Siempre he pensado que hay gente nacida para presidente. Da lo mismo si se trata de FIFA, de un gobierno –bueno, a eso llega cualquier mediocre, para qué vamos a engañarnos–, de una comunidad de vecinos o de una asociación de padres y madres de un colegio.

Dejando de lado los gobiernos, las escuelas y el movimiento vecinal, que esta web sigue yendo de fútbol y deporte, vamos a centrarnos en FIFA. A día de hoy, se postulan para la presidencia del máximo organismo futbolístico mundial el actual inquilino de la poltrona, Sepp Blatter, el presidente de la federación holandesa, Michael Van Praag, el príncipe ¡un príncipe! jordano Ali bin Al Hussein y Luis Figo, que ni es príncipe ni presidente, pero que siempre se ha manejado bien en eso de decir y firmar una cosa y la contraria.

¿Qué tendrá FIFA para convertirse en un imán para este tipo de personajes? Influencia, dinero, portadas… una máquina de inflar egos, en definitiva. La verdad es que quien escribe disfrutaría como un enano si FIFA acabase presidida por gente de perfil bajo. No sé, no suena mal ‘presidente Iniesta‘ o ‘presidente Lotina‘, por poner dos ejemplos.

Mientras eso no ocurra –o sea, nunca– el fútbol mundial deberá escoger entre el caudillo suizo que lo preside desde hace años, un ex-presidente de un club de fútbol, un príncipe y un ex-futbolista que lleva quince años castigando a los medios de comunicación catalanes y, por extensión, a una afición que jamás le perdonará su fuga al máximo rival dos días después de negarla.

Tal vez un día, quizás más próximo que lejano, Figo aterrice en Barcelona como gerifalte de FIFA y no le quede otra que responder a una pregunta formulada por la prensa local. Y quién sabe si entonces, como diría mi amigo Cabeleira, se vea forzado, aun a regañadientes, a decir aquello de:

Como presidente de FIFA que soy, os debo una explicación. Y esa explicación que os debo, os la voy a pagar.

Desterremos esa imagen, porque es más que improbable que se dé. Si tres lustros no han sido suficientes para lograr que Figo conceda unas palabras a los medios de Barcelona (ni siquiera a algunos que no existían cuando tomó las de Villadiego), ¿qué nos hace pensar que una campaña electoral convertirá el agua en vino?

Decía Jaume Perich que “después de comer es necesario esperar dos horas si queremos bañarnos. Si no queremos bañarnos, hemos de esperar, lógicamente, más tiempo“. Seguiremos esperando que Figo tenga a bien, en su infinita generosidad, bañarse en la ciudad que pasó de amarle a odiarle en apenas 24 horas.