Ernesto Valverde: el adiós con peor gusto

Ernesto Valverde ha sido destituido y su estancia en el banquillo del Barça termina del peor modo posible. Humillado por una directiva incapaz de tomar decisiones quirúrgicas en el momento adecuado, el técnico abandona el club después de unos días de infame exposición pública y de filtraciones que dejan a la altura del betún a quienes las generan.

Con la torpe visita a Doha para ver a Xavi Hernández, el Barça transmitió en vivo y en directo la lapidación pública de Ernesto Valverde justo después de la derrota más inocua de cuantas ha sufrido el equipo bajo su dirección: en un engendro de Supercopa y tras un más que decente partido lastrado por los groseros errores en defensa.

El caso de Valverde es el de un buen técnico que intentó ponerse un traje tres tallas más grande que la suya. Humilde, hombre de club y conocedor del juego, nunca dio la sensación de acabar de entender dónde se encontraba. Tragó con plantillas confeccionadas por el caprichoso ir y venir de directores técnicos (Robert, Segura, Abidal) que ha sufrido el club e intentó mezclar unos mimbres con tan poco éxito que el aroma del tradicional juego culé se fue perdiendo como se escapa el agua entre las manos.

Sorprendido en Roma y atropellado en Liverpool, Valverde contaba con la aparente confianza de un Josep Maria Bartomeu que veía en él el paraguas que necesita todo dirigente deportivo que se precie. Hoy, esa confianza desapareció de golpe tras unos días esperpénticos y que deberían enseñarse en las escuelas de negocios como ejemplo del modo en que nunca debe gestionarse una crisis.

Valverde deja el Barça y lo hace con la sensación de no haber sido capaz de dibujar un Barça reconocible después de dos temporadas y media. Si Guardiola lo hizo en su día y Luis Enrique transmitió su personalidad a otro tipo de juego, el entrenador vasco no ha podido lograrlo, en parte, por entrenar lo que le daban y haber actuado siempre como un entrenador de club.

El Barça necesita urgentemente una renovación y un técnico capaz de dirigirla sin que le tiemble el pulso. Pero esa necesidad no justifica las malas formas y el peor gusto con el que se ha tratado el relevo de Valverde. Suerte, Ernesto.

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