia el coordinador ofensivo, Greg Roman, que ahora se ha ido a Buffalo junto a Rex Ryan para dar vida a la ofensiva de los Bills. Las críticas, sin embargo, también deben ir dirigidas a Harbaugh. Fue él, en 2012, el que decidió mantener a Colin Kaepernick como quarterback titular tras el regreso por lesión de Alex Smith, que estaba en el mejor momento de su carrera. Sabedor de lo que ofrecía Smith, Jim fue valiente y dio las riendas al jugador de segundo año salido de la universidad de Nevada, un portento físico que dio una nueva dimensión al ataque de los Niners. Kap, como se le conoce popularmente, destrozaba a las defensas a base de carreras y tenía un cañón en el brazo para castigarlas cuando bajaran la guardia por aire. Su precisión en el pase era muy discutible, pero el gameplan de San Francisco minimizaba este tipo de jugadas y planteaba a Colin pases sencillos, combinándolos con diseños atrevidos en la carrera para que su escurridizo protagonista sorteara defensas como si estuviese en plena yincana.

El primer año funcionó de maravilla: los Niners acabaron en Nueva Orleans para disputar la Super Bowl ante los Ravens de John Harbaugh, el hermano menor de Jim. Perdieron en un partido que será recordado por la actuación soberbia de Joe Flacco, el adiós emotivo de Ray Lewis y el apagón que, como una conspiración, dio la vuelta al encuentro y dejó a los Niners a un par de yardas de ganar cuando iban por detrás 28-6 al poco de comenzar la segunda mitad. Quizá inspirado por la exhibición de Flacco por aire o simplemente porque era el siguiente paso a seguir en la progresión de un quarterback, el reto de Jim Harbaugh para la temporada siguiente fue convertir a Colin Kaepernick en un gran pasador. Jim sabía que una vez las defensas asumieran que Kap era un one-trick pony, es decir, un jugador unidimensional en su juego, los Niners tendrían mucho más complicado repetir el éxito de la temporada anterior.

El invento no acabó de cuajar. Tras una primera semana esperanzadora en la que Kaepernick humilló por aire a unos débiles Packers que lo esperaban por tierra, la progresión del nuevo QB se estancó. Los 49ers llegaron por tercer año consecutivo a la final de conferencia, pero los Seahawks se llevaron esa vez el premio de jugar el último partido del año. El encuentro acabó con una espectacular interceptación a Kaepernick en una jugada en la que Richard Sherman evitó el touchdown desviando un pase a Crabtree. Colin había desquiciado a Seattle por tierra y murió en un pase.

Así impidió Richard Sherman el pase a la Super Bowl de San Francisco por segundo año consecutivo (19/01/2014).
Así impidió Richard Sherman el pase a la Super Bowl de San Francisco por segundo año consecutivo (19/01/2014).

El mensaje de esa final, por muy simbólico que fuese, no iba a frenar los intentos de los técnicos de San Francisco de convertir a Kaepernick en un perfecto pocket passer. Para este curso 2014, sin embargo, todo se desmoronó: la línea ofensiva, eficaz como prácticamente ninguna en la Liga, dejó de funcionar; Vernon Davis, el que fuese mejor aliado de Colin Kaepernick desde la posición de tight end, estuvo invisible; Anquan Boldin, el único receptor de garantías, estaba siempre bien vigilado; y Michael Crabtree distó mucho de ser una amenaza para las defensas rivales. Con todo ello y el empeño de mantener a Kap en el pocket, los Niners acabaron el año como el vigésimo quinto ataque en puntos (19,1 puntos por partido) y el vigésimo en yardas (5.239), siendo además el vigésimo noveno por aire (3.063 yardas de pase).

Estos discretísimos números que han acabado contribuyendo a la marcha de Harbaugh deberían hacer replantear al nuevo entrenador en jefe la aproximación en ataque de los Niners. A falta de que consigan un receptor que sea una amenaza profunda (ni Boldin ni Crabtree tienen la habilidad de dejar defensas atrás con su velocidad), remachar la línea ofensiva y resolver si Gore sigue o no con ellos, el problema principal del ataque de San Francisco se llama Colin Kaepernick. La progresión como pasador de Colin debería disuadir a Jim Tomsula de tropezar con la misma piedra en la que Harbaugh cayó dos veces. Si Kaepernick va a ser un jugador de impacto en la Liga, lo va a ser gracias a su habilidad como corredor y a sus instintos para encontrar los más pequeños agujeros en la cobertura defensiva. Es legítimo y necesario pulir aspectos de su juego como la precisión en el pase o su prisa por abandonar la jugada antes de realizar las lecturas correspondientes, así como la gestión del tiempo que obliga a su equipo a tomar más timeouts de los necesarios. Seguramente por eso, Kap ha contratado a Kurt Warner para trabajar estos meses de pretemporada. A pesar de todo ello y de lo mucho que pueda evolucionar por aire, Colin es un talento descomunal por tierra y desaprovecharlo en pos de convertirlo en un pocket passer sería como si en los primeros años de su carrera alguien hubiera dicho a Peyton Manning que lo que necesitaba era trabajar su juego de carrera. Cada jugador tiene sus virtudes y sus defectos, y cuando las virtudes son tan acentuadas como en el caso de Colin Kaepernick, es un pecado apartarlas a un lado incluso en esta competición donde prima tanto el pase.

Si Jim Tomsula contrata un coordinador ofensivo capaz de comprender esto, los 49ers tienen muchos boletos para estar de nuevo peleando por regresar a la Super Bowl en unos meses. Ganando con clase o sin ella, a pesar de Jed York. Si no, siempre les quedará recordar con cariño estos cuatro años de terremoto en la banda, de ese simpático –según para quién– Grinch enfundado en polo negro y pantalones caquis cuyo próximo objetivo es poner patas arriba Ann Harbor.

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