Con más frecuencia de la debida tendemos a sobrevalorar las tonterías que nos rodean, a dramatizar cualquier trivialidad, a olvidarnos de las cosas que realmente importan. Pero la vida, de vez en cuando, nos suelta una bofetada que nos sitúa de nuevo en el mapa para recordarnos que, como decía Ortega, uno es uno y su circunstancia.

La mente humana es tan débil, tan frágil, tan cobarde, que olvida rápidamente esos guantazos. Los tomamos como un aviso impactante que nos aturde, pero los arrinconamos de nuevo con la misma celeridad que nos desarma por momentos. El hombre, en ese caso, sufre un extraño e irreal proceso de metamorfosis; se torna avestruz y mete la cabeza en el primer agujero que encuentra con la vana y pueril esperanza de que la hostia, la amenaza y la realidad pasen de largo sin verle.

Ocurre raramente, pero ocurre, que hay quien tiene la entereza de convertir lo irracional en racional, la excepción en regla, la cobardía en coraje. Jordi era uno de esos tipos, un luchador incansable capaz de pelear contra su circunstancia sin bajar los brazos. Jamás ignoró la dureza de los golpes que recibía, pero siempre se mantuvo con la guardia alta, esgrimiendo su ironía y su capacidad para encajar mientras armaba un gancho de sarcasmo con el que intentar desarmar a su enemigo.

Luchó contra el cáncer, ese maldito asesino hijo de puta, con todas sus fuerzas. Esa era su circunstancia en los últimos meses. La más dura, pero no la única, puesto que sobre su cabeza y la de los suyos pendía –pende todavía– una espada de Damocles en forma de acción de (i)responsabilidad generada por quienes mandan hoy en el club de sus amores.

Ayer se fue pero, por raro que suene, también ayer se quedó para siempre entre nosotros, como lo harán sus charlas en twitter, las cervezas compartidas, el gusto por Pearl Jam, su compañía en algún que otro partido en el Palau o las conversaciones frente a un mantel o en una barra gintónic en mano.

Se fue su circunstancia, pero siempre tendremos el ‘yo’ transparente, vehemente y honesto de quien un día nos regaló un Diumenge.

Fins sempre, amic.