¿Es este el mundial de Messi?

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Argentina ya está en la final. La final, el más impredecible de los partidos, no importa si llegaste tanda de penaltis mediante o tras reescribir las páginas de la historia de una pentacampeona. Todo lo anterior ya no importa, quedó atrás en el olvido, sin importancia, como ese suplicio de partido por el tercer puesto que no quiere ver ni Louis van Gaal. La final llega el domingo y, con ella, el broche final de un torneo ni espectacular ni horroroso, sino casi peor: tirando a mediocre.

Seguramente si le preguntan a usted por jugadores de campo que hayan tenido una actuación sobresaliente en Brasil, apenas le salgan un par de nombres (¿Kroos? ¿James Rodríguez?) . Diferente sería inquirir por guardametas: ahí ha habido calidad a puñados y para todos los gustos (Neuer, Romero, Ochoa, Navas, Howard, Bravo…). Desgraciadamente para ellos, los estadísticos y los nostálgicos suelen recordar un Mundial con el nombre de un delantero, quizás de un centrocampista. Rara vez se recuerda a un defensa. Nunca a un cancerbero.

Otra de las injusticias que se cometen con este título honorífico de «El Mundial de» es que parece que, por narices, tiene que ser el Mundial de alguien del equipo campeón. Se suele recordar el de USA ’94 como el de Romario, merced a sus cinco goles y a la fama adquirida esa temporada en el Barça (y a ser el delantero centro del campeón), aunque de justicia sería admitir que también fue el de Hristo Stoichkov, que comandó dentro y fuera del campo a Bulgaria para llegar a semifinales, sin entrenar ni entrenador. Y sin Bebeto, Mauro Silva o Dunga de escuderos.

Pero a lo que íbamos, que me pierdo en batallitas. La gente se pregunta a estas alturas si este torneo, de campeonar Argentina, se consideraría «el de Messi«. ¿Ha hecho méritos suficientes el rosarino? Hay quien dice que sí, apoyándose en los cuatro tantos que «desatascaron» a la albiceleste en la fase de grupos y al condicionamiento táctico y psicológico sobre el rival. Aún puede, además, brillar el domingo con luz propia. Y hay quien dice que no, que el 10 pulula por el campo a la espera de hacer su única jugada, que hace tiempo que no brilla ni en el Barça y que quién sabe si volverá a hacerlo. Que sin Di María un día o sin Mascherano otro, Messi se habría quedado compuesto y sin final.

Lo cierto es que si convenimos que el mejor Messi, el de 2010, no hizo más que arrastrarse en Sudáfrica, entonces habrá que alabar al Messi de una Argentina vencedora en Brasil 2014, por mucho que su temporada haya sido discreta para sus estándares. Del mismo modo, resulta ya un poco cansino que Leo tenga que demostrar siempre un poco más. «Sí, Messi ganó una Liga, pero Diego ganó dos«. «Sí, Messi ganó una Champions, pero Diego ganó un Mundial«. «Sí, Messi ganó el Mundial en Brasil ’14, ¡pero Diego tiene una religión propia, já, la sigues mamando

Así es imposible ganar.

Leo Messi está ante su última oportunidad de igualar (¡nunca superar, viejo!) a Maradona. Y todo un país se aferra a su menuda figura, un país que tan pronto podría fundarle una nueva religión como prohibirle la entrada al territorio nacional si no vence a los alemanes. Porque el fútbol es así, injusto, cruel, perro, maravilloso. Messi ya se alzó con el Mundial sub-20 y con la medalla de oro olímpica, con cuatro Balones de Oro y con más de veinte títulos de clubes. Pero el Diego, ¡ay el Diego!, el Diego ganó un Mundial. Así que sí. Si a este que firma le preguntan, tras una hipotética victoria argentina el domingo, si fue «el Mundial de Messi», tengo muy clara mi respuesta.

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