Cuando salió de las duchas no quedaba nadie. Ni siquiera sus compañeros de equipo, retirado cada uno a su particular escondite donde aliviar el dolor de la derrota, cruel tanda de penaltis donde solo él había errado. Cogió su bolsa, que ahora pesaba una tonelada, y salió de aquel vestuario que olía a linimento y fracaso.

En su peregrinar hacia la salida del estadio atravesó el corredor de la fama del club, un pasillo jalonado por fotografías a tamaño natural de ex jugadores de todas las épocas. Se detuvo un instante frente a la de un enorme central con rasgos de vikingo y feroz mostacho.

—Supongo que la he vuelto a fastidiar, papá —se disculpó, cabizbajo, ante la imagen en blanco y negro—. Vuelves a tener razón. ¿Contento?

Como tantas y tantas veces en su niñez cuando su padre aún vivía, el silencio de este impidió que el monólogo derivara en algo más. Se quedó allí plantado unos segundos más, tan quieto que nadie habría sabido discernir quién era foto y quién no, hasta que la eterna mirada de reproche colgada de la pared le obligó a pestañear. Prosiguió su camino, haciendo oídos sordos al murmullo de la conversación de dos recogepelotas. Solo distinguió la palabra «perdedor».

La luz de los focos del aparcamiento le castigó los ojos hinchados de tanto llorar bajo el agua caliente. Al llegar a su plaza, no le sorprendió comprobar que su mujer se había ido con el coche sin esperarle. Aquel iba a ser un regreso a casa muy largo…

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