Fàbregas: el fracaso del heredero

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La marcha de Cesc Fàbregas al Manchester City será el último capítulo de la larga historia de desencuentros que ha representado su vuelta en 2011 de Cesc al club que lo formó. Aterrizado en la cúspide, besó el santo nada más pisar el Camp Nou en esa Supercopa que se ganó desde la playa y sus primeros meses de blaugrana hicieron que los más escépticos con su fichaje enterraran sus dudas. La larga espera había merecido la pena.

Y es que Fàbregas fue, durante muchos veranos, el protagonista de las portadas de los diarios deportivos. Cesc, que nunca negó que quería regresar a aquel lugar que dejó en derribo, se convirtió en capitán y líder de un Arsenal tan prometedor como inocente. Cambió el club del ‘Aquest any sí‘ por el que se convertiría en máximo exponente de esta expresión en los años posteriores. Su marcha, no obstante, no fue sencilla: su estrecha relación con Arsène Wenger lo mantenía vestido de gunner cuando amanecía septiembre, con la promesa de que al año siguiente gozaría con el permiso del técnico de Alsacia.

No fue hasta bien entrado en agosto de 2011 que Cesc se vistió oficialmente de blaugrana. Él y Alexis fueron los únicos fichajes de un equipo que se empeñaba en hacer de menos a lo imposible. Con Fàbregas, el recambio generacional estaba asegurado. Xavi podía retirarse tranquilo, tomar un papel secundario mientras el recién llegado se hacía con las riendas del equipo. El mejor Barça tenía cuerda para rato.

El experimento funcionó excelentemente hasta el invierno. Y lo hizo hasta que Guardiola se dio cuenta de que el 4 que se había marchado en 2003 a Londres regresó como un 10. Fàbregas ya no contaba con esa pausa necesaria entre tanto vértigo y virtuosismo, sino que añadía más madera. Pep cazó al de Arenys en todos los radares. La pacífica manifestación de juego del Barça de Xavi no iba con Cesc, que siempre deslució cuando nadie llamaba a los antidisturbios. Su poca maleabilidad tras su prolongada estancia en el Arsenal mermó la confianza que Guardiola depositó en él y acabó la temporada en el banquillo, hecho que sería premonitorio.

Con Tito siguió el camino que trazó en su primer año como blaugrana y que mantendría también en el último. Un gran inicio de temporada lo expiaba de sus pecados pasados y se convertía, nuevamente, en continente de gran parte de las esperanzas de la afición, que veía como el equipo se apagaba paulatinamente. El maldito invierno, otra vez, se llevó por delante a Fàbregas y arrastró con él la confianza de Vilanova en el turbulento final de temporada de la 2012/13. El Tata Martino le confirió finalmente el apoyo que tanto anhelaba y tiró del equipo cuando las lesiones obligaron a Leo a parar. Esta vez sí estuvo presente en los grandes partidos, en los que se dirimía el éxito o el fracaso de la temporada, y el resultado fue otra vez el mismo: suplencia en el tramo final. Contó con una última oportunidad en la final de Liga, pero, como en los anteriores encuentros, no logró convencer a aquellos que ven en él más un problema que una solución.

Sus números a lo largo de estos tres años están lejos del alcance de cualquier otro jugador que no se llame Messi. El que llegó como mejor asistente de la Premier regresará a la competición inglesa siendo aún el jugador del que todos esperan el último pase. A pesar de ello, mal asunto es cuando sólo tus números pueden avalar tu estancia en un equipo. A Cesc se le pidió más que liderar el ranking de asistencias. Se le encomendó la tarea de liderar un equipo. Y, tres años después y habiendo pasado por múltiples posiciones, ha fracasado. Quizá sea injusto colgar en él el tremendo peso de ser el próximo Xavi, como también es cierto que no ha jugado más de cinco partidos seguidos en la misma posición. Sin embargo, el Barça no quería un mediapunta, no necesitaba otro falso nueve porque ya tiene al mejor en esa demarcación. Fàbregas fue fichado con la esperanza de que cogiera el timón eventualmente, que fuese la brújula cuando la edad se abalanzara, como finalmente ha sucedido, sobre el equipo que se resistía a tener fin. Y, en la brújula de Cesc, la aguja siempre marca el norte.

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