Garbiñe ha llegado para quedarse

La primera y única vez que vi a Garbiñe Muguruza en directo fue en 2012, en el desaparecido torneo WTA de Barcelona. Jugaba su partido de segunda ronda en La Teixonera, ante la alemana Julia Georges, entonces número 16 del ránking mundial.
Garbiñe, a sus 18 años, acababa de aterrizar en el circuito profesional y ni siquiera estaba entre las cien primeras del mundo. Aun así, hizo sufrir a Georges durante más de una hora, hasta que se vino abajo en el tercer set, que regaló por 6-2 en un visto y no visto, después de haber igualado el choque a la germana devolviéndole, en el segundo parcial, el 7-5 del primero.
Aún recuerdo la extraña sensación que me dejó ‘Garbi‘ aquel día. Pensé que le faltaba casi de todo, pero también que lo tenía todo para llegar a lo más alto.
Su saque no hacía daño, la volea ni si quiera la contemplaba como recurso, y aún le faltaba coordinación para llegar y golpear la bola con la pausa necesaria y el ángulo justo. Además, la inconsistencia en su juego, sus idas y venidas y sus pérdidas de concentración eran tan evidentes como lógicas a su edad.
Me sorprendió enormemente, eso sí, su tremenda agresividad, la capacidad para tomar siempre el camino más corto con golpes profundos y planos y para cambiar la iniciativa de un punto, pasando de ser dominada a dominar en un suspiro. Y sobre todo, que pegase igual de fuerte de revés que de derecha, algo poco habitual en las tenistas que están empezando y cuyo revés, casi siempre cortado, es más un recurso defensivo que un arma para ganar puntos.
A veces, los periodistas deportivos hacemos pronósticos de quién vale para éste u otro deporte, de quién llegará y quién no, con una ligereza y frivolidad sonrojantes. Está en nuestro ADN. Encumbramos niños que no han hecho nada, después de verlos destacar un par de veces, convencidos de que tienen algo diferente al resto. Apostamos que aquél o aquella otra serán un fenómeno o una fenómena y lo soltamos en un tertulia radiofónica o una conversación de bar con la vehemencia y rotundidad de quien sabe algo con total certeza.
A veces, incluso lo dejamos escrito en alguna columna de opinión, para que luego las hemerotecas puedan avergonzarnos como es debido. Y solemos equivocarnos en nuestras predicciones. Nos solemos equivocar mucho más de lo que acertamos.
De tanto, en tanto, eso sí, suena la flauta. Con Garbiñe me pasó. Pensé que aquella tiarrona de padre vasco y madre venezolana, por poco que puliese sus defectos de novata adolescente podría hacerse un nombre en el tenis profesional en tres o cuatro años. Que tenía una materia prima brutal y que, bien tutelada -aquí hay que colgarles la medalla a Alejo Mancisidor y Xavi Budó– ‘Garbi’ podría competir en un circuito donde cualquier jugadora con un físico potente puede llegar a ser ‘top-ten’ durante varios meses hasta que su falta de cabeza o de talento la sacan de la élite.
Pensé, de verdad, que hacía tiempo que no veía una tenista con esa planta y tanto potencial, que si no se torcía podría plantar cara a las Serena, Sharapova y compañía -jugadoras que le pegan a la bola como si les fuera la vida- y disputarles algún Grand Slam.
Porque no es fácil, nada fácil, lo que hace la ‘pequeña’ Carla Suárez: pelear con las mejores desde una clara inferioridad física, con garra, determinación, paciencia e imaginación a la hora de jugarles de tú a tú a esas bestias del circuito que no dejan títere con cabeza.
Total, que el mejor de los escenarios en la evolución de Muguruza se confirmó en la final de Wimbledon del pasado sábado. Sentado frente al televisor recordé la Garbiñe que vi en Barcelona y sonreí. Su saque ha mejorado una barbaridad, en potencia, colocación y variedad. Su revés ya no está a la altura de la derecha sino que es mucho mejor, una auténtica maravilla con la que doblega a sus rivales sin piedad. Y su cuerpo de 1,82 y 73 kilogramos se mueve mucho más grácil que hace tres años, cuando tenía mucho menos músculo que hoy.
Hace tiempo que ‘Garbi’ no se va de los partidos como lo hacía antes. En esto también ha madurado. Tiene mucha confianza en su juego y ha ganado en experiencia y en competitividad, porque sabe que, ahora, puede ganar a cualquiera.
Recuerdo que pude charlar un par de minutos con ella después de aquel partido con Georges. Ni siquiera fue una entrevista. Simplemente quería conocerla. Pese a su edad, fue sorprendentemente analítica con lo que había visto en la pista y tremendamente autocrítica con la forma en que había tirado el tercer set.
Pensé que tenía madera. Y talento. Y me fui de La Teixonera con la sensación de que pronto empezaría a oír hablar de ella. “Si esta niña llega, va a ser para quedarse“, reflexioné.
Pues bien, Garbiñe ya ha llegado, y no tiene pinta de estar de paso. Con solo 21 años, tiene ante sí una carrera entera por delante para lograr lo que ella quiera.

Comparte este artículo

Share on whatsapp
Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on email
Share on pinterest

Artículos relacionados

Artículos recientes

Síguenos