¡A Barrabás!

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¿A quién queréis que salve, a Pep o a Barrabás? A Barrabás, gritaron unos cuantos. Y la multitud los secundó. Al tribuno, por tanto, no le quedó más remedio que lavarse las manos y encomendarse a los designios del ladrón de Setúbal.

Por supuesto, Barrabás era un ladrón con su carné en regla, y de él se esperaba que robara. En cambio, Pep, al fin y al cabo, no era más un porteador de pelotae de Sampedorum venido a más.

Había despertado demasiadas fobias Pep. Demasiados milagros en tan poco tiempo. La multiplicación de los títulos echando mano de pescadores en lugar de gladiadores con padre y multinacional, como estaba establecido. La adoración que le tenían las masas les sacaba de quicio. No salían de su asombro los profetas del papiro, que vieron peligrar su status-quo instalados en su confortable papel de segundones.

Les desquiciaba su manejo de las situaciones ponzoñosas. ¿Qué excusa buscar para señalarle?

«He visto aburrirse a las ovejas debido a sus malas artes«, dijo uno. «Es verdad, lo llama tiquitaca«, dijo otro. «Lleva bufanda y lee a poetas de Tarraco«, soltó un tercero. «Su orín huele a sándalo«, aseguró uno más envalentonado y ciego de odio.

«Sancionable», asintió el tribuno.

También le tenían ganas los romanos. Intolerable sus ademanes de patricio rebelándose ante el stupri dominus en su propio templo. Imperdonable su magnetismo. Insoportables sus exhibiciones en el circo máximo. Qué decir de sus redentoras victorias ante la Décima Cohorte. Azote de las legiones lecheras y de sus bardos aduladores de pacotilla.

Repartió demasiadas hostias y eso había que enterrarlo convienemente. Además los dioses le favorecen.  Pur Quid?

«Lapidable, pues«.

Sí, le tenían piedras guardadas. Sólo le faltaba su calvario particular y que alguien metiera el palo en el avispero.

Y por aquellos designios de la vida, le llegó su hora. Pep que humanum erat, erró y los romanos le cogieron en la Vía Germania y la convirtieron en la Vía Augusta; le clavaron cuatro picas antes de que cantara el gallo (portugués para más señas). Listo para que le colocaran un lacito de espinas.

Y claro, ¿para qué culpar a sus pupilos o a Barrabás, si Pep era el culpable máximo?

Que lo cruyffiquen y queden estigmatizados sus seguidores. La moda es la moda, y más ahora que Roma impera.

Y quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Pero en verdad os digo, ¡ay de vosotros, fariseos! Sois como el perro en el pesebre de bueyes. Ni coméis vosotros, ni dejáis comer a los bueyes. Estáis condenados a maldecir de todos aquellos a quienes aduláis por treinta monedas de plata. Sabed que el que a portada y tertulia mata, a balón será muerto.

Así pues, bienaventurados quienes aman el balón, porque con él se meten los goles.

Id en paz y retuitead mi predicatio.

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